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1154 Words
26 Nathalie escuchó cuando la puerta del avión se cerró. Instantes después la azafata inició su explicación acerca de cómo utilizar el chaleco salvavidas y de los otros procedimientos a seguir en caso de presentarse una emergencia. –Todo parece indicar que tu reina de belleza decidió no viajar –le susurró Antonella a Nathalie. –Es una pena, pues para ella… Ojalá que su papá no haya sido el culpable. –Ya estamos grandes como para que nuestros padres nos estén diciendo qué podemos hacer y qué no podemos hacer –dijo Antonella al tiempo que se retiraba las gafas y las guardaba en un pequeño estuche. Nathalie supo que le encantaría que sus padres aun le pudieran decir qué hacer y qué no hacer. Le hubiese fascinado que su padre o su madre le hubiesen dicho que no podía viajar al Caribe por la razón que fuese y que debía quedarse al lado de ellos hasta el día del juicio final. –Ojalá yo tuviera a alguien que me dijera qué es lo que no debo hacer –dijo Nathalie. Antonella la miró, arrugó la frente y preguntó: –¿Cómo así? ¿No tienes a nadie? Nathalie alcanzó a contarle acerca de la suerte que habían corrido sus padres pocas semanas antes, para el momento en el que sintió al avión iniciar un movimiento en reversa, empujado por aquellos vehículos que solían sacar a los aviones de la plataforma de parqueo. –Entiendo, y créeme que lo siento, así apenas te haya conocido hace unos minutos. –Gracias –Nathalie sonrió de manera sutil y luego bajó la mirada –Qué pena que te pregunte esto: ¿pero no te da miedo montar en avión después… después de eso? –¿Sabes que no me importa? Si esta es la manera para que me encuentre con ellos, pues supongo que no puedo evitarlo, pero tranquila que no nos va a pasar nada, nunca suceden dos accidentes aéreos tan seguidos, y menos en un mismo país. –Yo estoy tranquila, ya me he acostumbrado a volar. ¿Pero sabes qué?, le tengo más miedo a lo de navegar en un velero. –¿En serio? –Nathalie arrugó los labios. –No solo te mareas por el constante movimiento, sino que también tienes que pensar en los vientos fuertes, en las tormentas, estamos en plena temporada. –No había pensado en eso, nunca he navegado. –Yo lo hice una vez en el Lago Superior, en una visita familiar a Michigan, y aunque es un lago con demasiados peligros, el mar es mucho peor. Nathalie no estaba preocupada por las supuestas tormentas en el Caribe, nunca había pensado en eso. Solo quería disfrutar de su premio y ver qué tanto podría llegar a extrañar a Steve, descubrir si el amor que empezaba a sentir por él era real o solo alguna especie de ilusión pasajera. Así mismo, quería tomar fuerzas para lo que se vendría de ahora en adelante y también quería tratar de divertirse y apartar de su mente la tragedia sufrida por sus padres. Recordó la despedida con su nuevo novio. Steve la había llevado hasta el aeropuerto y la había acompañado en todo el proceso de chequeo. Inclusive, había tenido la previsión de llevar su pasaporte para pasar junto a ella la zona de control de inmigración. El pasa bordo no había sido problema gracias a que había mostrado una credencial que lo acreditaba como propietario de varios locales comerciales de la terminal. Aquello había sido una muestra más de que Steve era un hombre con poder, pero también dueño de un enorme interés por hacerla sentir como a una persona supremamente especial e importante para él. Pensó que no podría pedir más de un hombre, especialmente al recordar la manera como la había abrazado y besado en la sala de espera, segundos antes de que se encaminara por el túnel que llevaba a la puerta del avión. –Mi nena preciosa, cuídate mucho, y acuérdate de que aquí tienes a alguien que te está empezando a amar, y no dudes en llamarme si necesitas algo, lo que sea–, habían sido sus últimas palabras. Y a ella no le había importado que algunos de los pasajeros en la sala de espera los miraran con cierto morbo, seguramente criticando en sus mentes la diferencia de edades. Solo le había importado tener el cariño y el apoyo de alguien a quien ella también empezaba a querer. –No sé por qué no le tengo miedo al mar, solo lo veo como una gran cantidad de agua que permite que miles de especies puedan vivir y que nosotros podamos usarlo para transportarnos o divertirnos –dijo Nathalie, saliendo de sus pensamientos. –Tal vez ese no era el pensamiento de los pasajeros del Titanic en la noche que naufragó. Nathalie concentró su mirada en un muchacho vestido de overol azul y chaleco reflectivo, quien, con audífonos en sus orejas y una especie de palo de color naranja en su mano derecha, corría a pocos metros del ala del avión haciéndole señales, presumiblemente a los pilotos. –Pero eso fue en el helado Atlántico Norte, rodeados de icebergs, ahora estaremos en las cálidas aguas del Caribe –dijo Nathalie segundos antes de sentir que el avión dejara de ir en reversa y se detuviera –Sí, muy cálidas pero llenas de tiburones… Nathalie volteó a mirar a Antonella. –¿En serio te estresa que vamos a estar una semana en un velero? –No hubiera venido si así lo fuera, solo estaba pensando en que nunca faltan los peligros. –Peligros hay por todas partes –dijo Nathalie cuando el avión se empezó a mover hacia adelante. –Tienes razón, mejor cambiemos de tema, se supone que… –alcanzó a decir Antonella antes de que sus palabras fueran interrumpidas por el anuncio que se escuchó a través de los altoparlantes de la cabina de pasajeros. –Damas y caballeros, les habla el capitán, tenemos un pequeño problema, vamos a regresar a puerta, solo nos tomará un par de minutos solucionarlo y en breve estaremos rodando nuevamente. –¿Y ahora qué pasaría? –preguntó Antonella. –Nunca faltan los problemas, si no fuera así, la vida sería bastante sencilla. El avión se movió por algo más de diez segundos y vino a detenerse en el mismo punto en el que había estado cuando Nathalie lo abordó. En seguida se escuchó el sonido característico de cuando la puerta se abre. –¿Pero qué clase de problema se puede resolver en dos minutos? Sobre todo, en el medio de la aviación… –De pronto olvidaron echar combustible –dijo Nathalie dando paso a la risa de las dos muchachas. –O subir lo que nos tienen que dar de cena. –Eso sí sería imperdonable –las dos volvieron a reír.
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