22
–Daría lo que fuera por estar en tu lugar –le dijo Nicole a Michelle, las dos muchachas sentadas en el sofá de la pequeña sala del apartamento de Nicole.
–Estás loca, mi papá es lo peor que hay, y ni siquiera tengo un lugar dónde vivir… –dijo Michelle antes de arrugar una de sus mejillas.
–Me refería a tu viaje en velero por el Caribe, pero ya sabes que te puedes quedar aquí para siempre.
Para Michelle, la sonrisa que Nicole mostró, además de la manera como la miró, dejaba claro que tendría que salir de aquel lugar cuanto antes. Nicole era una de sus mejores amigas, pero si quería conservarla como tal, no podría dejar que la atracción que le producía a la chica bisexual terminara por dañar esa relación. Era diferente el verse con ella para compartir durante una fiesta, una salida a cine o a comer en un lugar de comidas rápidas, a verse obligada a dormir en su sofá, utilizar el mismo baño y pasar varias horas del día juntas.
–No puedo abuzar, sería el colmo, pero gracias por dejarme quedar. Te prometo que apenas regrese del Caribe buscaré un sitio para arrendar.
–Bueno, pero no te precipites, ya sabes que esta es tu casa –dijo Nicole mientras ponía su mano sobre la rodilla de Michelle.
–Lo tendré en cuenta.
–¿Y a qué horas sale tu vuelo mañana? –dijo Nicole y retiró su mano de la rodilla de su amiga.
–A las tres, lo que indica que tengo que estar en el aeropuerto a las dos.
–Te voy a hacer un rico spaghetti de despedida y luego te llevo al aeropuerto –dijo Nicole esbozando una amplia sonrisa.
–No deberías preocuparte tanto, ya de por sí soy una molestia.
–Estás loca, amiga, tú nunca serás una molestia para nadie, y especialmente para mí. ¿Pero qué tal si nos tomamos una cerveza de despedida?
Pero una no más, no quiero excederme y estar con dolor de cabeza para montarme al avión.
Nicole se puso de pie y fue hasta la nevera, sacó dos latas de cerveza, regresó y le entregó una a Michelle. Después de abiertas, las dos muchachas brindaron y tomaron sus respectivos primeros sorbos.
–¿Y qué vas a hacer con respecto a Dave? –preguntó Nicole, lamiéndose los labios.
–Me ha escrito como mil mensajes, pero no le voy a contestar, se quedará esperando.
–Es un imbécil –dijo Nicole–, hacerle eso a la chica más linda de toda la universidad –Nicole meneó la cabeza.
–Me imagino en que solo pensó en salvar su pellejo –Michelle arrugó los labios y tomó un nuevo sorbo de su bebida.
–Yo nunca te haría algo así…
La manera como Nicole la miró llevó a Michelle a pensar que no era la mirada que podría recibir de una amiga, era la mirada que podría recibir de un pretendiente enamorado.
–Yo lo sé, y por eso eres una de mis mejores amigas.
Nicole sonrió y bajó la mirada, luego tomó un sorbo de cerveza y dijo:
–No me tienes que responder lo que te voy a preguntar…
–Siempre me gusta responder a todo.
Michelle sonrió, pero sabía que la pregunta que venia iba a ser difícil de responder.
–¿Tú crees que algún día tú podrías tener algo con una mujer?
–¿Tener algo? –Michelle arrugó la frente.
–Sí, me refiero a algo especial, más que una amistad.
Michelle miró a su alrededor, se mordió el labio y luego dijo:
–No lo sé, creo que nunca lo había pensado.
–Puede ser algo que esté totalmente por fuera de tus deseos.
–Si algún día se me ocurriera, tendría que ser con una chica muy linda.
Nicole bajó la mirada.
–¿Pero por qué me preguntas eso? –continuó Michelle.
–¿Es necesario que te lo explique?
–Supongo que no –Michelle apretó un puño con su mano izquierda y estuvo a punto de hacer lo mismo con su mano derecha, de no ser porque en esta tenía agarrada la lata de cerveza.
–Amiga, olvida lo que te dije, no quiero presionarte, y mucho menos perderte como amiga.
–Siempre vas a ser mi amiga, eso no lo pongas en duda.
–Es lo que más quiero, y perdona si a veces me desvío. Yo sé que a ti no te gustan las mujeres y no tenía por qué hacerte esa pregunta, lo último que quiero es alejarte de mí o que te sientas incómoda quedándote en mi apartamento.
–Me siento muy bien aquí, y si le viera un problema a que a ti te gusten las mujeres tanto como te gustan los hombres, pues ya hubiera salido corriendo.
Michelle, obedeciendo a sus instintos, se movió en el sofá y abrazó a su amiga. Se quedó así por más de quince segundos sintiendo las manos de Nicole en su espalda, su mejilla contra la de ella. Pensó que le hubiese encantado darle gusto a su amiga: dejarse desnudar mientras la desnudaba a ella en medio de apasionadas caricias y besos, pues debía agradecer que tuviera un techo en donde pasar las noches hasta que consiguiera un sitio dónde vivir, agradecer el tener una amiga que la apoyaba, sobre todo ahora que su padre se había cumplido en un cruel carcelero. Pero estaba lejos de sentirse atraída por otra mujer, siempre había sido consciente de esto, y aunque estuviese en una situación difícil, le sería casi que imposible cambiar sus gustos.
–¿Quieres otra cerveza? Yo sé que dijiste que solo te tomarías una, pero no creo dos te vayan a afectar, además, todavía es temprano –dijo Michelle cuando se separaron.
–Está bien, dale.
Nicole se levantó del sofá y fue en busca de un nuevo par de latas. Fue cuando Michelle se sorprendió a sí misma al caer en la cuenta de que sus ojos no se separaban de las largas y bronceadas piernas de su amiga, las cuales complementaban lo que cualquiera podría describir como una figura estilizada, cercana a la perfección, y un rostro que sería la envidia de cualquier otra chica. Su largo cabello castaño oscuro y sus grandes ojos ambarinos no hacían más que sumar cualidades a un ya de por sí atractivo rostro.
¿Y qué pasaría si le doy gusto a Nicole, aunque sea solo por esta noche?, pensó Michelle. Si me tomo cuatro o cinco cervezas... tal vez podría hacerlo…
–Estas están más frías, justo lo que necesitamos para este calor que ya se empieza a meter –dijo Nicole mientras le entregaba una lata a su amiga.
–¿Quedan muchas en la nevera?
–¿Cambiaste de opinión? Pensé que esta era la última que querías.
Nicole se sentó y abrió su lata.
–¿No puedo cambiar de opinión? Es una noche especial… –dijo Michelle y mostró una sonrisa mientras sentía cómo algo se le movía en su interior.
–Es especial que tú estés aquí, pero aparte de eso, a esta noche no le veo nada de especial –dijo Nicole antes de mostrar una sutil sonrisa.
–Pues… pues es especial porque no nos vamos a ver durante una semana.
–Supongo que tienes razón, brindemos por eso –Nicole estiró el brazo y toca la lata de cerveza de Michelle con la suya.
Minutos más tarde, al terminar su tercera cerveza, Michelle empezó a sentir los efectos del licor. Sabía que el no haber cenado nada ayudaba a que el alcohol actuara de manera más contundente en su cuerpo. Lo correcto sería comer algo, pero no quería que el efecto de las bebidas se le pasara y terminara la noche sin poder complacer a su amiga.
Mientras la charla continuaba, las dos muchachas recordando anécdotas del semestre de estudio que acababa de terminar, la mente de Michelle no paraba de analizar los motivos por los cuales quería darle gusto a su amiga. ¿Sería solo en señal de agradecimiento o porque se sentía sola, a pesar de tener otras amigas y gran cantidad de admiradores? En realidad, no comprendía por qué se había decidido a hacerlo, pero de lo que sí estaba segura era de necesitar más cervezas, dado que las cinco que ya se había tomado aun no lograban llevar a su cerebro el efecto requerido para atreverse a besar a otra mujer.
–Ya estás empezando a hablar trabado –dijo Nicole.
–Creo que tienes razón, pero ese no es motivo para que me regales otra cerveza.
–No te entiendo, empezaste con que solo querías una y ahora parece que quieres acabar con las reservas de la tienda de licores –dijo Nicole antes de sonreír.
–Es que, es que… Mejor pásame otra y te lo confieso.
Nicole no tardó en conseguir un nuevo par de latas. Michelle destapó la suya, tomó un par de sorbos y escuchó a su amiga decir:
–Ahora sí, confiesa lo que tienes que confesar.
–¿Estás segura?
–¿Por qué no habría de estarlo?
Michelle tomó un par de sorbos más antes de decir:
–Quiero que pongas una buena melodía y me hagas un strip tease.
Nicole abrió los ojos a más no poder, soltó la carcajada e instantes después dijo:
–Parece que la cerveza está haciendo su efecto.
–No lo dudes, creo que están cumpliendo su cometido, pero no seas tímida y comienza con tu acto.
–Me encantaría desnudarme para ti, pero no en estas circunstancias.
–¿Cómo así? ¿A qué te refieres? –preguntó Michelle, su ceño fruncido.
–Porque creo que estas casi que borracha, y no es justo que me aproveche de ti.
–Vamos, Nicole, no le pongas misterio al asunto. Además, las cervezas sirvieron para romper el hielo, para desinhibirme.
Nicole miró a su amiga directo a los ojos, levemente torció la boca y dijo:
–Prefiero irme a dormir –dijo Nicole con los ojos humedecidos.
Michelle volvió a sentir algo que le subía y el bajaba en su interior y no dudó en tomar la mano de Nicole.
–Amiga, perdóname, no era eso lo que quería…
–¿Entonces qué querías? ¿Burlarte de mí y de mi cuerpo mientras me desnudo?
Nicole le soltó la mano.
–Por favor no digas eso. Tu cuerpo es divino, pero si no estás segura de hacerlo, lo puedo hacer yo, seré yo la que te haga un strip tease.
Nicole continuó mirándola, no pronunció palabra por más de diez segundos y luego dijo:
–Sería genial, pero no quiero que me provoques para saber que luego no va a pasar nada.
–Si sigues con esa actitud… es lógico que no va a pasar nada, pero si te relajaras y dejaras de ser tan prevenida tal vez algo podría pasar.
–No quiero que juegues conmigo.
–Nadie está jugando, solo quiero agradecerte por dejarme quedar aquí.
–¿Entonces solo sería por eso?
Michelle supo que no podría engañar a su amiga, pero también sintió que había llegado a un punto en el que no querría irse a la cama sola. Necesitaba la compañía de alguien, de una persona que le demostrara cariño, que la hiciera sentirse apoyada y le diera la fuerza mental que necesitaba para enfrentar el futuro. Pero bien sabía que, si se acostaba con su amiga, esta se ilusionaría y terminaría con el corazón roto. Su idea de gozar por solo una noche, ante la evidencia en la manera cómo Nicole tomaría las cosas, tendría que ser olvidada.
–No lo sé, solo quería sentir por esta noche que alguien me quiere, que no estoy sola en este mundo.
–No estás sola, me tienes a mí −dijo Nicole y se inclinó levemente hacia adelante, su mirada puesta en los labios de su amiga.
Michelle supo que Nicole estaba esperando a ser besada; si lo hacía, era claro que a su regreso del Caribe las cosas cambiarían. ¿Estaba dispuesta a sumarle un cambio más a su vida? No lo sabía, solo era consciente de estar sintiéndose sola, de no tener el verdadero apoyo de nadie. Se alcanzó a inclinar unos pocos centímetros hacia adelante antes de que se escuchara el timbre de la puerta. Nicole arrugó los labios, meneo la cabeza y dijo:
–¿Quién diablos podrá ser a esta hora? Son casi las once.
–Tal vez un antiguo amor tuyo que viene a tocar a tu puerta en busca de redención –dijo Michelle con una sonrisa dibujada en su rostro.
Nicole se puso de pie y se acercó a la puerta para luego preguntar:
–¿Quién es?
–Buenas noches, estoy buscando a mi hija Michelle –se escuchó al otro lado de la puerta.
–Es mi papá –susurró Michelle–, no te atrevas a abrirle.
Nicole la volteó a mirar, enarcó las cejas y después de dirigir su mirada nuevamente hacia la puerta dijo:
–Ella no está aquí, hace varios días que no la veo.
–No juegues conmigo, niña, sé que mi hija está ahí adentro. Solo quiero que regrese a casa, no la voy a castigar por haberse fugado, solo quiero que esté bien.
Nicole volvió a mirar a su amiga, extendió los brazos hacia adelante, sus palmas hacia arriba.
Michelle supo que tendría que poner a su padre en el lugar que le correspondía; no podría estar huyendo toda su vida. Le hizo una señal a Nicole para que abriera y esta le susurró:
–¿Estás segura?
–Es hora de que lo ponga en su lugar.
Nicole se encogió de hombros, pero antes de abrir la puerta, tomó en sus manos un paraguas que encontró recostado junto a esta y dijo:
–Si viene acompañado de uno de sus matones…
Michelle estaba segura de que no regresaría con aquel hombre a quien le quedaba difícil considerarlo como su padre. Si venía acompañado por uno de sus empleados y la obligaba a regresar a la que había sido su casa, no dudaría en dar la batalla.
–Espera, creo que también debo prepararme.
Caminó hasta la cocina, tomó el cuchillo más grande que encontró, regreso a la pequeña sala y con un movimiento de cabeza le indicó a Nicole que ya podía abrir. Su amiga se tardó un par de segundos y con una mano temblorosa procedió.