BAJO SU CONTROL

1537 Words
**SANTIAGO** Me alejé de ella antes de que el deseo de besarla me hiciera perder el hilo de mi propia estrategia. Salí de la habitación y llamé a Mateo. —Prepara el vuelo. Y Mateo… quiero que el departamento de comunicaciones compre cada espacio publicitario disponible en los medios que publicaron la foto. Si no podemos callarlos con la verdad, los asfixiaremos con dinero. Colgué. El juego había cambiado. Ya no era solo una cuestión de negocios o de venganza contra mi madre. Se había convertido en algo personal. Había decidido esconderla del mundo, no solo para protegerla, sino para asegurarme de que el único que tuviera el derecho de verla, de tocarla y de romperla, fuera yo. El silencio en el penthouse de seguridad era denso, interrumpido solo por el murmullo lejano de la ciudad que intentaba devorarnos. Luciana estaba de pie frente al ventanal, su silueta recortada contra las luces de Bogotá, pareciendo una aparición de seda y desafío. Me acerqué a ella con pasos lentos, deliberados, disfrutando de la forma en que sus hombros se tensaban al detectar mi proximidad. No necesitaba gritar para dominarla. Mi presencia era suficiente para llenar la habitación de una autoridad que no admitía réplicas. —Mírame, Luciana —ordené. Mi voz no era más que un susurro grave, pero cargado de una advertencia implícita. Ella giró la cabeza con lentitud, sus ojos castaños encendidos por esa chispa de rebeldía que yo me encargaría de extinguir o de moldear a mi antojo. Me detuve a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio personal hasta que el aroma de su miedo y su perfume de vainilla me envolvieron. —Me voy a Medellín —repitió ella, como si intentara convencerse a sí misma—. Lejos de mi universidad, de mis amigos… de todo lo que conozco. ¿Y qué gano yo con este “traslado estratégico”, Santiago? ¿Ser tu secreto mejor guardado en una jaula con vista al Valle de Aburrá? —Ganas de seguir respirando sin que un paparazzi te asfixie en la entrada de tu casa —respondí, acortando la distancia final. Levanté la mano y deslicé el dorso de mis dedos por su mejilla, bajando por la línea de su cuello hasta detenerme en el pulso acelerado de su garganta. Podía sentir su corazón martilleando contra mi piel, una confesión física de que, aunque su lengua me escupiera fuego, su cuerpo ya reconocía a su dueño. —Ganas una educación de élite que tu padre nunca habría podido costear después de que yo… —hice una pausa deliberada, viendo cómo sus pupilas se dilataban—. Firmé aquel documento. Ganas el poder de los Echeverri respaldándote. Pero sobre todo, ganas mi protección. —¿Protección o posesión? —desafió, aunque su respiración se volvía errática bajo mi toque. Me incliné, acercando mis labios a su oído. Sentí cómo un escalofrío recorría su cuerpo, una reacción eléctrica que me dio una satisfacción oscura. —En mi mundo, son la misma cosa, devushka. —Mi mano se cerró con firmeza en su nuca, tirando de su cabeza hacia atrás para obligarla a exponerme su garganta—. No te equivoques. No te envío a Medellín para que seas libre. Te envío allá para que seas mía sin distracciones. Allí, el único hombre que entrará en ese penthouse seré yo. El único que decidirá qué ropa usas, qué libros lees y con quién hablas, seré yo. —Eres un animal —susurró, pero no se apartó. Sus manos se cerraron sobre mis antebrazos, aferrándose a mí con una mezcla de odio y necesidad que me resultó embriagadora. —Soy el animal que te mantiene a salvo de las hienas que te esperan afuera —corregí, apretando más mi agarre—. Daniel Torres te vendió por una portada. Yo te estoy comprando una vida entera. Pero el precio de esa vida es tu voluntad. Me alejé un centímetro para mirar sus labios, esos que anoche habían aceptado mi conquista en el ascensor. La tensión era un cable de alta tensión a punto de romperse. Quería intimidarla, quería que entendiera que su vida anterior había muerto y que yo era el único dios que le quedaba, pero también quería reclamar de nuevo ese fuego que ella intentaba ocultar. —Mañana despertarás en una ciudad nueva, con un nombre nuevo en los registros de la universidad y una cuenta bancaria que nunca volverá a estar en rojo —sentencié, soltando su nuca pero manteniendo mi mirada fija en la suya—. Pero recuerda esto cada vez que mires por ese ventanal en Medellín: cada lujo que toques, cada centavo que gastes y cada respiro que des, tiene mi sello. Soy un hombre soltero, Luciana, y no planeo cambiar eso. No busco amor, busco una propiedad que me sea leal. ¿Ha quedado claro? Luciana me sostuvo la mirada durante lo que pareció una eternidad. Sus labios temblaron, pero su voz salió cargada de un veneno elegante: —Ha quedado claro, “Sugar Daddy”. Solo espero que tu inversión no termine quemándote las manos. Solté una risa corta, gélida. Me gustaba que aún tuviera garras; domarla iba a ser el placer más caro y satisfactorio de mi existencia. —Ya estoy acostumbrado al fuego, Luciana. Soy yo quien decide cuándo se apaga el incendio. Me di la vuelta y salí de la habitación, dejando que el eco de mis palabras la escoltara hasta el avión. El escándalo en Bogotá sería una c********a, y yo sería el carnicero, pero ella… ella estaría a salvo en mi olimpo privado de Medellín, esperando el momento en que yo decidiera ir a reclamar lo que legal y físicamente me pertenecía. La vi subir al avión privado. Su figura, envuelta en un abrigo de lana que yo mismo había seleccionado para ella, se veía pequeña frente a la inmensidad de la turbina, pero su espalda seguía recta, manteniendo esa dignidad intacta que me resultaba tan exasperante como adictiva. No me despedí con palabras; en mi mundo, los adioses son debilidades. Me limité a observarla desde la terminal privada, con las manos hundidas en los bolsillos de mi pantalón y la mandíbula apretada. Una hora después, Bogotá era solo un recuerdo bajo mis pies mientras el helicóptero me devolvía a mi oficina. El aire en la ciudad se sentía viciado, cargado de la estática de los flashes y el veneno de mi madre. —Mateo —dije, entrando en el despacho sin mirar a mi socio, que ya me esperaba con una tableta llena de gráficas de crisis—. Dime que ya empezaste a asfixiarlos. —Las acciones de E Group cayeron un 4 % esta mañana, Santiago. La prensa está acampada en la entrada principal. Daniel Torres ha dado tres entrevistas en programas de variedades —respondió Mateo, su voz profesional ocultando apenas la preocupación—. Dice que tiene pruebas de que Luciana fue forzada a firmar. Me senté en mi silla de cuero y solté una risa seca, desprovista de humor. —¿Pruebas? Daniel Torres no tiene ni para pagar el alquiler del apartamento donde se esconde. Lo que tiene es el guion que mi madre le escribió. —me incliné hacia delante, entrelazando los dedos—. Quiero que ejecutes la compra de su deuda hipotecaria. Y la de sus tarjetas de crédito. Quiero que para el viernes, Daniel Torres no sea dueño ni del aire que respira. —¿Y la prensa? —preguntó Mateo, anotando las órdenes. —Llama a los editores jefes de los tres diarios más importantes. Recuérdales cuánta publicidad pauta E Group al año. Diles que si vuelven a mencionar el nombre de Luciana Rojas vinculado a un secuestro, esa pauta se traslada a la competencia de inmediato. No quiero una guerra de declaraciones; quiero un apagón informativo. Me levanté y caminé hacia el ventanal. Medellín estaba a solo unos cientos de kilómetros, pero para Luciana, debía sentirse como otro planeta. —Ella ya está en el penthouse —informó Mateo tras recibir un mensaje en su móvil—. El equipo de seguridad confirma que entró sin incidentes. La matrícula en la Universidad Pontificia Bolivariana está lista bajo el nombre de Luciana Beltrán. Eliminamos el apellido Rojas de los registros públicos por ahora. —Bien. Que no salga de la propiedad hasta que yo llegue el fin de semana. Quiero que sienta el peso de la soledad en ese lugar de lujo. Que entienda que su única conexión con el mundo real, con su hermano y con su futuro, soy yo. —Santiago… —Mateo dudó un segundo—, esto va a costar una fortuna. Solo en sobornos y bloqueos mediáticos estamos hablando de cifras que harían temblar a la junta. —La junta se callará cuando las acciones vuelvan a subir. Y subirán, Mateo. Porque voy a presentar la fusión con los coreanos antes de lo previsto. El escándalo será enterrado por el éxito financiero. Me quedé solo en la oficina. El sol empezaba a ponerse tras las montañas de Bogotá, tiñendo el cielo de un rojo violáceo que me recordó al labial que ella llevaba anoche.
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