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1832 Words
17 17 Nathalie sintió arrepentimiento por haberse divertido en demasía. Aunque la noche anterior había descansado lo suficiente, la actividad de los últimos días al lado de Steve le había quitado la energía y las fuerzas necesarias para ganar la competencia de ciclo-montañismo. Atravesando las laderas de las montañas de North Vancouver, y con tan solo dos kilómetros más antes de cruzar la línea de meta, se encontraba en el tercer lugar de la competencia, lo que solo la haría merecedora de un cheque por mil dólares y un pequeño trofeo que más temprano que tarde estaría cubierto de polvo en la parte más alta de su repisa, sin aportar mayor beneficio a las apremiantes necesidades de su angustioso presente. Si no lograba superar a las dos contrincantes que se encontraban delante suyo, se estaría despidiendo del jugoso premio entregado a la ganadora, y su dependencia de Steve empezaría a prolongarse más de lo deseado, pues, aunque ahora sentía que lo empezaba a amar, aun estaba lejos de sacarse aquella idea de la cabeza acerca de una posible infidelidad. A pesar de ese sentimiento que cada vez tomaba más fuerza, en su cerebro aun taladraba aquella idea de qué tan bueno sería meterse con un hombre que le llevaba más de veinte años. No veía el presente como un momento en el que esa diferencia presentara un problema mayor, pero si las cosas se desarrollaban tal y como todas las parejas lo deseaban, sería casi que inadmisible verse, a sus cuarenta y cinco años, acompañada por un hombre que se encontraría ad-portas de la ancianidad. Pero veintisiete años eran mucho tiempo, y bien podría ella no llegar a vivir tanto o tal vez sería él quien no llegase a disfrutar de tantos años de vida. Pero lo importante en el momento era obtener el primer lugar, acceder al cheque gordo y al trofeo grande, y estar disfrutando en pocos días de aquel crucero en velero por las islas del Caribe. No tenía otra alternativa, su mala suerte tenía que quedarse atrás, ya había tenido suficiente con la muerte de sus padres y la falta de dinero para soportar sus gastos más básicos; mínimo tendría que lograr el segundo lugar: dos mil dólares harían mucho más que mil. Levantó su mirada, se enfocó en aquella rubia de uniforme morado y casco blanco, quien podría estar a menos de diez metros de distancia; notó que esta empezaba a mostrar movimientos inestables sobre su bicicleta y supo que era el momento de atacar. Se paró sobre los pedales, recordó la sonrisa de su padre y las historias que su mamá le leía cuando era pequeña y pasó toda su energía a aquel par de piernas que eran la envidia de la mayoría de sus compañeras, logrando así aumentar la frecuencia de su pedaleo. El terreno era una mezcla de tierra húmeda y pequeñas piedras en el que las ruedas de su bicicleta no tenían la misma tracción que podrían tener en una carretera de asfalto, pero esto no fue impedimento para que sus fuerzas y sus deseos no lograran ponerla a la par de la rubia vestida de morado, quien se limitó a mirarla con aquellos ojos que dicen: ya no puedo más, sigue tú adelante. De un momento a otro, Nathalie se encontró por delante de la rubia, sus pulmones ardiendo al tiempo que su respiración entrecortada no lograba hacerla olvidar de cuan cansadas se encontraban sus piernas. Se sentó sobre el sillín y pensó que al menos ya tenía los dos mil dólares, pero no sería suficiente, necesitaba el premio mayor, el viaje en velero, sentir que podía vencer, no solo por el dinero y el trofeo mayor, pero por ganar la confianza en sí misma que necesitaría para afrontar sola los años de lucha que le esperaban por delante. Agachó la cabeza, concentró su mirada en el tono bronceado que los rayos del sol empezaban a dejar sobre sus muslos después de un largo y húmedo invierno, en sus zapatillas negras, aquellas que encajaban en los pedales y que le permitían pedalear al máximo de sus capacidades. Respiró profundo, alcanzó a ver con el rabillo de su ojo derecho el letrero que indicaba que faltaba un kilómetro para llegar a la meta; supo que sería ahora o nunca. Su contendora se encontraba a más de cuarenta metros. Siempre había sido su rival, desde los tiempos, seis años atrás, en que decidió subirse a una bicicleta de ciclo-montañismo por primera vez. Ya la había derrotado en algunas competencias menos importantes, así como también había sido derrotada por aquella muchacha de rostro agradable, cabellos cortos y oscuros. Se volvió a parar sobre los pedales, sintió el dolor en las piernas al aumentar el ritmo y la frecuencia de pedaleo, volvió a arrepentirse de haber estado haciendo el amor con Steve, gastando todas sus energías como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Pero ya no podía quejarse y mucho menos llorar sobre la leche derramada; era la hora de demostrarle al mundo entero que ella podría vencer, ser la mejor, conseguir aquel dinero, así solo tuviera a su lado a un hombre más de veinte años mayor para compartir y celebrar su triunfo. Concentró su mirada en la espalda de su contrincante: en aquella camiseta roja que mostraba el número cinco. Era consciente de que los ochocientos metros que ahora faltaban sería justo el terreno que necesitaba para igualarla, siempre y cuando mantuviera el vertiginoso ritmo que acababa de adoptar. Sus pulmones ardían cada vez más, el ritmo de su respiración no paraba de acelerarse, sentía los músculos de las piernas como si fueran a reventar, pero bien sabía que todo triunfo requería de un gran esfuerzo y el esfuerzo requería de sacrifico y de mucho dolor. Si su corazón de dieciocho años decidía claudicar, al menos llegaría a acompañar a sus padres en lo que los religiosos llamaban una vida eterna y feliz en un lugar llamado cielo. De un momento a otro y sin previo aviso, gotas de agua empezaron a caer, los rayos y truenos hicieron presencia y Nathalie se sintió refrescada, justo lo que necesitaba para mantener las fuerzas que la podrían llevar hasta el primer lugar. Pero no tardaron las ruedas de su bicicleta en empezar a deslizarse, a perder la tracción y la estabilidad necesarias para mantener un ritmo competitivo. Levantó la mirada y supo que la contrincante del número cinco parecía ser víctima de los mismos problemas. Giró su cabeza para mirar atrás y no encontró a nadie; faltando tan solo cuatrocientos metros confirmó que al menos el segundo lugar era suyo. Cuando volvió a mirar hacia adelante calculó que su contrincante se encontraba a menos de diez metros. Todo indicaba que la lluvia había afectado más a la hasta ahora líder de la competencia. Miró hacia arriba, al pequeño pedazo de cielo encapotado que las ramas de los árboles de pino dejaban observar, y sintió las gotas sobre su rostro, tragó un par y decidió hacer un último esfuerzo, así fuese lo último que hiciera en su vida. Sacó energía de donde no tenía, y con la imagen en su mente de sus padres, sus piernas empezaron a pedalear como nunca lo habían hecho. Sintió cómo la fuerza del viento trataba de frenarla, pero eso ya no importaba, la decisión estaba tomada y sabía que dejaría todo sobre el camino con tal de cruzar la meta en el primer lugar. Con el paso de los segundos la lluvia se sintió más fuerte, el camino se llenó de charcos y el pedaleo se hizo más difícil. Las ruedas se hundían más de diez centímetros en el agua y en el barro, su cuerpo se llenó de la suciedad que estas desprendían y que la lluvia fracasaba al tratar de limpiar. Pero aquello era solo parte de la competencia y no se iba a dejar vencer, menos ahora que tenía a su adversaria a un poco más de tres metros y que la línea de meta estaba a menos de ciento cincuenta metros. A pesar del aguacero, el lugar de llegada se encontraba atiborrado de espectadores y curiosos, todos protegidos por sus sombrillas e impermeables. A Nathalie le hubiera encantado ver a sus padres esperándola en aquel lugar, tal y como lo habían hecho desde que decidió participar en ese tipo de competencias. No era el estilo de muchacha que se avergonzaba de ver a sus padres en las proximidades de su lugar de estudio o de reuniones sociales, y aunque admiradores nunca le habían faltado, prefería las actividades con sus progenitores antes de disfrutar de los encantos y la simpatía de algún muchacho de su edad. Pero era esta su primera competencia en la que no los vería al cruzar la línea de meta, como tampoco vería a ningún novio o pretendiente. Steve le había dicho que unas importantes reuniones de trabajo no lo dejarían asistir al evento, pero que estaba dispuesto a invitarla a cenar y a celebrar, así quedara en el último lugar. Pero ella no estaba predestinada para llegar en el último lugar, tampoco en el segundo; su lugar era el primero y su muslo izquierdo sintió el esfuerzo sobrehumano cuando se sintió obligado a dar el pedalazo que le permitió ponerse a la par de la competidora de la camiseta roja, quien giró levemente su cabeza para observar el rostro de quien parecía querer poner su triunfo en duda. Nathalie se limitó a ofrecerle la más leve de las sonrisas, luego enfocó su mirada en la línea de meta, de la cual ya solo la separaban sesenta metros, y aunque sus piernas y pulmones parecían estar listos a entrar en un periodo de prolongado descanso o una vacación de por lo menos dos semanas, sacaron estos el necesario empuje para atacar en el sprint final, entre agua, barro, rayos, truenos y una empapada multitud que no se cansaba de animar a las competidoras. Pero su esfuerzo no parecía suficiente, pues por más que lo intentaba y aplicaba todo lo que le quedaba para tratar de sacar así fuesen cinco centímetros de diferencia entre su rueda delantera y la de su competidora, no lograba que esto se hiciera realidad. A escasos diez metros de la línea de llegada ya no podía más, su esfuerzo y su resistencia habían llegado a su final, su visión se nubló, sintió que no sabía en donde se encontraba, si en realidad iba hacia adelante o hacia atrás, para un lado o para el otro; el agua, los pinos, el camino y la colorida multitud se revolvieron en su cerebro hasta convertirse en una sola e indefinida imagen, y sin conocer el resultado final de la carrera, alcanzó a percibir cómo pasaba por debajo del inflable que marcaba la línea de llegada antes de sentirse sujetada por los brazos del hombre con quien había pasado las últimas noches, observar su enorme sonrisa, y perder el conocimiento.
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