CAPITULO 2

1587 Words
**LUCIANA** Ajá. Como si yo fuera una cartera de diseñador o un accesorio de lujo que se alquila por horas. Como si dentro del vestido no hubiera un corazón galopando a mil por hora o unas piernas que amenazaban con fallarme en el primer paso. Me levanté con un suspiro pesado y fui al espejo del baño. Me miré con una honestidad brutal, de esas que duelen. Yo no era una mujer fatal. No era sofisticada, ni de esas mujeres que entran a un salón y logran que el aire cambie de densidad. Yo era Luciana: la que se ríe demasiado fuerte, la que le saca conversación al señor de la tienda y la que intenta hacer chistes flojos incluso cuando siente que el techo se le viene encima. Y sin embargo, allí estaba yo, aceptando el papel de mi vida. Me di una ducha larga, dejando que el agua caliente relajara mis hombros. Me puse crema con olor a vainilla y me sequé el cabello con una paciencia que no sabía que tenía. Mariana me había prestado un vestido n***o que, según ella, era “un básico de rica”. Al ponérmelo, la tela se deslizó sobre mi piel con una suavidad insultante. Me quedaba ajustado en los lugares correctos y, por un segundo, la imagen que el espejo me devolvió me hizo sentir… peligrosa. Esa palabra me provocó una carcajada irónica. —Peligrosa, yo —me dije, ajustándome un tirante—. Si lo más arriesgado que he hecho en mis veintidós años es colarme en el TransMilenio un domingo porque no tenía carga en la tarjeta. Me maquillé con sutileza. Un delineado discreto para alargar la mirada y un labial nude que me daba un aire de seriedad que no sentía. Me miré de lado, luego de frente. Intenté ensayar esa caminata segura que veía en las pasarelas, pero terminé pareciendo un pingüino con exceso de actitud y tacones demasiado altos. A las seis y media ya estaba lista, sentada en la sala, evitando arrugar el vestido. A las siete en punto, el rugido de un motor fino rompió la calma de la calle. Un carro n***o, impecable y de cristales tan oscuros que parecían obsidiana, se detuvo frente a mi edificio. Impecable era poco. Ese vehículo parecía no haber tocado jamás un hueco en toda la ciudad; se veía ajeno al polvo, al ruido y a la pobreza de mi barrio. Como si tuviera un pacto secreto con el asfalto para no ensuciarse. El conductor se bajó con una elegancia mecánica. Me abrió la puerta trasera y me dedicó una inclinación de cabeza cargada de respeto profesional. —Señorita Luciana Rojas. Tragué saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta se hacía permanente. —Sí… soy yo. —Bienvenida. El señor Echeverri la espera —su voz era neutra, despojada de cualquier rastro de curiosidad o juicio. Me indicó el interior del coche, que olía a cuero nuevo y a un perfume masculino costoso—. El evento es en el Hotel Grand Continental. ¿Está lista? No. No estaba lista. Estaba aterrorizada. Pero acomodé mi vestido, recordé la cifra en mi cuenta bancaria y respondí con la mayor firmeza que pude reunir: —Lista. Me subí al carro y, mientras nos alejábamos, vi por la ventana cómo mi mundo conocido se hacía pequeño, hasta que solo quedó el brillo del lujo rodeándome en el asiento trasero. Me subí al carro y la puerta se cerró con un sonido sordo, aislándome del mundo exterior. Adentro, el aire olía a cuero costoso y a un silencio absoluto, de esos que solo se encuentran en las cápsulas de la gente poderosa. Mientras avanzábamos, me quedé pegada a la ventana. Bogotá seguía siendo la misma de siempre: los semáforos invadidos por vendedores de dulces, el caos de las motos serpenteando entre los buses y ese afán eléctrico de las siete de la noche. Pero yo la veía a través de un filtro distinto. Era como si estuviera entrando a una película de la que no me habían entregado el guion, y donde cualquier error de improvisación me costaría demasiado caro. Cuando llegamos, el hotel se alzó ante mí como un monolito de cristal y luces cálidas. El Grand Continental no era solo un edificio; era un hábitat diseñado para personas que nunca han tenido que mirar el saldo de su tarjeta antes de pedir un café. Bajé del auto y sentí el impacto de mis tacones contra el mármol de la entrada. Cada “clac” resonaba como una advertencia: “Cuidado, Luciana, aquí todo es elegante, pero todo es resbaloso”. “El Laberinto es de cristal”: El lobby era tan vasto que me hizo sentir minúscula. En algún rincón invisible, un piano desgranaba una melodía suave que parecía flotar entre las columnas. Mientras caminaba, intentaba regular mi respiración y me repetía un mantra mental para no salir corriendo. “Solo es un evento. Solo es acompañar. Sonreír. No parezcas una niña que se perdió en la sección de lujos de un centro comercial”. El recepcionista, un hombre con un uniforme tan perfecto que me hizo sentir despeinada de solamente verlo, me dedicó una sonrisa profesional. —Buenas noches. ¿Su nombre, por favor? —Luciana Rojas —respondí, tratando de que mi voz no temblara. Me entregó una tarjeta dorada y me indicó el salón del evento con un gesto elegante. Cada paso hacia el salón principal era una batalla interna. El vestido n***o de Mariana me daba una valentía prestada, de esas que se sienten bien pero que sabes que pueden romperse en cualquier momento. El salón estaba a reventar. Pantallas gigantes proyectaban gráficos abstractos, luces azules bañaban las paredes y meseros de guante blanco circulaban con bandejas de canapés que parecían esculturas de cristal. El aire estaba saturado de perfumes importados y risas de esas que suenan a seguridad financiera. Un hombre se materializó a mi lado. Tenía un traje gris, una sonrisa ensayada y unos ojos que escaneaban el lugar sin detenerse en nada realmente. —Luciana, ¿verdad? —preguntó sin preámbulos. —Sí. —Soy Julián, de la agencia. Solo vine a confirmar que la mercancía… digo, que todo está en orden —me observó de arriba abajo, como quien verifica que un paquete llegó sin abolladuras. Sentí unas ganas feroces de morderlo, pero apreté los dientes—. El señor Echeverri está por llegar. Mantente cerca de la barra central. No te muevas de ahí. Asentí en silencio. En ese instante, mi celular vibró dentro de la cartera. NÚMERO DESCONOCIDO: No te vayas. Ya casi llego. Sentí un cosquilleo de puro nerviosismo en la nuca. No era un saludo, ni una disculpa por el retraso. Era una orden envuelta en cortesía. “Ya casi llego”. Miré hacia la entrada, buscando algún rostro que coincidiera con la imagen de un “Daniel Echeverri” que me había inventado en la cabeza. Nada. Tomé una copa de agua de una bandeja. No iba a mezclar mi crisis existencial con alcohol; necesitaba todos mis reflejos intactos. Y entonces, el ambiente del salón cambió. Hay personas que no necesitan una fanfarria para anunciar su llegada; su simple presencia altera la presión atmosférica del lugar. Él no podía ser Daniel. Daniel debía ser alguien más… amable, tal vez. El hombre que acababa de entrar era puro control. Traje n***o de un corte impecable, un reloj que probablemente costaba más que mi apartamento y una espalda tan recta que intimidaba. No sonreía. Su mirada no vagaba por el salón como la de Julián; él medía distancias, analizaba debilidades. Habló brevemente con alguien en la entrada y luego, como si tuviera un radar instalado para detectar mi incomodidad, giró la cabeza. Sus ojos se clavaron en los míos a través de la multitud. Sentí un golpe seco en el estómago. No fue dolor, fue ese vacío súbito que sientes cuando el ascensor baja demasiado rápido. Se acercó caminando despacio, con la seguridad de quien es dueño del suelo que pisa. Cuando estuvo frente a mí, me recorrió con una mirada rápida y evaluadora. No fue una mirada obscena, fue algo peor: era como si estuviera decidiendo si yo era la pieza que faltaba en su tablero. —Luciana Rojas —dijo. Su voz era un barítono bajo, de esas que no necesitan subir el volumen para que todo el mundo guarde silencio. —Sí. Y usted… —me detuve, sintiendo el peso de mi propia inexperiencia—. ¿Usted es Daniel? Una sonrisa mínima, casi imperceptible, se dibujó en la comisura de sus labios. Era la sonrisa de alguien que disfruta el desconcierto ajeno. —No —hizo una pausa, dejando que la tensión creciera—. Soy Santiago Echeverri. Mi cerebro tardó un segundo en procesar el cambio de nombre, pero el apellido golpeó con fuerza. El apellido de la transferencia, del contrato. —Pero… a mí me dijeron que vendría Daniel —atiné a decir, buscando a mi alrededor al hombre que se suponía que debía conocer. Santiago bajó ligeramente la cabeza, invadiendo sutilmente mi espacio personal. —Daniel tuvo una emergencia de última hora. Me pidió que lo cubriera. Y aquí estoy. Me quedé callada, tratando de recordar cómo respiraba la gente normal en estas situaciones. Estaba frente al hermano, o quizás al verdadero jefe, y algo en su energía me decía que los ocho millones de pesos no iban a ser gratis.
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