Todo su mundo volvía a ser gris y aquel dolor que la consumió años atrás, parecía un abismo que quería tragársela entera de nuevo. No podía contener el manantial de lágrimas que se le escapaban, pero se quedó congelada en cuanto al fondo observó un cuadro con su retrato. Se puso de pie acercándose, se vio pintada perfectamente, tocó el lienzo impactada. Salió de la alcoba a toda prisa y al tener el teléfono en manos le marcó a Eliot. Después de un rato le contestó. —¿Dónde estás? Al escucharla hablar en un tono de voz quebradizo reconoció que Fred ya le había hecho saber su renuncia. —Estoy en el aeropuerto, abordaré en minutos. —No quiero que viajes, ven a La Mercedes. Quiero verte. —Señora, no puedo evadir la visita a… —No me importa, que se jodan, tu regresa. —De acuerdo,

