Pasaron los días y las conversaciones con Damiano dejaron de ser constantes.
Ya no hablábamos como al principio.
De hecho, la emoción también empezó a disminuir.
Yo lo notaba, pero fingía que no.
Mientras tanto, mi prima Salomé hizo oficial su relación con Miguel. Aunque hacían bonita pareja, eran demasiado parecidos: coquetos, impulsivos, intensos. Y eso casi nunca termina bien.
En medio de todo eso, mi tío —el más joven, el que siempre decía que jamás se casaría— estaba organizando su boda. Al principio, todos los sobrinos íbamos a ser damas y caballeros del vals. Pero como siempre, los mayores empezaron a poner excusas para no bailar.
Salomé aprovechó y ofreció a Miguel como su pareja.
Los ensayos eran todas las noches en casa de mi tío. Entre risas, música repetida y pasos mal contados, las semanas pasaron rápido. Como quedamos impares, uno de mis primos decidió llevar a su “casi algo”: Andrea.
Y ahí fue cuando todo empezó a desacomodarse.
En los descansos de los ensayos hacíamos “bomba”: ir a la tienda, dar una vuelta, escaparnos un rato. Al principio, Miguel y Salomé se iban solos. Pero desde que llegó Andrea, empezamos a salir todos juntos.
Había algo raro en el ambiente.
Una tensión que nadie nombraba.
El día de la boda llegó. Fue bonita, sí… pero demasiado rosa para mi gusto. Más que una boda parecía una fiesta de quince años con presupuesto alto.
Mi tío había dicho que sería “50/50”, mitad sus gustos y mitad los de ella. Pero la verdad fue otra. Todo terminó siendo completamente a voluntad de quien, años después, sería su exesposa.
La música era lenta. Demasiado lenta. Baladas tras baladas. Nada de salsa, nada de cumbia, nada de merengue. Nada de lo que caracteriza a nosotros, los latinos, que celebramos con tambora y sudor. Era una boda elegante, sí… pero sin alma.
Y la comida… excesivamente gourmet. Platos decorados como si fueran obras de arte, porciones pequeñas, nombres difíciles de pronunciar. Todo muy fino. Muy estético. Muy poco nuestro.
Por suerte —y lo digo con una sonrisa que aún recuerdo— ella se emborrachó rápido. Eso facilitó las cosas.
Mi primo el DJ empezó a cambiar el ambiente poco a poco. Primero una canción más movida. Luego otra. Después alguien gritó que pusieran salsa. Y cuando sonó la primera cumbia, fue como si la boda despertara.
La pista se llenó. Los tacones volaron. Las corbatas se aflojaron.
Y por unas horas, la boda dejó de ser perfecta… para volverse real.
Quizás desde ahí debimos sospechar que no habría un “para siempre”. Porque cuando una relación empieza imponiendo silencios, termina gritando despedidas.
Pero esa es otra historia.
Volviendo a esa noche.
Todos estaban tomando. Incluso nosotros. Mi primo mayor, el que soñaba con ser DJ, era el encargado de la música. Había momentos en los que desaparecía de la cabina y luego regresaba como si nada.
Miguel también se perdía.
Volvía.
Se volvía a ir.
Salomé empezó a incomodarse.
Hasta que lo vi.
Andrea se metió a la cabina del DJ. Segundos después, entró Miguel.
Y mi primo… el DJ… era quien les cubría.
No hizo falta más.
Salomé los descubrió. Le dio una cachetada tan fuerte que el salón entero guardó silencio. Y como si el dolor necesitara respuesta inmediata, besó a un desconocido en medio de la pista. Supongo que era familiar de la novia.
Esa noche terminó más cosas de las que empezó.
Después de eso, volvimos a ser “las primas solteras favoritas”. Porque mientras estuvo con Miguel, yo quedé a un lado. Ella se iba con él, y yo… yo siempre estaba ahí. Esperando.
Aunque, siendo honestos, se veía venir. Su relación comenzó cruzando límites con otras parejas. Lo que empieza torcido, rara vez se endereza.
Hace años, antes de casarme, una señora me contó una historia triste y me dijo algo que nunca olvidé:
“Para que algunas almas gemelas se unan, es necesario que otras se rompan.”
En ese momento no entendí el peso de esas palabras.
Porque Miguel fue el primero en casarse. Y lo hizo con Andrea, la “casi algo” de mi primo. Hoy les va bien. Tienen profesiones, buenos trabajos… y van por su segundo hijo.
Entonces viene el dilema.
¿Se rompió algo en mi prima?
Tal vez.
Pero si Miguel no hubiera seguido sus impulsos esa noche, ¿sería hoy tan feliz como parece serlo?
A veces una historia termina en una noche…
Y otra empieza en ese mismo instante.
El problema es que nunca sabemos cuál estamos viviendo.
Al día siguiente de la fiesta me sentía extraña.
No estaba borracha. No tenía resaca. Pero algo no estaba en su lugar.
La noche anterior nos habíamos ido cuando cerraron el local, casi a las tres de la madrugada. Entre risas, música fuerte y tacones en la mano, apenas recuerdo cómo llegué a casa.
Eran las diez de la mañana cuando por fin tomé conciencia. La habitación estaba hecha un desastre: vestido sobre la silla, maquillaje corrido en la mesita, el olor a perfume mezclado con cansancio.
Empecé a buscar mi celular entre las sábanas revueltas.
Con los ojos medio cerrados, todavía hinchados por el sueño, vi la pantalla encenderse.
Un mensaje de Damiano.
“¿Qué tal la fiesta?”
Y fue curioso. Entre todo el caos de la noche, lo primero que sentí al leer su nombre fue calma.
Como si, aunque estuviera lejos… él siempre apareciera en el momento exacto.
Sonreí sin darme cuenta.
Tal vez porque mientras todos estaban viviendo sus propios dramas en esa boda, yo sentía que tenía algo distinto. Algo que no estaba allí, pero era mío.
No sabía que las cosas podían cambiar tan despacio que uno ni siquiera nota cuándo empiezan a hacerlo.
Mientras leía el mensaje, un dilema llegó a mi cabeza.
Yo no le había hablado de la fiesta. Ni siquiera sabía que estábamos ensayando para el vals. Nunca se lo mencioné. Tal vez porque no soy buena bailando. De hecho, tengo dos pies izquierdos. Y el vestido… era morado fosforescente. No precisamente agradable a la vista.
No quería que lo supiera.
Así que solo respondí:
—¿Qué fiesta?
Los puntitos de “escribiendo…” aparecieron casi al instante.
Y sentí algo en el estómago.
—Jaja, te vi anoche en una camioneta doble cabina. Pararon a comprar cerveza. Yo estaba en la licorería, es de un amigo y a veces lo acompañamos. Creo que estabas con tus papás o tus tíos, porque solo te reconocí a ti y a Salomé.
Iba a saludarte, pero no me animé. Mis amigos suelen molestar mucho y no era lo correcto hacerlo a esa hora.
En fin… se te veía bien con el cabello recogido, aunque ya estabas un poco despeinada.
Me quedé inmóvil.
Él me había visto.
Y yo ni siquiera lo noté.
Una parte de mí se avergonzó. Por el vestido. Por el cabello. Por haber estado riendo sin saber que alguien me observaba.
Pero otra parte… se sintió especial.
Entre toda la gente, entre el ruido, entre las luces, él me reconoció.
Y no dijo nada.
No sabía si eso me gustaba o me inquietaba.
No pude evitar pensarlo.
Si no quiso saludarme porque sus amigos suelen molestar…
¿Molestar con qué exactamente?
¿Conmigo?
¿O por mí?
Sacudí la idea. No quería exagerar.
Seguimos conversando. Y otra vez la conversación se volvió constante. Más seguida. Más personal. Más nuestra.
Era increíble cómo podía desaparecer por momentos y, cuando volvía, desordenarlo todo.
Hasta que me escribió:
—Tengo un partido a las seis, te dejo.
Y yo, como siempre, respondí con naturalidad.
“Está bien, suerte”.
Pasaron las horas.
Ocho.
Nueve.
Diez.
Y no hubo respuesta.
Miré el celular más veces de las que quisiera admitir. Pensé en escribirle. En preguntarle cómo le había ido. En enviar cualquier cosa que rompiera el silencio.
Pero no lo hice.
Preferí no decir nada.
Esperar a que él lo hiciera.
Mala decisión.
El lunes tampoco hubo respuesta. Ni un simple “hola”.
Y volvimos a la realidad.
¿Cómo era posible que alguien llegara, desordenara mis emociones en un instante… y al día siguiente actuara como si nada?
Como si no hubiera pasado.
Como si no fuera él.
Como si yo no importara.
Mientras él desaparecía, yo empezaba a sentir algo.
Y ese algo se transformaba en un nudo en la garganta cada vez que las dudas regresaban.
Porque el silencio también dice cosas.
Y yo empezaba a escucharlo.