CAPITULO 7

1577 Words
**SANTIAGO**  Sus párpados vibraron un segundo antes de parpadear. Fue un gesto casi imperceptible, pero en nuestro mundo, un segundo es una eternidad. Fue demasiado lento. —Entonces alguien decidió jugar fuerte esta noche —murmuró él, recuperando la compostura con una rapidez ensayada. —¿Quién, Daniel? —di un paso hacia él, invadiendo su espacio personal hasta que se vio obligado a tensar los hombros—. ¿Quién puso eso en su copa? Él se encogió de hombros, desviando la mirada hacia el gran ventanal al final del pasillo. —Tal vez no era por ella —soltó con una voz que pretendía ser casual, pero que goteaba veneno—. Piénsalo. Una chica desconocida, del brazo de un Echeverri. Es un blanco fácil. El pensamiento encajó en mi mente como una pieza de rompecabezas maltratada pero exacta. “Si alguien intentó drogar a la mujer que me acompañaba, el mensaje no iba dirigido a una estudiante”, reflexioné. El ataque era un disparo directo a mi armadura. Luciana había sido el vehículo perfecto. El daño colateral diseñado para humillarme o para obligarme a cometer un error bajo la presión del escándalo. Miré hacia la puerta de la suite, consciente de la mujer que esperaba detrás de ella. Luciana no tenía idea del tablero en el que acababa de entrar, ni de que las piezas que nos rodeaban no tenían alma, solo intereses. Daniel seguía hablando, balbuceando sobre la competencia, sobre traiciones en la junta directiva y enemigos invisibles que acechaban en las sombras de la empresa. Pero yo ya no lo escuchaba. Una certeza se instaló en mi pecho con la frialdad del mármol: Luciana ya no era solo una desconocida que necesitaba dinero. A partir de esta noche, ella era mi punto vulnerable. Y en un mundo donde todos viven para detectar la menor debilidad del adversario, yo acababa de cometer el pecado capital de los Echeverri. Acababa de declarar la mía ante el hombre más envidioso que conocía: mi propio hermano. **LUCIANA** Me troné los dedos una vez. Luego otra. El sonido seco en medio del silencio sepulcral de la suite fue lo único que me ancló a la realidad. Crack. c***k. —Respira, Luciana. Respira —me ordené a mí misma en un susurro. La puerta se había cerrado tras Santiago y su hermano, y de pronto la habitación se sintió demasiado grande. Demasiado elegante. Demasiado ajeno. Miré alrededor con una mezcla de fascinación y náuseas. Había una cama que seguramente costaba más que tres meses de mi arriendo; una vista de Bogotá extendiéndose como un mar de luces indiferentes bajo mis pies; una alfombra tan suave que daba miedo mancillarla con mis pasos. ¿En qué demonios me estaba metiendo? Me pasé las manos por el cabello, deshaciendo los restos del peinado perfecto de la noche, y volví a tronar los dedos. Esta vez lo hice con más fuerza, como si pudiera sacarme las ideas de la cabeza a presión. “Maldita sea”, pensé, cerrando los ojos con fuerza. Ocho millones. Ocho millones que ya no estaban en mi cuenta, no completos. En mi mente, hice la cuenta matemática del desastre: la matrícula de la universidad, pagada; el abono al colegio de Nico para que no le prohibieran la entrada, hecho; la deuda del mes pasado que me quitaba el sueño, cubierta; la nevera llena por primera vez en semanas. El dinero se había esfumado con la misma velocidad con la que había llegado. ¿Y ahora qué? ¿Iba a devolverlo? ¿Con qué? ¿Con mis buenas intenciones y mis disculpas? Solté una risa nerviosa que rebotó contra las paredes minimalistas. Nunca imaginé que mi “primer día” terminaría así. Pensaba que lo peor que podía pasar era que algún empresario aburrido me preguntara sobre criptomonedas o me mirara como si fuera un accesorio caro más en su colección. No que intentarían drogarme. No que el verdadero poder detrás del apellido Echeverri decidiría “adoptarme” bajo sus propias y oscuras reglas. Caminé hasta el ventanal y apoyé la frente en el vidrio frío, buscando que el contacto me devolviera la cordura. Santiago hablaba en serio. No era coqueteo, no era un impulso de caballero andante. Era una decisión ejecutiva. “Exclusividad”. La palabra me daba vueltas en la cabeza como un eco peligroso. Trabajar solo para él. Estar bajo su sombra. Seguir sus reglas. —No soy un contrato con piernas… —murmuré, viendo mi propio reflejo borroso en el cristal. Pero la verdad me golpeó con la frialdad de la noche: había firmado un pacto invisible en el preciso momento en que acepté esa transferencia bancaria. Yo necesitaba el dinero para sobrevivir, y él lo sabía. Lo que Santiago aún no entendía era que, aunque necesitara su capital, no pensaba entregarle mi alma en el proceso. Él creía que me había comprado una jaula. Lo que no sabía es que yo ya estaba acostumbrada a vivir en el infierno, y en el infierno, las reglas las dicta quien no tiene nada que perder. Un ruido en el pasillo me hizo tensar los hombros. Él iba a volver. Y yo tenía que decidir si iba a ser la víctima de su historia o la estratega de la mía. Me crucé de brazos y empecé a caminar de un lado a otro, sintiendo cómo el tacón se hundía en la alfombra impecable. El silencio de la suite empezaba a pesarme en los hombros. ¿Qué iba a hacer ahora? Si decía que no, volvía a la agencia. Y si alguien había intentado drogarme en un evento supuestamente “seguro”, rodeada de cámaras y seguridad privada, ¿qué me esperaba en los otros? Si decía que sí… me convertía en la sombra permanente de un hombre que me miraba como si ya hubiera decidido qué rincón de su mundo iba a ocupar. Maldita sea. Me detuve frente al espejo del minibar, enfrentando mi propio reflejo. Ahí estaba yo: vestido n***o, maquillaje intacto y una expresión que fingía mucha más seguridad de la que realmente sentía. —Querías dinero rápido —me dije en voz baja, mi aliento empañando apenas el cristal—. Felicidades, genia. Lo lograste. Me troné los dedos otra vez. Crack. Mi corazón seguía acelerado, pero el pulso ya no era solo por el susto de la bebida adulterada. Había algo más. Algo oscuro y magnético que se me pegaba a la piel. Recordé la forma en que Santiago me miró cuando mencionó que me quería en su cama, la manera en que su voz bajó de frecuencia al hablar de sus reglas y ese control absoluto que ejercía sobre cada centímetro de aire en la habitación. Ese hombre no buscaba una cita ocasional. No buscaba una distracción para sus noches de insomnio. Quería un juguete permanente. Y lo peor de todo no era su arrogancia, sino que no lo había dicho como un hombre desesperado, sino como alguien que simplemente constata una verdad inevitable: él siempre obtiene lo que desea. Apoyé las manos en el borde del mueble y respiré profundo, llenando mis pulmones de ese aire con olor a caro. “No soy un juguete. No soy una muñeca de lujo. No soy propiedad de nadie”, repetí mentalmente, como un mantra para no desmoronarme. Pero tampoco era ingenua. Santiago no parecía el tipo de hombre que abandona algo que despierta su interés, y yo había visto ese brillo en sus ojos grises. No era solo deseo carnal; era determinación pura. Era la mirada de un cazador que acababa de encontrar una presa que, por primera vez, se atrevía a devolverle el zarpazo. La puerta seguía cerrada. Las voces de los hermanos Echeverri se filtraban apenas como murmullos lejanos, recordándome que afuera se libraba una batalla de la cual yo era el trofeo. Pensé en Nico. Recordé su cara esta mañana, su uniforme limpio y su preocupación genuina. “Solo no hagas nada peligroso”, me había dicho. Solté una risa amarga que se perdió en el lujo de la suite. Demasiado tarde, Nico. Ya estaba en peligro. El problema era que aún no lograba descifrar si el peligro era el mundo de Santiago o el efecto que Santiago empezaba a tener en mí. Me dejé caer en el sofá y cubrí mi rostro con las manos, sintiendo el peso de la realidad. —¿Qué hiciste, Lu? —susurré contra mis palmas. Podía salir corriendo, inventar una excusa médica, intentar negociar desde una posición de fuerza que no tenía. Pero el dinero ya estaba gastado en deudas que no esperaban, y el miedo ya había echado raíces en mi estómago. Levanté la cabeza lentamente, enderezando la espalda. Si iba a entrar en este juego de poder, no iba a hacerlo como una víctima agradecida. Si Santiago Echeverri quería control, iba a tener que sudar para conseguirlo. Porque si algo tenía claro, incluso con el corazón golpeándome las costillas, era una cosa: no iba a convertirme en el adorno de nadie. Ni siquiera del hombre más poderoso que había conocido en mi vida. La cerradura hizo un clic metálico. La puerta comenzó a abrirse. En ese instante supe que mi decisión —fuera cual fuera— iba a cambiar mi existencia mucho más de lo que ocho millones de pesos jamás podrían hacerlo. Estaba a punto de cruzar el punto de no retorno.
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