**LUCIANA**
La puerta se abrió con una lentitud que me pareció calculada para torturarme. Primero apareció su sombra, alargada por las luces del pasillo, y luego él. Santiago.
Entró solo. No había rastro de su hermano, pero el aura de furia contenida que traía consigo era tan densa que juraría que la temperatura de la habitación bajó varios grados. Cerró la puerta tras de sí con una suavidad que me resultó mucho más aterradora que un portazo.
—Se fue —dijo, sin mirarme. Se desabrochó los botones de los puños de su camisa con movimientos mecánicos, precisos—. No volverá a molestarte esta noche. Ni ninguna otra.
Me puse de pie, sintiendo que mis piernas aún temblaban un poco bajo el vestido de Mariana, pero me obligué a clavar los talones en la alfombra.
—¿Y qué le dijiste? ¿Que ahora soy de tu propiedad oficial según el anexo B del contrato? —solté, usando el sarcasmo como el único escudo que me quedaba.
Santiago se detuvo. Giró el rostro hacia mí y, por primera vez, no vi al CEO calculador ni al protector frío. Vi a un hombre que estaba al límite de algo que no podía controlar.
—Le dije la verdad —respondió, acortando la distancia entre nosotros con pasos lentos—. Has dejado de ser un asunto de la agencia para convertirte en un asunto personal mío. Y en esta familia, Luciana, nadie toca lo que es mío.
—Esa palabra otra vez… “Mío”, —reproché, aunque el corazón me daba vueltas—. No soy un activo de E Group, Santiago. Soy una persona con deudas, sí, y con miedo, también, pero no soy un objeto.
Él se detuvo a escasos centímetros de mí. Podía oler de nuevo ese perfume metálico y caro, mezclado con la adrenalina de su pelea con Daniel. Levantó una mano y, con una lentitud desesperante, rozó el mechón de cabello que se me había escapado del peinado. Su tacto era cálido, contrastando con la frialdad de su mirada.
—Un objeto se puede reemplazar, Luciana —susurró, y su voz vibró en mi pecho—. Tú no. Eres el único elemento en esta ecuación que no puedo predecir. Y eso me está volviendo loco.
Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Estaba atrapada entre la pared de cristal y su cuerpo, entre la necesidad de huir y el deseo inexplicable de quedarme a ver qué pasaba si ese hombre perdía el control del todo.
—Si acepto esa “exclusividad”… —mi voz flaqueó un segundo—, ¿qué esperas de mí exactamente? Porque no voy a ser la muñeca que sonríe mientras tú cierras tratos millonarios.
Santiago dejó de tocar mi cabello y bajó la mano hasta mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos grises eran tormenta pura.
—Espero que seas mi sombra en público y mi obsesión en privado —sentenció—. Espero que no me mientas, porque puedo perdonar un error, pero no una traición. Y espero… que cuando estemos solos, olvides que hay un contrato de por medio.
—Eso es imposible —respondí con un hilo de voz—. El contrato es lo único que nos une. Sin eso, yo no estaría aquí y tú ni siquiera sabrías mi nombre.
Él se inclinó más, rozando mis labios con los suyos al hablar, una tortura dulce que me hizo cerrar los ojos.
—Entonces hagamos que valga la pena cada maldito peso, Luciana.
De repente, su celular, que había dejado sobre la mesa de noche, empezó a vibrar con una insistencia violenta. Él no se apartó, pero yo abrí los ojos. En la pantalla, un nombre brillaba en letras mayúsculas: BEATRIZ OCAMPO (MADRE).
La realidad me golpeó como un balde de agua fría. La madre dominante. La mujer que, según lo que me había contado Mariana, destruía reputaciones antes del desayuno.
—Es tu madre —susurré, tratando de apartarme.
Santiago no me soltó. Miró el teléfono con un desprecio absoluto antes de volver a fijar su vista en mí.
—Déjala que llame. El mundo puede arder afuera, Luciana. Pero en esta habitación, tú eres la única que tiene mi atención.
Y entonces, sin previo aviso, acortó la distancia final. No fue un beso de contrato. Fue un reclamo. Una invasión de mis sentidos que me recordó que, aunque yo tuviera la lengua filosa y la mente ágil, Santiago Echeverri era un experto en dominar territorios. Y yo, por voluntad o por destino, acababa de dejarle la frontera abierta.
El beso fue un choque de trenes. No hubo delicadeza, no hubo el tanteo suave de alguien que está conociendo a otro. Fue un reclamo de soberanía. Santiago me besó con la fuerza de quien pone una bandera en territorio conquistado, y por un segundo, mi cerebro se desconectó.
Su sabor era a whisky caro y a una determinación que me asustaba. Pero yo no soy de las que se quedan quietas mientras las pasan por encima.
—Basta —dije, logrando separar mis labios de los suyos, aunque él no me soltó. Apoyé mis manos contra su pecho rígido, sintiendo el latido de su corazón: era lento, constante, aterradoramente calmado para el caos que acababa de desatar.
Él me miró desde su altura, con esos ojos grises que ahora parecían láminas de acero. No estaba agitado. Solo me observaba, esperando mi siguiente movimiento como un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.
—¿Basta? —Su voz bajó una octava, volviéndose más ronca, más densa—. No me digas “basta”, Luciana. No cuando tus manos están temblando porque quieres más.
—Mis manos tiemblan de rabia, no de ganas —mentí, sintiendo el calor subir por mi cuello—. Tu madre no deja de llamar. Y si es la mitad de lo que dicen los chismes, no es el tipo de mujer que dejas en visto mientras… mientras haces esto.
Santiago desvió la mirada hacia el celular que seguía vibrando sobre el mármol, como un insecto molesto. Lo tomó sin soltarme la cintura, lo miró con un desprecio absoluto y, sin parpadear, lo apagó. El silencio que siguió fue casi ensordecedor.
—Mi madre es pasado. Tú eres mi presente —sentenció. Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Su agarre no era doloroso, pero era inamovible—. Escúchame bien, devushka (muchacha). En mi mundo, las reglas las pongo yo. Y la primera regla de este contrato es que cuando estoy contigo, el resto del mundo deja de existir. ¿Entendido?
Esa palabra. Esa forma de hablarme como si fuera su súbdita hizo que mi sangre colombiana hirviera.
—A mí no me hables como si fuera una de tus empleadas de la tecnológica, Santiago. O como si fuera uno de tus guardaespaldas rusos —le solté, encarándolo—. Puedes haber pagado por mi tiempo, pero no compraste mi derecho a réplica. Mi nombre es Luciana, no “propiedad de Echeverri”.
Una chispa de algo parecido a la admiración —o tal vez a la diversión oscura— cruzó por su rostro. Se inclinó tanto que su nariz rozó la mía.
—Me gusta cuando peleas —murmuró, y su aliento cálido fue una caricia peligrosa—. Hace que domarte sea mucho más satisfactorio. Pero no te equivoques, Luciana. No eres una empleada. Eres mi obsesión. Y a mis obsesiones las cuido con una ferocidad que no querrías ver dirigida hacia nadie más.
Se alejó un paso, rompiendo la tensión física pero dejando la atmósfera cargada de electricidad. Fue hacia el mueble del bar y sirvió dos dedos de un líquido transparente. Vodka. Puro. Sin hielo. Se lo tomó de un solo trago sin apartar los ojos de mí.
—Mañana a primera hora, un equipo vendrá a este hotel. Te darán un teléfono nuevo, ropa nueva y una lista de lo que espero de ti esta semana.
—¿Ropa nueva? ¿Qué tiene de malo la mía? —pregunté, señalando el vestido de Mariana.
—Es de otra persona. Y yo no quiero nada que haya tocado a otra persona en tu cuerpo —respondió con una posesividad que me dejó fría—. A partir de ahora, todo lo que uses, todo lo que toques, vendrá de mí.
Me quedé sin palabras. Era un control total. Un asedio.
—¿Y si decido que este “trato” no me gusta? —le desafié, cruzando los brazos sobre el pecho.
Santiago dejó el vaso en la mesa y caminó hacia la puerta de la suite. Antes de salir, se giró. Su silueta recortada contra la luz del pasillo lo hacía ver más imponente, más ajeno, más… ruso.
—Ya gastaste el adelanto, Luciana. Y ambos sabemos que no eres de las que huye de una deuda. Duerme. Mañana empieza tu nueva vida.
La puerta se cerró con un clic definitivo. Me quedé sola en la suite, con el sabor de su beso aún quemándome y la sensación de que, efectivamente, acababa de venderle mi libertad al diablo más guapo y peligroso de toda Bogotá.