Cuando Michelle sintió el peso de la corona sobre su cabeza, estuvo segura de que no se trataba de un sueño, en realidad estaba siendo elegida la ganadora del concurso de belleza entre estudiantes de la Universidad de British Columbia. Mientras los flashes de las cámaras se proyectaban sobre su figura, sintió cómo sus mejillas se enrojecían, las manos le sudaban, el corazón se le aceleraba aún más de lo que ya estaba, pero esto no fue inconveniente para que, en medio de fotógrafos, reporteros y las otras participantes, se deshiciera de sus tacones y saliera corriendo, escaleras abajo, a abrazar a su novio, quien con una sonrisa extendida de una oreja a la otra, se encontraba en la primera fila del auditorio.
–¡Lo lograste, nena! Oficialmente ya eres la más hermosa de toda la universidad, aunque para mí siempre lo has sido –dijo el rubio de uno con ochenta y cinco metros de estatura, nariz recta y ojos grandes de tono gris.
–¡No lo puedo creer! ¡Es como un sueño! Esto merece mucho más que una celebración.
–No lo dudes –alcanzó a decir Dave antes de recibir un beso en los labios.
Minutos después, cuando se vio libre del asedio de fotógrafos, periodistas, organizadores del concurso, profesores y compañeros, habiendo perdido sus zapatos y todavía llevando puesto el vestido largo de tonos rojos con que fue coronada, Michelle se acomodó en la silla del pasajero de la camioneta 4x4 de su novio.
–¿Quieres ir por tragos o prefieres que celebremos de otra manera? –preguntó Dave, una pequeña sonrisa dibujada en su rostro.
–Ya sabes que me esperan en la fiesta de celebración, no les puedo fallar.
–Pero eso no empieza antes de la media noche, tenemos un poco más de una hora –dijo Dave mientras su mano derecha puso en marcha el motor del vehículo.
–¿Y cuál sería esa otra manera de celebrar?
–No sé si a la hija de un multimillonario le pueda ofrecer algo novedoso, aunque creo que lo podría intentar.
Minutos después, Dave estacionó su camioneta frente a las escaleras que de la calle bajan hasta una de las playas que rodean el campus universitario.
–Vamos, cariño, siempre he querido ir allá.
–¡Es la playa nudista! Ni por más loca que estuviera…
–Son casi las once de la noche, nadie puede estar por allá abajo y podemos hacerlo sobre la arena, como siempre lo has querido.
Michelle arrugó los labios, luego dejó ver una pequeña sonrisa y dijo:
–¿Y pretendes que baje con este vestido puesto?
–Ya lo dijiste, es una playa nudista –Dave volvió a mostrar su sonrisa de oreja a oreja.
–Estás loco, y en el maletín solo llevo el bikini del concurso y la ropa de hacer ejercicio con que llegué al auditorio, y me rehúso a ponerme eso cuando acabo de ganar un concurso de belleza.
–Entonces baja con ese vestido puesto, no dejes que eso arruine nuestra noche.
Treinta y cinco escalones después se encontraron pisando la arena de la playa, sintiendo Michelle el frio de la superficie en las plantas de sus pies.
–Solo a mí se me ocurre perder los zapatos, debí haberme puesto los de correr antes de bajar.
Dave no le prestó atención y se limitó a sostenerla entre sus brazos y a besarla por algo más de quince segundos. Aunque no hacía frio, pues corrían los últimos días de la primavera septentrional, Michelle sabía que la temperatura de la arena no sería la mejor para recibir un cuerpo desnudo, y mucho menos el suyo, pero ya empezaba a sentir aquella sensación interna que pedía a gritos el ser poseída por aquel que le había robado su virginidad, escasos siete meses antes.
–No pienses más en tus zapatos, solo piensa en que vas a hacer lo que siempre has querido –dijo Dave antes de volver a besarla. Pero esta vez una de las manos del muchacho no dudó en bajar hasta las nalgas de ella mientras la otra se paseaba por la tela que cubría sus pechos. Michelle supo que no se podría frenar, que no importaría que tuviese que acostarse o hasta rodar por la arena y de ser necesario, llegar hasta el mismísimo borde de las aguas.
No tardó en sentir cómo las manos de Dave se encargaban de deslizar las tiras de su vestido hombros abajo. Pero sus ansias habían llegado al punto en que la obligaron a tomar la iniciativa, y no dudó en deshacerse de la camisa de su novio antes de que sintiera la libertad de sus senos rozando aquel pecho que no dudó en besar mientras su mano bajaba hasta la entrepierna de él.
–Nunca te había visto con tantas ganas –dijo Dave, sus manos acariciando las nalgas y la espalda desnuda de la muchacha.
–Cuando el jurado dice que eres la más bella de todas, créeme que te dan muchas más ganas de hacerlo.
–Eso está tan claro como el barro.
Dave ocupó sus manos en el vestido rojo, logrando que este quedara reducido a un montón de tela tendida alrededor de los tobillos de Michelle, quien se apresuró a dar un par de pasos hacia adelante, deshaciéndose así de este.
–Esto no es justo –dijo Michelle, la sonrisa en su rostro, mientras sus manos desabrocharon el jean del muchacho y sus labios se volvieron a encontrar, sus lenguas, una vez más, dedicadas a la mutua exploración.
El gusto real empezó a aparecer cuando ella puso su mano alrededor de aquella parte endurecida al tiempo que sintió los dedos de Dave acariciando su entrepierna. Pensó que los besos ya no serían suficientes, que sus bragas estaban de sobra, así como el jean y el bóxer del muchacho. Con pesar, aunque sabiendo que lo que se venía era mejor, abandonó esa parte dura y no tardó en encargarse de las prendas que Dave aún tenía encima, dejándolo tal y como había venido al mundo diecinueve años atrás.
–Creo que esto va a ser sensacional –dijo Dave, su respiración empezando a escucharse entrecortada.
Pero no pasaron muchos segundos para que Michelle sintiera cómo sus bragas ya no hacían parte de su vestuario, él se había encargado de aquel detalle.
Le hubiera gustado hacerlo de pie, pues estaba temerosa de la baja temperatura de la arena, pero así mismo recordó que sus deseos superaban lo mucho o poco que pudiese llegar a influir una supuesta fría sensación sobre su piel. Pero sus temores fueron puestos a un lado cuando los brazos de Dave la tomaron de las nalgas, la levantaron con la fuerza y la habilidad propias de un súper hombre, llevándola a rodear su cintura con sus piernas, sus brazos aferrados alrededor de los hombros del muchacho, mientras continuaba besándola como si el mundo se fuese a acabar en menos de una hora. Sin necesidad de acostarse sobre las arenas, sintió cómo aquella parte que tantas veces la había hecho feliz, rozaba contra su sexo con una cadencia que seguía el movimiento de sus muslos. Pasaron los segundos mientras llegaban hasta lo más profundo de su ser las sensaciones que nunca antes había sentido: el encontrarse desnuda en una playa, con el hombre que empezaba a amar, percibiendo la diferencia de lo que era hacerlo a campo abierto, en medio de la naturaleza, la brisa marina pegando contra su piel, el aroma despedido por las flores primaverales, el sonido de las olas golpeando contra la arena de la playa y sus ojos entreabiertos enfocados en las miles de estrellas del firmamento. Todo era muy diferente a la cama del dormitorio donde siempre lo hacían mientras escuchaban las repetidas canciones de siempre bajo la tenue luz de su pequeña lámpara. Era el conjunto de elementos perfecto para llevarla a sentirse en el paraíso, era un momento que podría disfrutar para siempre, para la eternidad, y pensó que no aguantaría más si no era penetrada, lo que bien sabía que la llevaría a la explosión de todos sus sentidos.
Pero una voz extraña, la de un hombre, la llevó a regresar a tierra al mismo tiempo que Dave detenía sus movimientos, antes de depositarla sobre la arena.
–Les recuerdo que están en una playa pública. Esta clase de actos no están permitidos.
Michelle volteó a mirar en la dirección en la que provenía aquella voz, acompañada de un tono que le pareció áspero y de corte oficial, para encontrarse, a un poco menos de diez metros, con la presencia de una pareja de policías. Su ritmo cardiaco y su respiración, de por sí ya acelerados, fueron complementados por la sensación de su corazón llegándole a la garganta, pero esto no le impidió que llevara su mano derecha a cubrir su pelvis mientras el brazo izquierdo cubría sus senos. Sabía que su paso por el paraíso había concluido de la manera más abrupta.