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Espejismo

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Blurb

Victoria lo tenía todo. Una carrera brillante en las portadas de las revistas más prestigiosas, el novio ideal, la familia perfecta y una fortuna envidiable. Vivía en un palacio de cristal donde el dolor jamás podía tocarla.​Hasta que el cristal estalló en mil pedazos.​En una sola noche, el asesinato de sus padres tiñe su mundo de sangre. Al día siguiente, la traición más descarada de su hermana y su novio la deja completamente en la ruina emocional. Sola, hundida en el fango y rodeada de una sociedad hipócrita que ahora le da la espalda, su único pilar se convierte en el hombre contratado para protegerla: su frío, impecable y letal guardaespaldas.​Él es quien la sostiene en mitad de la tormenta. Él es la única luz en su nueva y caótica realidad.​Sin embargo, cuando juegas en las ligas del poder, la seguridad es solo una ilusión. Mientras Victoria intenta reconstruir los pedazos de su vida, una red invisible de secretos, peligro e hilos mafiosos se empieza a tejer a su alrededor.

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Comienzo.
Victoria Cavalli El mundo de la alta costura no se mueve con oxígeno; se alimenta de una mezcla embriagadora de laca para el cabello, los vapores del champán más caro de Europa y las notas pesadas de mi perfume personalizado. Es una fragancia diseñada exclusivamente para mí en Grasse, una combinación de rosas negras y ámbar gris que cuesta más que el alquiler de un departamento de lujo frente al Teatro alla Scala. “Un, dos, tres, vuelta”. Muevo las caderas con una cadencia milimétrica, casi matemática, sintiendo cómo la seda esmeralda del vestido de gala se amolda a mi cuerpo como una segunda piel líquida. Frente a mí, la pasarela de la Settimana della Moda de Milán se extiende como un río de luz blanca y cegadora. A los lados, sumidos en una penumbra respetuosa, los rostros de los críticos más feroces, los diseñadores multimillonarios y los fotógrafos de renombre se desdibujan en una masa homogénea de aplausos y destellos. Los flashes de las cámaras impactan contra mis ojos, pero ni siquiera parpadeo; el lente me ama, y yo domino al lente. Soy Victoria. La silueta que adorna las portadas de Vogue, el rostro que detiene el tráfico en la Via Monte Napoleone. La mujer que parece tener el mundo a sus pies y que, sin embargo, nadie puede llegar a tocar. Al alcanzar el borde del escenario, clavo mi mirada verde en la primera fila. Ahí está él. Mi novio, exhibiendo esa sonrisa perfecta de catálogo de joyería, aplaudiendo con una adoración que roza lo teatral. A su lado, mis padres me miran con una devoción absoluta. Todo es idílico. Todo es impecable. Un cuadro renacentista de éxito y felicidad. Sin embargo, justo cuando inicio el giro para regresar al backstage, un frío repentino me recorre la espina dorsal, un latigazo de adrenalina que nada tiene que ver con la corriente de aire del teatro. Es esa sensación otra vez. Una presión invisible en la nuca, el peso asfixiante de unos ojos fijos en mí. No es la mirada lasciva de los productores ni los ojos cargados de envidia de las otras modelos que esperan tras las cortinas. Es una mirada pesada, gélida, casi analítica, que parece atravesar las capas de seda y los diamantes falsos del desfile, desnudando mi alma por completo. Detengo el paso un milisegundo, escaneando la multitud en la penumbra de la sala, pero la luz de los reflectores me impide ver más allá. Sacudo la cabeza con sutileza y sigo caminando. En mi posición, la paranoia es el precio estándar de la fama. Lo que no sé, lo que mi mente se niega a procesar, es que esos ojos no me admiran. Me están midiendo. La cena de celebración posterior es un despliegue de opulencia en el salón privado de un restaurante con tres estrellas Michelin, cuyas terrazas dominan las agujas góticas del Duomo iluminado bajo la noche italiana. El ambiente huele a trufa blanca, madera noble y vino Barolo envejecido en barricas de roble. Mis padres presiden la mesa larga, conversando con periodistas de la alta sociedad que no dejan de tomar notas sobre nuestro apellido, nuestra fortuna y la pureza de nuestra dinastía. En una esquina del salón, apartado del bullicio pero observando con una quietud sepulcral, distingo una figura familiar. Es el doctor... bueno, el nuevo doctor de la familia. El viejo médico que me vio crecer murió hace apenas un mes, y en su lugar llegó su nieto para heredar la prestigiosa clínica privada que atiende a la élite milanesa. Viste un traje oscuro impecable, de una sastrería tan fina que oculta la imponente anchura de sus hombros. Tiene el cabello castaño oscuro, casi n***o, corto pero con algunas hebras rebeldes que caen sobre su frente, y unos ojos de un gris tormentoso que parecen congelar el aire a su alrededor mientras que los tatuajes que lleva en el cuello se dejan ver por fuera de la camisa ajustada que lleva. Su presencia desentona con la superficialidad de los invitados; mientras todos ríen y sostienen copas de cristal, él permanece estático, con una elegancia peligrosa, sosteniendo un vaso de agua mineral con sus manos grandes, de dedos largos y perfectos. Manos de cirujano. Manos que transmiten una calma que extrañamente me inquieta. Nuestras miradas se cruzan por un segundo a través del humo de los puros y las risas. Él no me sonríe. No me halaga como los demás. Solo inclina la cabeza en un saludo formal, tan gélido como el hielo, antes de dar un sorbo a su vaso. Hay algo en su postura calmada y dominante que me hace apartar la vista con incomodidad. Es ridículo. Es solo el médico de la familia, el hombre encargado de velar por nuestra salud. —Para la reina de la noche —la voz de mi padre interrumpe mis pensamientos, poniéndose de pie con una copa en alto. El restaurante entero guarda un silencio reverencial cuando mi padre desliza una pequeña caja de terciopelo n***o sobre el mantel de lino. Al abrirla, los diamantes y las esmeraldas rusas que descansan en su interior capturan la luz de las velas, emitiendo destellos verdes que compiten con mis propios ojos. Es una pieza única en el mundo, un capricho millonario tallado exclusivamente para mí. Cuando mi madre se acerca y me lo abrocha en la base del cuello, el contacto del oro frío contra mi piel me hace estremecer, pero el calor de sus besos apaga cualquier duda. Tengo la vida perfecta. El novio perfecto, la familia perfecta, la salud protegida por los mejores... el espejo de la felicidad absoluta. Al abandonar el lugar pasada la medianoche, los reporteros nos rodean en una emboscada de flashes y preguntas ruidosas. Sonrío, poso con elegancia divina, refugiándome bajo el brazo de mi novio mientras avanzamos hacia el auto. Pero justo antes de cerrar la puerta del vehículo, vuelvo a sentirlo. Ese mismo escalofrío de la pasarela. Giro la cabeza hacia la entrada del restaurante y lo veo a él, al joven doctor, parado bajo la lluvia ligera de Milán. No lleva paraguas. Su abrigo oscuro absorbe el agua mientras me mira fijamente desde la acera, inmóvil, como un centinela silencioso viendo cómo su presa se aleja. El despertar es una transición lenta y confusa. No hay alarmas, no hay murmullos en los pasillos de la mansión, no está el aroma a café recién tostado que el servicio suele preparar a primera hora. Solo hay un silencio sepulcral, denso, que pesa en los oídos como plomo. Abro los ojos esperando encontrar los rayos del sol filtrándose a través de los pesados cortinajes de seda de mi habitación, pero el espacio está sumido en una penumbra grisácea y fría. Intentó estirar los brazos sobre las sábanas de hilo egipcio, pero una extraña resistencia me lo impide. Hay algo pegajoso en mi piel, una viscosidad pastosa, tibia al principio, que se va enfriando con el aire de la habitación. Levanto mis manos frente a mi rostro. La respiración se me congela instantáneamente en la garganta. Mis dedos, mis palmas, mis muñecas... todo está bañado en un líquido espeso, oscuro y brillante. Sangre. Las sábanas blancas que me rodean están empapadas, formando un mapa carmesí que se extiende por todo el colchón. El olor metálico, rancio y asfixiante de la muerte me golpea la nariz de golpe, provocando que una oleada de náuseas me sacuda el estómago. Salgo de la cama a trompicones, cayendo al suelo de mármol blanco, dejando marcas rojas y frenéticas con mis pies descalzos. Mi corazón golpea contra mis costillas como un animal salvaje tratando de romper una jaula. — ¿Mamá? —mi voz rasga el silencio de la casa, pero suena pequeña, rota, desprovista de toda la altivez de la pasarela-. i¿Papá?! i¿ Alguien?! Corro por el pasillo principal, arrastrando el terror en cada paso, hasta llegar a la suite presidencial de mis padres. Empujo las pesadas puertas dobles de madera tallada. El escenario que se abre ante mí me dobla las rodillas, haciéndome caer sobre ellas en el suelo frío. Mis padres yacen en su cama matrimonial, pero no están durmiendo el descanso de los justos. Sus cuerpos están rígidos, sus rostros pálidos contrastan con el océano carmesí que ha devorado el edredón. Sus cuellos... sus cuellos han sido abiertos de oreja a oreja con una precisión aterradora y quirúrgica, un corte limpio, perfecto y calculado, perfecto e implacable, que cortó sus vidas en un abrir y cerrar de ojos. Sus ojos verdes, los mismos que anoche me miraban llenos de orgullo en el restaurante, ahora apuntan al techo, fijos, vacíos, despojados de alma. Un grito desgarrador, un lamento que no parece humano, escapa de mi pecho y rebota en las paredes de la mansión vacía. Estoy sola. En mitad de una carnicería perfecta. Retrocedo temblando, hiperventilando, limpiándome las lágrimas con las manos ensangrentadas, empeorando el desastre en mi rostro, hasta que mi espalda choca violentamente contra el gran espejo del tocador. Al girarme, el horror se multiplica. Escrita con letras grandes, fluidas, utilizando la misma sangre caliente que aún gotea de mis manos, hay una dedicatoria impecable sobre el cristal. Una caligrafía elegante, casi artística, que transforma mi santuario en una pesadilla: "La función ha terminado, Victoria. Bienvenida al verdadero terror” …

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