Isabella, con los ojos brillantes de emoción, no podía apartar la vista del enorme pastel que ocupaba el centro de la mesa. Era exactamente como ella lo había imaginado: su princesa favorita, con un vestido brillante y una corona dorada, se veía tan realista que parecía que iba a cobrar vida en cualquier momento. —¡Mira, Mariana! —exclamó Isabella, señalando el pastel con entusiasmo—. ¡Es la princesa que me gusta! Mariana sonrió, conmovida por el esfuerzo que todos habían puesto en su cumpleaños. —Es hermoso, Isabella. Gracias por ayudar a elegirlo. Tienes buen gusto. Los hermanos de Mariana también estaban emocionados, corriendo de un lado a otro, ayudando con los últimos preparativos. Diego, observando la escena con una sonrisa a través de una cámara que el abogado había instalado, es

