1. Despedidas e investigaciones.
Will.
—¿A esto le llamas actuación? —interrumpí el pésimo espectáculos que Silas estaba ofreciendo—. Mi perro podría actuar mucho mejor como un hombre con el corazón roto. ¡Y no tengo un perro!
Sarah y James dieron un respingo por mis palabras y masajeé mis sienes tratando de evitar un posible dolor de cabeza.
—Estoy haciéndolo lo mejor que puedo —masculló entre dientes Silas.
Todos a mi alrededor se tensaron, sabiendo lo que vendría a continuación.
Eso era lo malo de tomar un grupo que ya tenía cierto estándar—de mediocridad—establecido durante sus primeros dos años de formación.
Pero la profesora Catherine se había puesto en labor antes de lo previsto y fue por eso que tuvimos que unificar ambos grupos—los estudiante que yo había moldeado desde su primer año y los suyos, un poco detrás de estos, debido a que ella había dejado el teatro mucho, mucho antes que yo, así que su metodología era un poco arcaica.
Con un suspiro irritado, corté en un par de pasos la distancia que nos separaba y pude ver el momento en que se dio cuenta que había cometido un error al replicar en una discusión que tenía perdida desde el momento en el que le había llamado la atención.
—¿Qué dijiste? No pude escucharlo con toda la mediocridad en el aire —cuestioné dándole una segunda oportunidad de retractarse.
Pero claro, no lo hizo.
—Dije que estoy haciéndolo lo mejor que puedo —habló más fuerte esta vez, atrayendo las miradas de todo el equipo—. Tal vez usted no es lo suficientemente bueno enseñando como cree que lo es.
Asentí, haciendo que un par de jadeos escaparan de mis estudiantes quiénes sabían que estaba a punto de suceder.
—No soy lo suficientemente bueno, ¿verdad? ¿Eso fue lo que dijiste? —arqueé una de mis cejas, retándole.
Asintió de nuevo, no dejándose amedrentar por mí, lo cual era bueno porque demostraba que tenía carácter.
Pero sí no lo reprendía ahora, el orden jerárquico en las clases se perdería y eso sería potencialmente un desastre.
—¿Podrías decirme, cuántos protagónicos he tenido en entre Broadway y Londres? —tomé una de las botellas de agua del suelo y le quité la tapa a esta.
Bebí un sorbo mientras esperaba su contestación.
—Quince, profesor Bennett —contestó a regañadientes.
—Bien. ¿Y cuántos has tenido tú? ¿Fuera de las obras de secundaria que les dieron ese sentido de grandeza con el que entraron aquí?
—Esto no tiene nada que ver con la discusión... —intervino Sarah, pero se detuvo de inmediato, sabiendo que sus palabras estaban fuera de lugar.
No me molesté en reprenderla.
—Ninguno —respondió finalmente. Cualquier signo de lucha previa abandonó su cuerpo y bajó su mirada al guión en sus manos.
—Y sí vuelves a retarme, esa cifra se mantendrá para siempre —volví a dejar la botella casi vacía en el suelo y enderecé mis hombros, antes de volver a hablar—. De hecho, James va a tomar el papel de Edward Rochester. Tú estás fuera de la obra.
James inmediatamente tomó el guión de las manos de su compañero e inicio un breve ensayo con Sarah, quién interpretaría a Jane Eyre.
Así eran las cosas en el teatro, una vez perdías tu oportunidad, habían decenas—tal vez cientos—más esperando para tomarla.
Silas recogió sus cosas y salió del escenario, dejando bastante claro lo molesto que se encontraba por mi decisión con un sonoro portazo al dejar el teatro.
Bueno, eso era el resultado de alguien con un enorme ego, cuando recordaba que aún no era lo suficientemente exitoso para que hubiera crecido de ese tamaño.
Volví mi atención a los demás estudiantes, quienes esperaban por mis siguientes instrucciones, no queriendo ser los siguientes en ser despedidos de la obra.
—Bien, volvamos a la escena de la pedida de mano de Edward a Jane —señalé a Sarah y a James para que tomaran su lugar—. Y por favor, James, dame un poco de devoción. Por lo menos finge que te sientes atraído hacia Sarah. O me veré o******o a interpretar a Edward yo mismo y créanme, estaré muy enojado con ustedes sí tengo que besar a una mujer por primera vez en cinco años por su incompetencia. No te ofendas, Sarah.
Después de esa última acotación—amenaza—de mi parte, cada uno cumplió con su labor durante la siguiente hora de ensayo, a excepción de un par de lagunas de diálogo.
Al finalizar la tarde, decidí que daba por terminada la jornada de ensayos y los envié fuera del teatro, argumentando que necesitaba un descanso de sus malas actuaciones.
Era muy productivo hacerles creer que me decepcionaron, porque así se esforzaban el doble durante la siguiente sesión.
Lo había comprobado a lo largo de mis años como docente. Un método poco ortodoxo pero efectivo.
—Nos vemos el jueves a las dos de la tarde. En punto. Quién llegue tarde, tendrá que hacer de árbol durante todo el siguiente ensayo —apunté a Sarah y James, quienes lucían exhaustos—. Sin importar que sean los protagonistas, ¿entendido?
Un murmullo de afirmaciones fue su respuesta, antes de salir del teatro en medio de una animada conversación entre ellos.
Un par de minutos después y luego de revisar cada lugar del teatro, para asegurarme que se encontraba vacío, cerré las puertas de este con mis llaves y caminé tranquilamente hasta mi despacho, para recoger mis cosas y despedirme de Albert—el profesor de literatura cuyo estudio quedaba contiguo al mío—por última vez antes de que fuera reemplazado debido a su jubilación.
Mi entrecejo se arrugó automáticamente al escuchar la música de los Bee Gees reproducirse en el pasillo.
—Lo único que no voy a extrañar de tu partida, es tu terrible gusto musical —me quejé apoyando mi hombro en el marco de la puerta del, ahora casi vacío, despacho de Albert.
—Mi gusto musical es excelso, simple mortal. Tal vez las finas melodías son demasiado exquisitas para tus oídos de elfo —habló el anciano, sin mirarme directamente puesto que su atención estaba centrada en el viejo tocadiscos que reproducía aquella estúpida canción.
Era el epítome de un hombre que se quedó atrapado en el siglo pasado.
Usando siempre trajes perfectamente planchados y hablando como sí se encontrara aún en los años veinte, Albert Craig se había convertido en un padre para mí desde que había aceptado el puesto como instructor de teatro en la universidad de Cambridge.
Bufé ante su exagerado acento escocés y sin esperar su invitación, me deslicé dentro de la estancia. Empezaba a sentir la ausencia de mi único amigo en este lugar y él ni siquiera se había ido aún.
—Sandeces —deseché sus palabras con un gesto despectivo de mi mano—. Espero que el descanso te haga recapacitar y le des una oportunidad a The Beatles.
—Nunca. Fueron sobrevalorados por una generación e idolatrados como dioses por las siguientes —chasqueó su lengua en desaprobación como ya era costumbre y me miró por primera vez desde mi llegada—. Pero no por mí. Nunca por mí.
—Eres tan presuntuoso.
—Tengo criterio, William Bennett —me apuntó con su dedo índice para darle veracidad a su siguiente declaración—. A diferencia de ti.
—¡Oye! Retiro lo dicho, no voy a extrañarte en lo absoluto —palmeé su dedo lejos de mi rostro—. Por cierto, ¿ya te dijeron quién sería tu reemplazo? Espero que sea mucho menos arrogante y con mejor gusto musical que tú.
—Tengo su nombre anotado en algún lugar —palmeó su mentón mientras buscaba con su mirada alrededor de la desvencijada oficina, hasta dar con un sobre de manila apoyado en el borde del vacío escritorio de roble—. El decano lo anunció con bombos y platillos. Al parecer es una promesa en la escritura moderna o algo así.
Esperé pacientemente a que sus—ligeramente—temblorosas manos lograran abrir el sobre de manila.
—No me hago más joven, Albert —bromeé simplemente para molestarlo.
—Eso es evidente. Tu rostro ya empieza a dar señales de envejecimiento —me devolvió el golpe, abriendo por fin el sobre y extrayendo una simple hoja de papel de este—. Su nombre es Darren Knight. Sí su personalidad es tan aristocrática como su nombre, rogarás por tenerme de vuelta por estos lares.
—Vaya nombre, ¿eh? —tomé asiento en el borde del escritorio, mientras mi mente se encargaba de memorizar el nombre del nuevo docente para investigar un poco sobre él al llegar a casa.
Benditas fueran las r************* y el internet en general. Tendría la ventaja cuando el primer encuentro se diera.
—Es solo dos años menor que tú, así que sí nada extraordinario ocurre, podrías tener una buena amistad con él —sentenció Albert, apretando mi hombro de manera reconfortante.
—Eso espero. Este lugar estará muy solitario sin ti, Albert Craig —suspiré, tamborileando mis dedos de manera distraída en la madera del escritorio.
—Siempre estaré a una llamada de distancia, Will —su mano dejó mi hombro y palmeó la parte trasera de mi cabeza antes de apartarse de mí.
—A una llamada de larga distancia, ¿sabes lo costoso que eso será para mí? —reproché.
—No finjas que no puedes pagar una llamada de cinco minutos para hablar conmigo. ¡Tienes más dinero del que podría imaginar! —negó como sí ese hecho fuera algo inconcebible para él.
—¿Qué harás con todo el tiempo libre que tendrás? —cuestioné, sintiendo curiosidad por su respuesta.
Desde que me había enterado de su inminente jubilación, lo había cuestionado cada día sobre esa incógnita, pero él seguía evadiendo el tema, repitiendo la excusa de que me diría el día que se marchara.
Pero ese día había llegado finalmente, así que ya no tenía escapatoria.
Ajustó sus anteojos que empezaban a deslizarse por el puente de su nariz antes de responderme.
—Voy a escribir una historia de amor —resoplé nada más escuchar la palabra amor—. Quéjate todo lo que quieras, pero es una promesa que hice hace muchos años y planeo cumplirla antes de reposar en mi última morada.
—Hay muchas cosas divertidas que podrías hacer con todo ese tiempo en lugar de desperdiciarlo en una utopía —traté de convencerle pero había algo en su rostro que me decía que se trataba de algo más profundo que simple ficción.
—Es mi tiempo libre y yo lo usaré como me plazca —finalizó, dando por terminada la discusión sobre el tema.
Sin embargo, no me iba a dar por vencido aún.
—Deberías irte de fiesta. Eres bueno en ello. ¿Recuerdas aquella vez en la víspera de año nuevo? Eso fue salvaje. Aún trato de comprender como terminó una pelota de golf en tu...
—Ya he tenido más que suficientes fiestas a lo largo de mis ochenta y un años de edad —me interrumpió y justo en ese instante, la música se detuvo—. Es mi momento de descansar. Y quiero pasar mis días de descanso escribiendo una historia de amor, por mucho que eso te moleste.
Iba a replicar de nuevo, pero levantó su mano para detenerme.
»Fin de la discusión. Ahora, ¿podrías ayudarme a llevar estas últimas cajas a mi auto? —cambió de tema rápidamente y apuntó a las cajas apiladas en una esquina del despacho.
De manera reticente asentí y pasamos la siguiente media hora trasladando cincuenta y tres años de enseñanza empaquetados en doce cajas de distintos tamaños, hasta su vieja camioneta.
Apostaba que ese trasto era tan viejo como su dueño. Pero al igual que el mismo, se encontraba en la mejor de las formas.
—Esta es la última —murmuré luego de acomodar la caja sobre las otras, arreglándomelas para que se ajustaran de tal forma que ninguna se maltratara.
No estaba seguro de que tan valiosos eran los objetos dentro, pero no iba a arriesgarme a dañar las cosas de Albert.
—Aún queda mi tocadiscos, Bennett —achicó sus ojos, mirándome con sospecha.
—Ese vejestorio es demasiado pesado para que pueda cargarlo yo solo —crucé mis brazos a la altura de mi pecho, esperando su réplica pero esta no llegó.
En su lugar, asintió y sacó sus llaves del bolsillo de su abrigo.
—Puedes quedarte con él, solo sí prometes que cuidarás a Sandy —amenazó, abriendo la puerta del conductor, pero sin hacer amago de subir a la camioneta aún.
Me encogí de hombros como sí no fuera la gran cosa, pero tuve que esforzarme mucho para no demostrar lo verdaderamente conmovido que me encontraba debido a su concesión.
Sandy había sido un regalo de su fallecida esposa y por años le había visto dedicarle el más profundo cuidado a la pieza, casi como sí se tratara de un ser viviente.
—No sé que piensas que haré con ese artefacto antiguo, pero está bien. La cuidaré muy bien —prometí.
Una enorme sonrisa se extendió en el rostro de Albert, dejando a la vista sus muy marcadas arrugas y decidí que se encontraba igual de triste que yo por la despedida.
—Eso es más que suficiente para mí, Will — dijo, antes de subirse al auto.
Le ayudé a cerrar la puerta y aproveché para asegurarme de que su cinturón se encontraba ajustado. Siempre se quejaba de como estos lo restringían para conducir, así que no estaba de más cerciorarme que todo estuviera en su sitio.
—¿Me llamarás cuando llegues a Escocia? —pregunté, tratando de alargar un poco más la despedida.
Albert rodó sus ojos dándose cuenta de mis intenciones.
—Te llamaré —estiró su mano fuera del auto y despeinó mi cabello como siempre lo hacía—. Nos vemos, William.
—Claro que nos veremos, Albert —me despedí, apartándome del auto al escuchar el motor de la camioneta ronronear.
Con un último asentimiento, observé como salía de su estacionamiento asignado y las luces traseras se perdían por la carretera, alejándome cada vez más de mi amigo.
No sabía cuanto tiempo pasé allí, pero estaba seguro que fueron más de diez minutos mirando a la carretera que ahora se encontraba vacía.
Salí de mi ensoñación, caminando rápidamente de regreso a mi despacho para recoger mis cosas e ir a casa a obtener un merecido descanso.
Mis brazos dolían por el esfuerzo de cargar las cajas llenas de libros y otras chucherías de Albert, pero no iba a quejarme por ello.
Más tarde esa noche y luego de prepararme un poco de té de manzanilla, me senté frente a mi ordenador dispuesto a averiguar un poco más sobre mi nuevo compañero de pasillo.
Tecleé su nombre en el buscador y bebí un poco de té mientras esperaba a que cargaran los resultados.
Dos millones de respuestas en cero coma ocho segundos.
«Vaya, sí que es conocido», pensé y entré en la primera página, que resultó ser su biografía en wikipedia.
Nacido en Chesterton, su vida no era nada extraordinaria hasta que a sus veinte años debutó en la escritura con la autopublicación de su primera novela y con ello, alcanzó la fama mundial.
Con una novela. Con una novela autopublicada. Debía ser lo mejor de lo mejor para obtener tal reconocimiento.
Escribió otras tres novelas con igual impacto y se consolidó como uno de los escritores de mayor renombre en la literatura... Romántica.
Y esa era la respuesta al porque no había escuchado su nombre alguna vez.
Sintiendo curiosidad sobre la extraordinaria trama que debía tener su primera novela para obtener semejante alcance, busqué la sinopsis de la misma.
Golpeé mi frente al terminar de leer un poco sobre la trama al sentirme realmente decepcionado.
Una típica historia de amor.
Chica conoce a chico y bam, amor instantáneo.
Cerré la pestaña de goodreads donde todos alababan la novela y me concentré en buscar más información sobre Darren Knight y no sobre sus libros.
—Por lo menos Albert escribía ciencia ficción. O misterio —me quejé en voz alta, mientras navegaba en busca de sus r************* .
No había nada. No twitter. No f*******:. No i********:. Solo una página web donde publicaba avances de sus historias.
—¿Qué clase de persona no tiene twitter hoy en día? —cuestioné confundido.
Por lo menos encontrar fotos de él no fue algo tan difícil. Habían miles de ellas y podía entender la fascinación de las chicas adolescentes por él.
Lucía alto en las fotografías. Y según su biografía, lo era. Poco más del metro noventa y con un par de ojos verdes hipnotizantes.
Era atractivo. Mucho.
Le otorgaba eso.
Y mientras seguía leyendo todo tipo de artículos sobre el nuevo profesor—cual acosador me sentía—, pensé en cuan interesante sería el encuentro de mañana.
Quizás demasiado.