VALERIA Cuando llegué, no pude acercarme. Todo estaba bloqueado. Había gente dispersa por todas partes y un enjambre de cámaras apuntando sin parar, con reporteros lanzando preguntas al aire como si importara más la historia que las personas. La calle, una de las principales arterias de la ciudad, estaba colapsada. Autos parados, bocinas sin tregua, gritos. El murmullo colectivo era como un zumbido que no se iba. Y ese olor… metálico, denso, a sangre. Me golpeó con fuerza. Tragué saliva y giré instintivamente hacia la mujer que tenía al lado. Estaba enfocando el caos con su celular, como si fuera un espectáculo. —¿Sabe qué pasó con los heridos? —le pregunté. Tenía que saberlo, no podía quedarme sin hacer nada. —Los llevaron al hospital de la ciudad, eso dijeron. No sé más —contestó con

