El padre de Mariana llegó a su casa, su rostro, una máscara de furia por todo lo que había acontecido. Al entrar, notó que su mujer no estaba en casa. Golpeó la mesa con tal fuerza que dos jarrones en una esquina de la sala se quebraron, esparciendo pedazos de cerámica por el suelo. Respirando pesadamente, se dirigió a su dormitorio. Al abrir la puerta, sus ojos se encontraron con una serie de objetos nuevos y caros: un espejo con marco dorado, un vestido de seda colgado en el armario, y un par de zapatos de diseñador sobre la alfombra. Maldijo, en voz alta, su rabia creciendo al darse cuenta de que su mujer había gastado el dinero que había recibido por sus hijos. —¡Maldita sea! —gritó, pateando una silla que se encontraba cerca. La silla cayó al suelo con un estruendo, pero eso no aliv

