Sujeto

1457 Words
​Narrador Omnisciente El eco de los flashes y la humillación pública todavía resuena en las paredes del apartamento de lujo en el centro de Milán. Andrea camina de un lado a otro del salón, con el luto desordenado, el cabello deshecho y las marcas del llanto emborronando su costoso maquillaje. El televisor sigue encendido de fondo, repitiendo una y otra vez la declaración letal que Victoria hizo ante los micrófonos del mundo entero, sepultando sus reputaciones en el fango. ​ Esteban está de pie junto a la ventana, con la mandíbula apretada y las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo de cachemira. Su rostro, habitualmente perfecto y seductor, está deformado por una mueca de puro asco y frustración. No ha dejado de mirar la pantalla, contemplando el rostro altivo y magnético de Victoria. ​—¡Tenemos que hacer algo, Esteban! —grita Andrea, deteniéndose en seco y tirando de su propio cabello con desesperación—. Esa maldita nos ha destruido. Las acciones, los contactos, mi nombre... ¡todo el mundo me está dando la espalda! Tienes que hablar con tus abogados, tenemos que emitir un comunicado diciendo que todo es una mentira de su mente perturbada por el shock. ​Esteban ni siquiera se gira a mirarla. Deja escapar una risa seca, fría y cargada de un desprecio que hace que Andrea se congele en su sitio. ​—¿"Nos" ha destruido, Andrea? No te equivoques —dice él, dándose la vuelta despacio, clavando en ella unos ojos llenos de una hostilidad brutal—. Victoria me destruyó a mí porque te metiste en medio. Lo que tuvimos tú y yo... toda esta aventura estúpida fue el peor error de mi vida. ​—¿De qué estás hablando? —Andrea parpadea, con el corazón desbocado—. Fuiste tú quien me buscó, tú decías que estabas harto de su altivez, que querías el control de la empresa... ​ —¡Cierra la boca! —ruge Esteban, dando un paso al frente que la hace retroceder—. Estaba ciego. Victoria es una reina, una Cavalli de verdad, una mujer con clase que se impone ante el mundo entero. Mira lo que hizo hoy en el cementerio; nos aplastó como a cucarachas con una sola mirada. Ella tiene el poder, la elegancia, la herencia. ¿Y tú qué eres? Una segundona resentida. Una cualquiera que solo sirvió para un momento de distracción y que ahora apesta tanto que si me quedo a tu lado, me hundiré contigo. Olvídate de mí, Andrea. Prefiero mil veces arrastrarme y suplicar el perdón de Victoria que pasar un minuto más con una fracasada como tú. ​ Antes de que Andrea pueda reaccionar o soltar una bofetada, Esteban camina hacia la entrada, toma sus maletas y sale del apartamento dando un portazo violento que sacude los cimientos del lugar, dejándola completamente sola en mitad de su propia miseria. ​ La rabia y la humillación se transforman en un veneno n***o que nubla la mente de Andrea. Esa misma noche, con los ojos inyectados en sangre y las manos temblando de puro odio, se reúne en un despacho clandestino con un abogado de dudosas credenciales, un hombre conocido en los bajos fondos corporativos por su capacidad para falsificar documentos y encontrar vacíos legales donde no los hay. ​—Mis padres no me dejaron absolutamente nada en el testamento principal, todo está a nombre de Victoria —dice Andrea, golpeando el escritorio con el puño, con una sonrisa desquiciada dibujándose en sus labios—. Pero no voy a permitirlo. Quiero que impugnes el testamento de inmediato. Inventa lo que sea: que Victoria los manipuló, que su salud mental es inestable, que los obligó a firmar bajo coacción antes de que los asesinaran. Quiero quitarle cada centavo de la herencia Cavalli. Quiero verla en la calle, mendigando. Voy a triunfar sobre ella, te lo juro. Me encargaré de que la ley la destruya si la prensa no lo hizo. ​ El abogado sonríe de forma avariciosa, asegurándole que con la cantidad de dinero adecuada y los contactos correctos en los tribunales de Milán, pueden arrastrar a Victoria a un litigio legal que durará años, congelando sus bienes y destruyendo su estabilidad psicológica. Andrea se recuesta en la silla, respirando por fin con una satisfacción macabra, convencida de que tiene el plan perfecto para ejecutar su venganza legal y física contra su hermana. ​Lejos del bullicio de la prensa, en un ático sumido en la penumbra donde el único relieve es el tintineo de los hielos contra un vaso de cristal, un sujeto observa la ciudad a través del enorme ventanal. El perfil de sus hombros anchos y su postura imperturbable transmiten una autoridad gélida, matemática, desprovista de cualquier emoción mundana. Para él, Milán no es más que un tablero de ajedrez donde cada pieza debe moverse según sus precisos cálculos. ​ La puerta de la estancia se abre sin hacer ruido. Su mano derecha, un hombre de físico imponente, complexión robusta y facciones duras con una cicatriz en la ceja izquierda, entra en el despacho con un dossier confidencial bajo el brazo. ​—Informe —ordena el sujeto de la ventana. Su voz es un tono plano, gélido y completamente robótico, la misma calma sepulcral que utiliza para analizar el mundo desde las sombras. ​ —La situación tras el funeral ha tomado un rumbo predecible —responde su mano derecha, avanzando un paso con respeto profesional—. Tal como ordenó, ya me he colocado en el entorno directo de Victoria Cavalli. Ella ha mordido el anzuelo por completo; confía en mí y me ha contratado como su detective privado para investigar el asesinato de sus padres. Cree que tiene el control de la situación. ​ El sujeto de la ventana da un sorbo a su bebida, manteniendo los ojos fijos en las luces de la ciudad. —Bien. Mientras crea que ella maneja los hilos, se mantendrá en el lugar que le corresponde. ¿Qué ocurre con el resto de la familia? ​—La hermana, Andrea Cavalli, es el cabo suelto más molesto —explica la mano derecha, abriendo el dossier—. Acaba de salir de una reunión con un abogado corrupto. Pretende impugnar el testamento principal para arrebatarle toda la herencia a Victoria, alegando demencia y manipulación. Además, el equipo de inteligencia ha interceptado comunicaciones donde Andrea sugiere contratar protección clandestina para atentar legal y físicamente contra su hermana si los tribunales fallan en su contra. ​ El sujeto se da la vuelta despacio. Aunque la penumbra oculta la mayor parte de sus rasgos, la rigidez peligrosa de su postura y la frialdad de su presencia congelan el aire de la habitación. No hay compasión en su análisis, solo una resolución monstruosa ante cualquier elemento que pretenda alterar el orden que él ha diseñado para Victoria. ​—El sentimentalismo y la ambición estúpida alteran los hechos —sentencia el sujeto con una indiferencia helada—. Andrea Cavalli es un espécimen defectuoso en esta ecuación. No permitiré que interfiera, ni legal ni físicamente, con la estabilidad de Victoria. Tienes veinticuatro horas. Déjala en la quiebra absoluta. Quítale cada propiedad, cada cuenta, cada contacto. Destruye a su abogado y hazle entender que si se atreve a respirar el mismo aire que Victoria, su existencia será borrada de este mapa. Mueve los engranajes. ​ —Considérelo hecho —responde la mano derecha con una sonrisa ladina, dando media vuelta para perderse de nuevo en la oscuridad de la noche. ​Al día siguiente, antes de que el sol termine de salir sobre Milán, el mundo de Andrea Cavalli se transforma en un infierno irreversible. Una fuerza invisible y devastadora se desata sobre ella con una precisión horrorosa. A las pocas horas de iniciar el día, el abogado corrupto que había contratado es arrestado por la policía financiera, con todas sus oficinas precintadas y sus registros destruidos. Acto seguido, las cuentas bancarias de Andrea son congeladas bajo una orden judicial fulminante por supuesta malversación y evasión fiscal internacional; sus tarjetas de crédito son canceladas y los contratos de sus propiedades en la ciudad son revocados por impago en cuestión de minutos. ​Para cuando cae la tarde, Andrea se encuentra en la calle, temblando de puro terror y asfixiada por la ruina más absoluta, dándose cuenta de que alguien con un poder inimaginable le ha quitado todo derecho legal y físico para poder atentar contra Victoria. Ha sido desarmada, arruinada y sepultada en vida en menos de veinticuatro horas, quedando completamente fuera del tablero de juego sin saber jamás qué mano invisible ejecutó su caída desde las sombras de la penumbra milanesa.
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