Capítulo 2.

2932 Words
2. Cadena de casualidades. Darren. Llegar tarde a todos lados debería ser considerado un súper poder. O un don. Algunos días lo veía como algo bueno. Que el destino me retrasara tan insistentemente debía significar algo. Pero hoy no era uno de esos días. Llegar tarde a mi primer día de trabajo no le daría una buena señal a mis superiores. Ni mucho menos a mis estudiantes. O que decir de mis nuevos compañeros de trabajo, los cuales debían estar esperándome para ser presentado como el nuevo profesor de literatura en una junta preparada solo para mí. Si, eso no era bueno. Pero el hecho de olvidar programar la alarma anoche debido a mis nervios, sumado a la taza de café derramada sobre mi camiseta está mañana—también culpa de los nervios—y mi bicicleta teniendo problemas con la cadena, confabularon en mi contra y ahora me encontraba cerca de veinte minutos tarde. Corrí a través de los pasillos de la universidad, aferrándome a mi taza de polietileno como si mi vida dependiera de ello, sabiendo que debía verme completamente descompuesto. Muy lejos de la imagen profesional que quería dar, pero en este momento, eso era lo menos importante. Detuve mi carrera cuando encontré la sala de profesores, dónde al parecer, ya se encontraban todos esperando por mí para recuperar el aliento y escuché como las voces de dentro se filtraban a través de la puerta entreabierta. —Su primer día en el campus y tiene media hora de retraso —se quejó alguien, probablemente otro profesor. La voz del director ya era familiar para mí y esta no se le asemejaba en lo absoluto. Fruncí el ceño ante la evidente molestia en su voz. Tenía razón para estar enojado, pero la manera en la que se expresó fue simplemente despectiva. Con solo una mano libre, ajusté la correa de mi maletín en mi hombro, peiné con algo de dificultad mis cabellos sueltos por la carrera y decidí que no podría sostener más mi cabello en una coleta, así que dejé que cayera libre hasta poco más arribar de mis hombros en una cascada de rizos un poco descontrolados. Solo esperaba lucir lo suficientemente prolijo para hacerle honor a la hoja de vida que me precedía. Tomé una profunda respiración para armarme de valor antes de entrar a la sala de profesores y los ojos de todos se posaron automáticamente en mí. —Me disculpo por la tardanza. Tuve un par de inconvenientes con mi bicicleta más temprano —hablé sin dirigirme a nadie en particular, felicitándome mentalmente por la falta de vacilación en mi voz El director Wright se levantó de su lugar en la cabecera de la larga mesa y se acercó a mí sonriendo con entusiasmo. Había tenido un par de charlas con él antes, cuando estábamos acordando mis condiciones de trabajo y parecía ser alguien bastante agradable. Extendió su mano a modo de saludo y la estreché torpemente, siendo sacudido un poco por la fuerza de su agarre. —No se preocupe, señor Knight. Todos hemos tenido problemas mecánicos algunas vez —le quitó importancia a mis disculpas y señaló un asiento vacío a la derecha de su lugar en la mesa—. Es un honor para la facultad de humanidades el tener alguien con un currículum como el suyo. Alguien resopló en protesta a la afirmación de Wright. Busqué a la persona que emitió ese indiscreto sonido y lo encontré, sentado a la izquierda del lugar del director. Justo frente al lugar que debía ocupar. —¿Hay algún problema, profesor Bennett? —cuestionó el director sonando igual de confundido a como me sentía. —Solo me parece ridículo engrandecer la hoja de vida del señor Knight de esa forma —reconocí esa voz como la de la misma persona que se había quejado antes de entrar a la sala de profesores—. Escribió un par de libros de romance y tuvo suerte de alcanzar la fama tan pronto. Tampoco es como sí llevara años ejerciendo la docencia. El rostro del director Wright enrojeció por las palabras del profesor Bennett, pero yo en realidad no me encontraba molesto. Todo lo contrario. Me parecía muy curiosa la evidente molestia en el hombre. —Vaya, parece que alguien hizo su tarea anoche —hablé antes de que el director lo hiciera y tomé asiento en el lugar indicado—. Y dígame, profesor Bennett. ¿Acaso quería una copia firmada de alguno de mis libros y no la consiguió? O, ¿Los boletos para la firma estaban agotados? Noté como los nudillos de las manos del hombre se tornaron blancos, debido a la fuerza con la que empuñaba sus dedos. —Ni de cerca —replicó de inmediato—. No había escuchado su nombre hasta ayer. —Pero en cuanto lo hiciste, no pudiste resistirte a obtener un poco de información, ¿no es así? —me burlé un poco y pude sentir como las miradas de los demás docentes se encontraban puestas en nuestro intercambio. Sabía que ellos eran parte de la planta de humanidades, pero poco más allá. No había recibido una lista con los nombres de quiénes serían mis compañeros por el próximo trimestre y tampoco es que me hiciera mucha falta, porqué se me daba muy bien socializar. La mayoría de las veces. —Ocupará el despacho contiguo al mío. Es apenas lógico que hiciera un poco de investigación para saber algo de quién sería mi vecino durante los próximos meses. O años, dependiendo de cómo le vaya con sus clases —se encogió de hombros y recostó su espalda contra el respaldo de la silla, luciendo confiado—. Y por lo visto solo será una molestia constante. Un jadeo escapó de los labios del director, pero lo interrumpí antes de que reprendiera al impertinente profesor. —¿Sabías que las groserías son el último recurso de aquellos que carecen de ingenio? —ahora fue mi turno de recostarme en mi asiento, sabiendo que había terminado la discusión de manera sutil, pero consiguiendo avivar el fuego que parecía traer consigo el profesor Bennett. Esperaba con ansias nuestras próximas interacciones. —¡Ya basta! —al parecer el director había llegado a su límite, porque su exclamación salió casi como un grito que sobresaltó a todos los presentes, incluyéndome—. Ambos son adultos. Esperaría un intercambio como este de los alumnos, no de los docentes. Y menos de dos personas como ustedes. Me sentí avergonzado de inmediato por las palabras del director. Estaba completamente en lo cierto, pero en mi naturaleza nunca había estado el dejar pasar una provocación. El profesor Bennett por el contrario, no se había inmutado por la reprimenda de Wright. En lugar de lucir mortificado, su expresión era la de alguien que se encontraba para nada estimulado con la conversación. Sus ojos se encontraron con los míos, estos volviendo a la vida con el enojo quemando en la profundidad de esos pozos azules. Luego de que ambos ofreciéramos las disculpas pertinentes, el director Benjamín Wright inició la sesión, introduciendo mi hoja de vida y los logros que había logrado a mi corta edad. Me desconecté de la conversación, habiendo escuchado las mismas palabras cientos de veces y concentré mi atención en mi taza de café, hasta que sentí la pesada mirada de alguien sobre mí. Cuando levanté mi rostro para encontrar a la persona que me observaba, descubrí que se trataba del profesor Bennett. Sus labios se movieron en una frase silenciosa y le sonreí de vuelta, aceptando el desafío. No durarás, había dicho. Bueno, eso estaba por verse. *** —Y con esto, damos por terminada la clase de hoy. No olviden leer el plan de estudios y sí tienen alguna duda, no duden en contactarme por medio de mi correo electrónico en los horarios antes mencionados —me despedí de mis alumnos, agradecido por haber sobrevivido a mi primer día como profesor. No había sido tan malo como pensé que sería. Podía notar que habían un par de alumnas que escogieron mi clase porque leyeron mis libros, pero a parte de unas cuantas miradas soñadoras, no hubo ningún inconveniente que impidiera el desarrollo normal de la lectura. Esperé a que los estudiantes abandonaran el auditorio y cuando sólo quedaban el par de chicas que había notado que eran seguidoras de mis historias, supe que debía firmar un par de libros antes de poder escabullirme para conseguir una enorme taza de café. Una enorme y muy necesaria taza de café. Hablé un par de minutos con ellas, firmando sus libros y respondiendo sus preguntas sobre mis próximas historias con las ya ensayadas respuestas que mi publicista me había instruido. Una vez la conversación terminó y ellas empezaron a alejarse, las detuve antes de que salieran del auditorio, para hacerles una importante pregunta:—Alguna de ustedes sabe donde puedo encontrar un buen café. No quiero volver a probar la basura que sirven en el campus. —Hay un pequeño pub a dos cuadras de aquí —se apresuró a responder Tiana. —Oh, si. Su café es el mejor. Y tienen buena música —secundó Chrissy, haciendo que me cuestionara que consideraban ellas como buena música. Sin embargo, eso sería lo de menos sí servían un café decente. Nos despedimos al salir del auditorio y tomamos caminos separados. Me dirigí hacia el área de bicicletas del estacionamiento de estudiantes donde tuve que dejar la mía—porqué los profesores al parecer eran lo suficientemente estirados para todos tener un automóvil—, así que no había un lugar para mi medio de transporte ecológico. Aunque me preocupaba el medio ambiente, la verdad del porqué no tenía un automóvil era porque nunca había aprendido a conducir. Había hecho el exámen de conducción demasiadas veces y todas y cada una de ellas habían sido un completo fracaso. Crucé la correa de mi maletín, para que se sostuviera a través de mi pecho y conduje sin prisa fuera del campus, en dirección al lugar que las chicas me indicaron. El aire fresco de la tarde se estrellaba con mis mejillas y desordenaba mi cabello aún más. Sabía que debía cortarlo, pero de alguna forma siempre terminaba posponiendo mi visita a la peluquería. Un par de minutos después, detuve mi bicicleta frente al local cuyo nombre resaltaba en un pequeño letrero con luces de neón. Nova, rezaba en brillantes letras azules. Pero a parte del anuncio de entrada, el lugar parecía bastante tranquilo. Justo lo que necesitaba en ese momento. Até la cadena de seguridad a mi bicicleta luego de estacionarla en el lugar asignado. Había un flujo constante de personas, algo que normal debido a la cercanía del pub con el campus universitario. Luego de asegurarme que nadie iba a robar mi vehículo, finalmente entré a Nova y el familiar y adictivo olor a café y nostalgia me dio la bienvenida. Luego de hacerme con una enorme taza de café sin azúcar, busqué un asiento vacío en el cuál disfrutar del resto de mi tarde, tratando de escribir algo. Supuse que estaba de suerte, porqué encontré una mesa vacía justo en el fondo del local. Dejé mi taza de café con cuidado en la mesa, mientras buscaba mi laptop en mi maletín. Después de encenderla y beber un largo y necesario trago de café, apareció frente a mi la página en blanco del documento de word que usaría para escribir mi nueva historia. Historia que ni por asomo había empezado y eso se estaba convirtiendo en una molestia para mi editor. Siempre tenía una excusa creíble para explicar el porqué aún no había iniciado el libro, pero la simple y llana verdad es que mi inspiración se había ido de vacaciones y no planeaba regresar en algún momento cercano, por lo visto. Las letras del teclado se burlaban de mi incapacidad de formar palabras con ellas y mi mente no dejaba de viajar al extraño enfrentamiento con Bennett más temprano. Ni siquiera logré descubrir su nombre, por lo que tratar de obtener algún tipo de información sobre él, me resultaría prácticamente imposible. Me sentía en desventaja frente a un completo desconocido y lo odiaba. Aunque él había dicho que nuestros despachos eran contiguos, así que tendría más oportunidades para descubrir el porqué de su odio irracional hacia mí sin conocerme aún. Seguía sin entender que había hecho para provocar tal recibimiento y más aún, su explícito desagrado hacia mis libros. Tal vez se había visto reflejado en una de mis historias. Aunque descarté esa conclusión, al recordar que todo lo que había sabido de mí se debía a una rápida búsqueda en internet. Lo cual me llevó a la segunda—y más probable—causa de su molestia: había tenido una mala mañana y encontró en mí el motivo perfecto para desquitar su frustración. Mas, sea cual sea el motivo de su comportamiento, mi naturaleza curiosa no me dejaría avanzar hasta haberlo averiguado. Y como sí hubiera estado escuchando mis pensamientos, Bennett apareció frente a mi sosteniendo una taza de té. La arruga en su entrecejo se profundizó, mientras se deslizaba en el asiento frente al mío, dejando la taza de té con cuidado en la mesa. «Sí su rostro seguía contrayéndose de esa forma, iba a envejecerse muy rápido», pensé. —Está en mi mesa habitual —dijo, rompiendo el tenso silencio que se había instalado entre nosotros. Resoplé en respuesta a su evidente actitud a la defensiva. —No veo tu nombre por ningún lado —señalé lo evidente, haciendo que su mandíbula se tensara debido a la molestia atrayendo mi atención a su atractivo rostro. Debido a nuestro intercambio tenso de la mañana no le había prestado mucho cuidado al aspecto físico del hombre frente a mí, pero al parecer eso acababa de cambiar. Porqué, no pude evitar notar la perfecta estructura ósea de su rostro. Ojos azules, una mandíbula y mentón definidos y labios un poco finos. Todo era perfectamente simétrico y me encontré pensando en como cualquiera que fuese la deidad que creo a Bennett, se había tomado su dulce tiempo creándolo. Casi quise reír por el rumbo que mis pensamientos habían tomado. Pero tuvo que abrir la boca y acabar el encanto con su actitud arrogante. —No es necesario que tenga mi nombre. Llevo dos años sentándome en el mismo lugar, así que todos saben que es mi habitual. —Es una lástima, porqué yo llegué primero hoy, así que este sitio me pertenece durante el resto de la tarde —contesté, volviendo mi atención a la hoja en blanco del documento de word, solo para fingir que tenía algo más importante que hacer que ver su rostro perfectamente esculpido. —Es usted un hombre muy irritante —se quejó, atrayendo de nuevo mi atención. —¿Yo? Pero sí eres tú quien no ha parado de atacarme desde el momento en que me conociste —había encendido la chispa y no estaba seguro de como iba a terminar esto. —Porqué lo merece. Es un presuntuoso. E impuntual. ¿Quién llega treinta minutos tarde a su primer día de trabajo? —quedaba más que claro que ninguno de los dos iba a darse por vencido en este debate. Interesante. —¿Cuál es tu problema? —cuestioné, queriendo llegar al meollo del asunto. Además, mi curiosidad pedía a gritos ser saciada. —¡Usted es mi problema! —exclamó, atrayendo la atención de un par de personas en las mesas contiguas a la nuestra. Él pareció notarlo, porque sus siguientes palabras fueron casi un susurro:— Y deje de tutearme. No somos amigos. —Evidentemente no somos amigos, Bennett —bufé por millonésima vez desde que entré a la sala de profesores esta mañaba—. ¿Y qué demonios está mal conmigo? —Todo. Tu llegada significó que mi amigo más cercano saliera de la universidad —empezó a enumerar con sus dedos—. Eres impuntual, desordenado y por Dios, bebes café. Finalizó apuntando mi taza como sí esta estuviera llena de cianuro. —Tenía entendido que el profesor de literatura se había jubilado debido a su avanzada edad —acoté, porque eso había sido lo que el director me había dicho cuando me ofreció la plaza disponible. No estaba en mis planes dejar sin empleo a otra persona por el nepotismo que me ofrecía mi nombre. —¡Solo tenía ochenta y dos años! —replicó a la defensiva. —¿Solo? —arqueé una ceja divertido por su respuesta. —Sí tuvieras la oportunidad de conocerle, notarías que está en mejor forma física que cualquiera de nosotros. —Ya veo —le di pequeños toques a mi mentón con mi dedo índice—. Tu actitud infantil es sólo un berrinche porque tu amigo tuvo que irse. —Definitivamente eres un idiota —negó antes de levantarse de su asiento. —Y yo aún sigo preguntándome como llegaste a ser docente con tan poco ingenio —chasqueé mi lengua fingiendo pesar. —Escribe William Bennett en el buscador y obtendrás tu respuesta —fue todo lo que dijo antes de tomar su taza de té y empezar a alejarse de la mesa. —No, gracias. No soy capaz de llegar a tal extremo de acoso —disparé, pero él ya se encontraba demasiado lejos para escucharme. Sin embargo, sabía que mis palabras eran una completa mentira. Porque mientras Journey sonaba de fondo, cantando sobre extraños esperando en un boulevard, hice exactamente todo lo contrario.
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