CAPITULO 1

1583 Words
**LUCIANA** La pantalla del celular me devolvía la misma cifra una y otra vez, con una insistencia casi cruel, como si burlarse de mi incredulidad fuera la función principal del sistema operativo. Parpadeé con fuerza, sintiendo el ardor del cansancio en los párpados. Volví a parpadear. Me acerqué tanto al dispositivo que mi respiración empañó el vidrio, ocultando por un segundo los dígitos que me estaban cambiando la vida. $8.000.000 COP. Y justo debajo, una línea de texto con una tipografía elegante, minimalista, de esas que parecen diseñadas específicamente para acelerar infartos: “Adelanto exclusivo – E Group.” —No… no, no, no… —murmuré, sintiendo que el aire se volvía espeso—. Esto tiene que ser un error. O un milagro. O un error milagroso de esos que solo les pasan a la gente en las películas de bajo presupuesto. Mi corazón empezó a golpearme el pecho con una fuerza violenta, como un animal atrapado queriendo exigirle una explicación coherente al universo. Yo, Luciana Rojas Beltrán, la misma mujer que regatea el precio del pasaje de bus y que conoce de memoria los horarios de las fotocopias más baratas de la universidad, tenía ocho millones de pesos en su cuenta bancaria. Ocho. Millones. Sentí una risa nerviosa trepando desde mi estómago, una vibración extraña que no era alegría pura, sino un amargo cóctel de alivio y terror. “¿En qué carajos me metí?”, pensé, mientras mis manos empezaban a temblar. “Una cosa es firmar papeles en una oficina con aire acondicionado y otra muy distinta es ver el precio de mi alma ya consignado”. Porque, aunque quisiera engañarme, yo sabía exactamente qué significaba ese dinero. Solo que era muy fácil ser valiente en una cafetería ruidosa, con Mariana gesticulando y hablando como si todo fuera un juego, una oportunidad de oro, un atajo necesario. Pero verlo ahí, real e imposible, hacía que las paredes de mi cuarto se sintieran más estrechas que nunca. Miré a mi alrededor. La pintura de la pared se descascaraba en láminas tristes. El ventilador viejo emitía un quejido rítmico, como si le doliera el simple hecho de existir. En mi escritorio, los apuntes se amontonaban junto a cables pelados y el cuaderno donde llevaba unas cuentas que, por más que estirara los números, jamás cuadraban al final de mes. En el pasillo, una tos interrumpió mis pensamientos. Era una tos de adolescente, esa mezcla entre fingida para llamar la atención y real por el frío de la mañana bogotana. —Lu… ¿Ya estás? —la voz de Nico llegó suave, cargada de ese sueño pesado de los quince años y una responsabilidad que siempre me terminaba rompiendo el alma. —¡Sí! Ya casi —respondí de inmediato, tragándome el pánico para que mi voz no me traicionara. Guardé el celular en el bolsillo del pantalón como si fuera una granada con el seguro a medio quitar. Respiré hondo, forcé mis hombros hacia abajo y salí al encuentro de la realidad. Nicolás estaba sentado en el borde de su cama, con el cabello hecho un desastre y la camiseta del colegio arrugada. Se veía tan pequeño a pesar de que ya casi me pasaba en estatura. Él era mi causa de guerra, mi pequeño gigante, la única razón por la que yo estaba dispuesta a jugar con fuego. —Hoy te toca examen, ¿no? —pregunté, tratando de que mi tono fuera el de cualquier martes normal. —Química —hizo una mueca de puro disgusto—. Si me va mal, la profe me mata. De esta no me salva ni el Espíritu Santo. —No te mata. Las profes no asesinan alumnos, Nico. Solo los torturan con trabajos de veinte páginas, pero la muerte es demasiado rápida para ellas —le revolví el cabello, sintiendo un nudo en la garganta—. Te va a ir bien. Eres un Rojas, nosotros siempre sobrevivimos. Él me miró con una seriedad que no le correspondía a su edad. A veces tenía esa chispa de madurez prematura que me daba pavor, porque significaba que se daba cuenta de todo. —Lu… ¿Estás bien? Esa pregunta debería venir con una etiqueta de advertencia. Cuidado: puede abrir compuertas emocionales no aptas para el horario de la mañana. —Estoy perfecta —mentí, ensayando una sonrisa de anuncio publicitario—. Mira, hasta parezco rica de lo feliz que estoy. —No pareces rica. Pareces nerviosa —sentenció él. Los hermanos menores tienen un detector de mentiras incorporado que no conoce de piedad—. Tienes ese tic en el ojo que te da cuando algo se rompe en la cocina. —Yo no estoy nerviosa… estoy… emocionada —le guiñé un ojo, desesperada por cambiar de tema—. Hoy puede ser un gran día, Nico. Un día de esos que cambian el rumbo de las cosas. Él frunció el ceño, dejando de amarrarse los zapatos por un segundo. —¿Conseguiste el trabajo que me dijiste? La garganta se me cerró. La idea de contarle la verdad me cruzó por la cabeza como un camión a toda velocidad, y yo misma me empujé fuera de la carretera para evitar el impacto. No podía involucrarlo. No todavía. —Sí —solté, y la mentira salió con una delicadeza que casi me dolió—. Un trabajo temporal. Una consultoría administrativa para E Group. Nos va a servir para respirar un poco, comprarte los zapatos nuevos y pagar lo que debemos en la tienda. Nico me sostuvo la mirada unos segundos. Luego, bajó los ojos hacia sus zapatos viejos y desgastados. —Solo… no hagas nada peligroso, ¿sí? Yo puedo aguantar con lo que tenemos. Yo quería prometerle el mundo entero, pero el mundo estaba carísimo y nosotros estábamos de oferta. —Nada peligroso, enano —dije, tragándome la culpa junto con la saliva—. Te lo juro. Le di un beso en la frente y lo acompañé hasta la puerta. Me quedé allí, viendo cómo bajaba las escaleras del edificio con su morral pesado, hasta que el eco de sus pasos desapareció. Cuando me quedé sola, el silencio del apartamento se me vino encima. Me saqué el celular del bolsillo y volví a mirar la cifra. Los ocho millones seguían ahí, pero ahora no brillaban igual. Tenían un peso metálico, frío. Un mensaje nuevo apareció en la parte superior de la pantalla. No era de Mariana. No era de un amigo. “El contrato ha sido activado, Luciana. Te esperamos a las 10:00 PM en la dirección acordada. No llegues tarde. La puntualidad es nuestra primera regla.” Ya no era hambre lo que sentía en el estómago. Era un miedo puro, destilado, que me decía que acababa de vender algo que no tenía precio por ocho millones de pesos. Cerré la puerta con un clic que me sonó a sentencia definitiva. Me apoyé contra la madera fría, sola en la penumbra del recibidor, y saqué el celular como si consultara un oráculo digital que acababa de dictar mi destino. Mariana, siempre al acecho, ya había bombardeado mi pantalla. MARIANA: ¿Vas viva? ¿Respiras? ¿No te desmayaste al ver los ceros en la cuenta? YO: Estoy viva. Pero mi cuenta bancaria no. Mi cuenta bancaria acaba de resucitar con esteroides. MARIANA: ¡JAJAJA, TE LO DIJE! Princesa, hoy debutas por lo alto. Te vas a ver divina, como si hubieras nacido en el Chicó y no en medio de este caos. YO: No me digas princesa, que me da una risa nerviosa y me dan ganas de salir corriendo. MARIANA: Escucha bien. El cliente se llama Daniel Echeverri. Es de los peces gordos, de los que mueven el país desde un club privado. No es cualquier aparecido. Sé puntual. Sé elegante. Sé tú misma, pero la versión que jamás ha tomado tinto en vaso plástico. Suerte. Leí el nombre otra vez, dejando que las sílabas rodaran por mi mente. Daniel Echeverri. Sonaba a apellido de casta, de gente que nunca ha tenido que elegir entre pagar el recibo del internet o comprar la carne para el almuerzo. Era un nombre con peso, con blindaje. Me senté en la orilla de la cama y me quedé mirando mis manos. Tenía las uñas cortas, limpias pero sin esmalte, como las de alguien que se pasa el día pasando hojas de libros y tecleando ensayos de afán. En mi muñeca izquierda resaltaba la pulsera de hilo rojo que Nico me había tejido cuando apenas estaba en primaria; estaba desgastada, pero era mi amuleto de la suerte. Mi mundo era pequeño, contenido en cuatro paredes con humedad y el eco de los buses que pasaban por la avenida. Una universidad que amaba, un hermano que era mi motor y un futuro que siempre parecía estar a diez centímetros de mis dedos, sin dejarse alcanzar. Y esa transferencia era una puerta. Una de esas que se abren con la llave del dinero… y se cierran con el cerrojo de las consecuencias. El chat volvió a vibrar, sacándome del trance. MARIANA: No te asustes, Lu. Es un evento corporativo de alto nivel. Solo tienes que acompañar. Sonreír. No te metas en líos y mantén la frente en alto. Si alguien se pasa de la raya o te sientes incómoda, me llamas a mí o a la agencia y te sacamos de ahí en cinco minutos. Punto. “Solo acompañar”.
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