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Blurb

Tenían un matrimonio estable. Dos familias que se adoraban, trabajos prometedores, planes de tener un hijo, y una vida construida desde el amor. Pero en medio de todo eso… ella.

La que vino antes.

La que, aunque no está, sigue presente en los silencios, en los gestos, en las dudas.

¿Me ama… o solo le gusta cómo lo amo?

¿Me eligió… o solo me tocó reemplazarla?

¿Y si la vida que vive conmigo no es la que soñaba, sino la que simplemente aceptó?

Este libro es la voz de muchas mujeres que alguna vez se han preguntado: ¿Por qué ella? ¿Por qué no yo? ¿Qué tiene ella que yo no?

Con capítulos que sangran verdad, no grite, no discutí. Solo cerré la puerta suavemente… y dejé que mi ausencia hiciera su trabajo.

“Aunque diga que no, ella siempre está” es una historia de dudas, heridas, y finalmente, de respuestas que duelen… pero liberan.

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CAPITULO 1.- LAS PREGUNTAS QUE NO SE HACEN EN VOZ ALTA
Tengo 27 años. No puedo seguir viviendo con miedo. Estoy casada con el hombre que amo, en la casa de mis sueños. Nuestras familias se llevan de maravilla, y cada vez que podemos, nos vamos de viaje. A veces, siento que mi vida está completa. Hace unas semanas salió el tema de tener un bebé. Es algo que siempre estuvo rondando mi cabeza, pero que nunca se atrevió a salir de su escondite. Recuerdo que estábamos desayunando en el jardín, y de pronto, sin avisar, me dijo: —¿Sabes? Siempre he tenido el sueño de tener un hijo… No lo sé, creo que ya es momento. Desde entonces, he tenido el mismo sueño varias noches. Un jardín hermoso, con hojas cayendo como si fuera otoño. El clima es cálido, hay una suave brisa, y en el fondo, entre los árboles, hay una cuna. Dentro, un bebé. Solo que… nunca puedo ver su cara. Cada vez que intento acercarme, él se aleja más. Es como si quisiera decirme algo, pero no logra hacerlo. Él dejó de hablar justo cuando llegó su amigo Gandi a recogerlo. Son socios en una corporación de alimentos, y a Damiano le encanta que lo lleven al trabajo. Sentí su beso cálido en la mejilla antes de irse, pero no dije nada. Me quedé imaginando esas escenas en mi cabeza. Cuando era adolescente, me detectaron quistes. El médico me dijo que tenía un alto índice de infertilidad. Tal vez por eso la idea de ser madre siempre estuvo en mi cabeza, pero nunca la traté a fondo. El miedo… ya saben. Miedo a que sí, miedo a que no. Me da risa pensar que al principio dije que no debía tener miedo, cuando en realidad soy una de las personas más miedosas si se trata de empezar algo nuevo. Es como cuando comencé con mi empresa. Soy ingeniera agroindustrial, pero no ejercí hasta tres años después. El miedo a emprender y fracasar me paralizaba. Y ahora, gracias a que un día me animé, Damiano se encarga de nuestra empresa. Empezamos con algo pequeño… y se convirtió en una corporación. Cierto, qué maleducada. Les he contado ya una parte de mi vida, y todavía no me he presentado. Me llamo Maragret. Nada más. Siento que decir los apellidos es demasiado formal. No me gusta. Es como dejarle a alguien la puerta abierta para que entre a conocer tu familia… pero no a ti. La vida era bella. O al menos así la sentía. Yo creía que por fin estaba recibiendo el amor que siempre había buscado. Me sentía amada. Siempre he tenido claro que si no estás obsesionada con tu pareja, entonces tal vez estás saliendo con la pareja de alguien más. Con Damiano, yo me sentía en el cielo. Me sentía la mujer más enamorada, porque él me hacía sentir así. Aunque, lo admito, siempre he sido un mar de dudas. Me ahogo en un vaso de agua. Pero él… él siempre encontraba la forma de hacerme sentir en paz. Y amada. Pero últimamente, cuando Damiano se duerme primero y la casa se queda en silencio, me descubro mirando el techo, haciéndome preguntas que nunca me atrevo a decir en voz alta. ¿Me ama de verdad, o solo le gusta cómo lo amo yo? ¿Y si el amor que me da… es solo una versión reciclada de lo que alguna vez sintió por otra? Sé que no debería pensar así, que tenemos una vida bonita, que me eligió a mí… pero esas preguntas, aunque me las trague una y otra vez, siguen ahí. No gritan. No susurran. Solo existen. Y eso, a veces, es suficiente para hacer ruido en el alma. Y si somos una pareja feliz… ¿por qué tantas dudas? Porque todo tiene un origen. Hoy tengo 27 años y puedo decir que mi vida parece estable. Pero hubo un ayer que no se parecía en nada a este presente. Si a mis 14 años alguien me hubiera dicho que me casaría con Damiano, me habría reído sin pensarlo dos veces. Y ahí es donde realmente empieza esta historia. Conocí a Damiano cuando tenía entre 14 y 15 años. Fue como esas películas adolescentes que vemos de pequeñas, donde todo parece casual, pero termina marcándote la vida. Tenía una prima con la que siempre hacía pijamadas. Nuestros padres casi no estaban en casa, así que crecimos prácticamente juntas. Sí, ambas teníamos hermanos, pero nuestra complicidad era distinta. Éramos más nosotras contra el mundo que hermanas mayores responsables. Un día ella iba a conocer a Damiano en el centro comercial. Se habían citado para patinar. Era invierno, así que el plan sonaba perfecto. Como aún éramos menores, nos daban permiso siempre y cuando fuéramos juntas y lleváramos a su hermana pequeña. Ese era el acuerdo. Pero yo conocía demasiado bien a mi prima. Sabía que, en cuanto llegáramos, ella se iría con Damiano y me dejaría cuidando a su hermana. Así que decidí invitar a un amigo mío. Lo que jamás imaginé fue que terminaría gustándole más mi amigo que su propia cita. La pista de patinaje ya estaba reservada y pagada, así que no había vuelta atrás. Mi amigo, que tenía 17 años y ya podía manejar, nos llevó. Cuando llegamos, Damiano ya estaba esperándonos en el mall. Nos presentamos con esa incomodidad típica de los adolescentes que no saben si saludarse con beso o con la mano. Cada quien eligió sus patines. Fue entonces cuando mi prima se me acercó y, entre risas, me dijo: —Sé que mi cita era con Damiano… pero nunca me habías presentado a tu amigo. Hagamos algo: Miguel y yo estaremos cerca de ustedes, pero quédate con Fiorella y con Damiano, ¿sí? En ese momento, Damiano me cayó mal. Desde el primer instante. No era el tipo de chico con el que yo solía hablar. Me parecía demasiado seguro de sí mismo. Demasiado cómodo en su propia piel. Pero acepté. Comenzamos a patinar. A Damiano no se le daba muy bien, y verlo intentar mantener el equilibrio era gracioso. Entre caídas y bromas, empezamos a hablar más de lo que yo esperaba. Me sorprendió que no fuera tan arrogante como parecía. Y no, no hubo beso. No hubo nada romántico. Lo que sí hubo fue mi eterna mala suerte. Salimos a caminar por la parte exterior del mall. Era un lugar bonito, lleno de plantas y con una zona de comidas que parecía un pequeño jardín. Mientras mi prima y Miguel compraban algo para comer, nosotros tres fuimos a buscar una mesa. Íbamos riéndonos de anécdotas absurdas cuando, de repente, mi tobillo decidió traicionarme. Se torció sin aviso y caí al suelo con una torpeza que todavía me avergüenza recordar. Intentaron levantarme, pero el dolor era real. Ellos se reían. Yo también… aunque por dentro me ardía algo más que el tobillo. Damiano insistió en acompañarme hasta donde estaban mi prima y Miguel. Caminé apoyándome en él, intentando disimular el dolor, pero sintiendo algo completamente distinto crecer dentro de mí. No era el tobillo. Era esa sensación extraña de querer que no me soltara. Esa tarde terminó entre risas, comida fría y bromas que solo nosotros entendíamos. Antes de irnos, intercambiamos números. Lo hice fingiendo que no me importaba demasiado. Pero en el camino a casa miré el celular más veces de las que estoy dispuesta a admitir. El primer mensaje llegó esa misma noche. “¿Ya llegaste bien?” Tan simple. Tan inofensivo. Tan suficiente. No dormí mucho. Cada notificación era una pequeña explosión en el pecho. Hablamos de cosas absurdas: música, películas, profesores que odiábamos, sueños que parecían gigantes para nuestra edad. Y yo, sin darme cuenta, empecé a esperar sus mensajes como si fueran parte de mi rutina. Ahí comenzó todo. No hubo una declaración. No hubo promesas. Solo conversaciones que se volvieron necesarias. A los 15 años no sabes distinguir entre atención y amor. Para mí, que me escribiera todos los días era una prueba suficiente. Que me preguntara cómo estaba. Que me contara lo que hacía. Pensaba que cuando alguien te busca así… es porque eres la única. Qué fácil es enamorarse cuando no sabes todavía cómo duele. Empecé a imaginar futuros pequeños. No matrimonio, no hijos… solo escenas simples: caminar juntos en el recreo, que me esperara afuera del colegio, que me abrazara sin razón. Y cada vez que mi celular vibraba, yo sonreía como si nadie más existiera. Tal vez ahí empezó mi primera ilusión.

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