**LUCIANA**
El vestidor del Penthouse de Medellín parecía una sala de interrogatorios de alta costura. Las luces blancas, perfectamente calibradas, hacían que los diamantes en mi cuello dispararan destellos que me cegaban. Santiago estaba sentado en una poltrona de cuero n***o, a pocos metros de mí, observándome con esa intensidad silenciosa que me hacía sentir como una mariposa atravesada por un alfiler en su colección privada.
—Ponte los pendientes —ordenó, cruzando una pierna con elegancia. Su voz era un murmullo bajo, pero llenaba cada rincón del espacio—. El brillo distraerá a tu madre de las ojeras que tienes por no dormir.
—Mi madre no se distrae con piedras brillantes, Santiago. Ella ve a través de la gente —respondí, sintiendo el peso de los aretes de platino.
Él no respondió. Solo señaló el teléfono que estaba sobre el tocador.
—Hazlo ahora. Tienes cinco minutos para convencerla de que estás viviendo un sueño, no una negociación. Y recuerda, Luciana… si ella empieza a hacer demasiadas preguntas sobre el origen del dinero, la seguridad de Nico en ese internado suizo podría verse “comprometida” por el papeleo.
Tragué saliva, sintiendo el nudo de la rabia apretarme la garganta. Santiago no solo me dominaba físicamente; estaba usando a mi familia como las cuerdas de una marioneta.
Presioné el icono de la videollamada. El tono de espera me pareció una cuenta regresiva hacia el desastre. Al tercer timbrazo, la pantalla se iluminó.
—¿Luciana? ¡Hija! —La voz de mi madre, Patricia, salió cargada de una angustia que me partió el alma.
Apareció en la pantalla. Estaba en la cocina de nuestra casa en Bogotá. Detrás de ella se veía la pared con la pintura descascarada que yo siempre prometía arreglar y la cafetera vieja que soltaba vapor. Ella llevaba su delantal de flores, el cabello un poco revuelto tras un día de dar clases. Al verme, su expresión cambió de la alegría al desconcierto total.
—¡Hola, mami! —traté de sonar jovial, pero mi voz salió con una nota de refinamiento que no pude evitar. El entrenamiento de Santiago estaba calando hondo.
—Pero… Luciana… ¿Qué es eso? —Patricia se acercó el celular a la cara, entornando los ojos—. ¿Esos son diamantes? ¿Y ese vestido? Pareces… pareces otra persona. ¿Dónde estás metida, niña?
Miré de reojo a Santiago. Él no se movía, pero sus ojos grises estaban fijos en mí, recordándome el guion.
—Es por el trabajo, mamá. Te dije que la empresa de Santiago, E Group, maneja estándares muy altos. Estamos en Medellín para una gala de inversores tecnológicos —mentí, y cada palabra se sentía como una puñalada—. Me dieron esto para representar a la compañía. Es… parte del uniforme, supongo.
—¿Uniforme? —Patricia frunció el ceño, y su voz de profesora protectora salió a flote—. Luciana Rojas Beltrán, a mí no me engañas. Esas joyas valen más que nuestra casa. Ese hombre, ese Santiago… lo vi en las noticias. Dicen que estás desaparecida, que él te tiene…
—¡No creas en la prensa, mamá! —la interrumpí rápido, sintiendo la mirada de Santiago endurecerse—. Daniel Torres está resentido porque terminamos.
Él inventó todo ese escándalo para llamar la atención. Santiago me está protegiendo del acoso de los periodistas, por eso me mandó a Medellín. Aquí estoy tranquila, estudiando.
Mi madre guardó silencio. Me observó a través de la cámara con una mirada que me desnudó. Vio mi cabello perfectamente peinado, el maquillaje profesional que ocultaba mi cansancio y la forma en que mis hombros se mantenían rectos, una postura que yo nunca habría tenido en nuestra mesa de comedor.
—Ya no hablas como mi hija —susurró ella, y una lágrima se asomó en sus ojos—. Tienes una elegancia que me asusta, Lu. Te ves refinada, sí, como una de esas muchachas de las revistas, pero tus ojos… tus ojos están pidiendo auxilio. ¿Ese hombre te está obligando a hacer algo? ¿Y por eso Nico ya no me contesta el celular y dice que está en un “campamento de verano”?
—Nico está bien, mamá. Está feliz —dije, sintiendo que el aire se me acababa—. Santiago es… es un buen hombre. Me está dando oportunidades que nunca soñamos. Solo… no bajes la guardia con Daniel, ¿sí? Él es el peligroso, no Santiago.
—Cuídate mucho, hija —dijo Patricia, con una tristeza que me pesó más que el platino de mis hombros—. El oro brilla mucho, pero también es muy frío. No dejes que ese mundo te borre quién eres. No te dejes dominar por el brillo.
—Te quiero, mami. Tengo que irme.
Corté la llamada antes de empezar a llorar frente a ella. Dejé el teléfono sobre el mármol y me quedé mirando mi reflejo. Mi madre tenía razón: ya no era yo. Era una creación de Santiago Echeverri.
Él se levantó de la poltrona y caminó hacia mí. Se detuvo a mi espalda, colocando sus manos sobre mis hombros enjoyados. Sus ojos se encontraron con los míos en el espejo.
—Lo hiciste bien, devushka —murmuró, su aliento rozando mi oreja—. Pero tu madre tiene razón en algo. Eres mucho más hermosa cuando dejas de fingir que no te gusta este mundo.
—Te odio —susurré, viendo cómo su mano bajaba por mi brazo, reclamando cada centímetro de mi piel.
—No —corregió él, con una sonrisa oscura—. Odias que te haga sentir cosas que tu madre nunca entendería. Pero no te preocupes, Luciana. El brillo del oro puede ser frío, pero yo me encargaré de mantenerte caliente.
Santiago me giró para enfrentarlo. Su dominio era total. En ese momento, en la soledad del penthouse de Medellín, me di cuenta de que mi madre tenía razón en otra cosa: había perdido mi humildad; sin embargo, había ganado un hambre de poder que solo Santiago podía saciar.
**SANTIAGO**
La vi quebrarse frente al espejo y luego reconstruirse en segundos. Esa es la cualidad que la hace invaluable: su resiliencia. Luciana no es una víctima pasiva; es una guerrera que está aprendiendo a usar una armadura que le queda pesada, pero que empieza a portar con una gracia letal.
—Es hora —dije, apartando mis manos de sus hombros. La calidez de su piel a través de la seda era una distracción que no podía permitirme ahora.
La gala en el Museo de Antioquia no era solo una cena de negocios. Era mi declaración de guerra silenciosa contra Bogotá. Al presentar a “Luciana Beltrán” como mi protegida y mano derecha en proyectos de inversión social, estaba borrando el rastro de la “Luciana Rojas” que Daniel y mi madre intentaban vender como una víctima de secuestro. Si el mundo la veía radiante, educada y a mi lado por voluntad propia, sus denuncias se convertirían en el llanto de unos locos despechados.
—Recuerda —le advertí mientras bajábamos en el ascensor privado hacia el garaje—: Eres una estudiante de posgrado de una familia prestigiosa de la capital que ha decidido mantener un perfil bajo tras la muerte de su padre. Yo soy tu mentor y tu protector. Nada de menciones a la Nacional, nada de barrios populares. Si alguien pregunta por tu linaje, menciónales a los Beltrán de la costa. Hay suficientes para que nadie verifique el rastro.
Luciana me miró de reojo. Sus labios rojos se apretaron en una línea fina. —Eres un experto en inventar vidas, Santiago. Espero que no te olvides de quién eres tú en medio de tantas mentiras.
—Sé perfectamente quién soy, Luciana. Soy el hombre que sostiene el hilo de tu existencia —respondí, justo cuando las puertas se abrieron ante el Maybach blindado.
**LUCIANA**
Llegar a una gala en Medellín es como entrar en una jaula de leones perfumados. El aire es más cálido, pero las miradas son igual de afiladas que en Bogotá. Al bajar del auto, el flash de un solo fotógrafo oficial nos recibió. Santiago había prohibido la prensa amarillista; solo se permitía comunicación institucional.
Caminamos por la alfombra roja. Su mano se posó en la pequeña de mi espalda, un toque que parecía protector para el ojo ajeno, pero que para mí era un recordatorio constante de su propiedad. Cada vez que apretaba ligeramente, era una señal para que sonriera o para que me mantuviera en silencio.
El salón principal del museo estaba rodeado de boteros monumentales. Las figuras voluminosas de las esculturas parecían juzgar la fragilidad de mi nueva identidad.
—Santiago, qué placer —un hombre de unos cincuenta años, con un acento paisa marcado y ojos de tiburón, se acercó—. No nos habías dicho que tu nueva asesora fuera una joya tan excepcional.
—Federico, te presento a Luciana Beltrán —dijo Santiago, y su voz tenía ese tono de posesión que ya conocía—. Está encargada de analizar el impacto social de nuestra nueva planta de ensamblaje aquí en el valle.
—Mucho gusto, señor Federico —dije, extendiendo mi mano con la elegancia que Santiago me había inculcado a punta de correcciones en el penthouse—. Medellín es una ciudad que inspira grandes proyectos.