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MIMADA POR EL RECTOR

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Blurb

Lily Hart es un gorrión en un nido de víboras. Tras el brutal accidente de su padre, su única esperanza es una beca en Saint Jude’s, la universidad más exclusiva de Londres, donde el apellido vale más que la vida. Ella esperaba libros y esfuerzo; no esperaba a Maximiliano Cavendish.

Él es el Rector. Es el dueño de la ciudad. Es un lobo vestido con trajes de tres piezas que rige el destino de la élite con una lógica gélida. Hasta que la vio a ella.

Lily es pureza, porcelana y miedo. Para el resto del campus, ella es una intrusa que debe ser destruida. Para Maximiliano, ella es su nueva y más preciada posesión.

Él no solo quiere que estudie; quiere que dependa de su aire para respirar. La colma de lujos que ella no pidió y la protege con una violencia que la estremece. Pero en el oscuro mundo de los Cavendish, nada es gratis. Cada regalo es una cadena y cada caricia es un contrato.

"No me agradezcas todavía, pequeña muñeca. En este lugar, nadie te tocará mientras yo no lo permita... porque solo yo tengo el derecho de deshacerte".

¿Podrá Lily sobrevivir al acoso de la élite cuando el hombre que la protege es el más peligroso de todos?

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EL ACCIDENTE QUE CAMBIA LA VIDA
**MAXIMILIANO** La lluvia de Londres golpeaba los cristales del Bentley con una insistencia rítmica, casi hipnótica. Yo revisaba unos informes financieros en mi tableta, ajeno al caos del tráfico de la hora punta. Mi vida se regía por la precisión y el control; cada minuto de mi agenda estaba calculado para mantener el imperio Cavendish y el prestigio de la universidad en la cima. —Señor, el tráfico está imposible por la zona de Southwark —comentó Arthur, mi chofer, con un tono de nerviosismo que no le conocía. —Tengo una cena con el ministro a las ocho, Arthur. Encuentra una ruta alterna —respondí sin levantar la vista. —Sí, señor. Tomaré el desvío por la calle… ¡Cuidado! El chirrido de los neumáticos contra el pavimento mojado me lanzó hacia delante. El sonido seco de un impacto sordo me heló la sangre. El vehículo se detuvo en seco, cruzado en medio de una calle estrecha y mal iluminada. “Maldita sea, Arthur. ¿Qué has hecho?”. —Señor… yo… no lo vi. Salió de la nada —Arthur temblaba, con las manos pegadas al volante. Me bajé del coche sin importarme que el agua arruinara mi traje de tres piezas a medida. En el suelo, junto a una bicicleta destrozada, yacía un hombre de mediana edad, con ropas de trabajo gastadas. La sangre comenzaba a mezclarse con el agua de lluvia sobre el asfalto. —¡Llame a una ambulancia! —rugió Arthur a los pocos curiosos que se asomaban. —No hay tiempo —dije, acercándome al hombre. Su rostro reflejaba dolor, pero estaba consciente—. Súbanlo al Bentley. Lo llevaremos a la clínica privada de los Sterling. No voy a dejar que muera en la sala de espera de un hospital público. —Señor Cavendish, el protocolo dice que… —empezó Arthur. —¡Al coche! —sentencié. Mis manos, siempre limpias y alejadas del fango, se mancharon de un rojo intenso mientras ayudaba a cargar al hombre. Era un trabajador, alguien que claramente no pertenecía a mi mundo, pero ahora su vida dependía de mí. *** La clínica privada era un santuario de mármol y silencio. El hombre, cuyo nombre supe después que era Thomas Hart, había sido estabilizado. Tenía una pierna rota y varias costillas fracturadas, pero viviría. Me quedé en la sala de espera privada, limpiando la sangre de mis puños con un pañuelo de seda. —Señor Cavendish —la voz débil de Thomas me llamó desde la habitación cuando el médico me permitió pasar—. Usted… usted es el dueño de ese coche, ¿verdad? Me acerqué a su cama. Se veía pequeño, frágil, pero sus ojos tenían una determinación que me sorprendió. —Soy Maximilian Cavendish. Mi chofer cometió un error grave. No se preocupe por los gastos; me encargaré de que tenga la mejor recuperación y una compensación económica que le permita no trabajar el resto del año. El hombre negó lentamente con la cabeza, soltando un quejido de dolor. —No quiero su dinero, señor —susurró—. El dinero se gasta, desaparece. Me crucé de brazos, intrigado. “Todos quieren dinero. ¿Qué clase de hombre es este?”. —¿Entonces qué desea? Le debo una reparación por este accidente. Pida lo que sea. —Tengo una hija. Lily —su rostro se iluminó un segundo a pesar del dolor—. Es… es la criatura más inteligente y pura que conocerá. Ha estudiado toda su vida para entrar en una buena universidad, pero mis manos solo alcanzan para traer comida a la mesa. Ella merece más que este barrio gris. —¿Quiere que le consiga un empleo? —pregunté, asumiendo lo obvio. —Quiero que estudie en su universidad —dijo Thomas, mirándome a los ojos—. He oído hablar de ese lugar, Saint Jude’s. Es para la gente como usted. Ella tiene el cerebro, pero no tiene el apellido. Déle una beca. Démele el futuro que yo no puedo darle. Esa sería mi única compensación. Me quedé en silencio. Saint Jude’s no era para cualquiera; era un ecosistema cerrado de herederos y apellidos de sangre azul. Meter a una chica de barrio ahí era lanzarla a los lobos. Pero la mirada del hombre era la de un padre desesperado. —Hecho —respondí finalmente—. Si es tan brillante como dice, tendrá su beca. Yo mismo me encargaré de su tutela académica. **** Dos días después, estaba en mi oficina principal de la universidad. El escritorio de caoba estaba cubierto de expedientes, pero mi mente seguía en aquella petición. Había investigado a la chica. Lily Hart. Sus calificaciones eran impecables, casi irreales para alguien con tan pocos recursos. Llamaron a la puerta. —Adelante —dije, sin apartar los ojos de la pantalla de mi ordenador, mi voz sonando con la habitual monotonía del mando. Escuché el clic suave de la puerta de roble al abrirse, seguido de unos pasos vacilantes que apenas hacían ruido sobre la alfombra persa. Había esperado a una chica agradecida, quizás un poco abrumada por la opulencia de mi despacho en Saint Jude’s. Estaba preparado para despacharla con un par de frases condescendientes sobre el “esfuerzo” y la “oportunidad”. Pero entonces, levanté la vista. El mundo pareció detenerse, y el aire atrapado en mis pulmones se volvió fuego. En el umbral no había una estudiante; había una aparición. Una criatura tan jodidamente perfecta que mi mente lógica quedó anulada en el acto. Tenía el rostro de una muñeca de porcelana de la era victoriana: la piel de un blanco tan puro que parecía que se rompería si la tocaba, y unas mejillas teñidas de un rosa natural, sin rastro de maquillaje. Pero fueron sus ojos. Dios, sus ojos. Eran de un verde claro, casi translúcido, como el cristal de una esmeralda antigua. Cuando se clavaron en los míos, sentí un impacto físico en el pecho, un golpe seco. Mi corazón, siempre rítmico y calculador, traicionó su propia naturaleza y comenzó a martillear contra mis costillas con una violencia desconocida. Se me aceleró el pulso, y una ola de calor posesivo me recorrió la columna vertebral. “Maldita sea… Es una muñeca viviente”. Me puse de pie con un movimiento instintivo, rodeando el escritorio sin dejar de mirarla. Ella dio un paso atrás, asustada, y el movimiento hizo que una trenza rubia y desordenada cayera sobre su hombro. Se veía tan pequeña, tan frágil bajo el vasto techo abovedado de la oficina. Tenía la inocencia escrita en cada línea de su cuerpo, una pureza que en mi mundo era tan rara como un eclipse total. Y yo… yo me sentí como un lobo hambriento que acaba de encontrar, en medio de la nieve, la criatura más dulce y desprotegida del bosque. No quería solo protegerla, quería poseerla. Quería devorar esa inocencia y ver si sus ojos verdes seguían brillando con la misma luz cuando estuviera bajo mi control. —¿Señor Cavendish? —Su voz fue un susurro, tan suave que tuve que inclinarme ligeramente para escucharla. Al decir mi nombre, su boca dibujó una forma que me hizo desear cosas que un rector no debería desear de una alumna. —Tú eres Lily Hart —dije. Mi voz ya no era fría; era baja, ronca, con un matiz peligroso que ella, en su infinita inocencia, pareció no notar. —Sí… Mi padre me contó… lo de la beca. No sé cómo agradecerle. —Ella apretó las correas de su mochila gastada contra su pecho, como si ese trozo de tela pudiera protegerla de la intensidad de mi mirada. Me acerqué más, rompiendo cualquier barrera de espacio personal. Podía olerla. No olía a los perfumes caros de la alta sociedad británica; olía a jabón neutro, a papel viejo y a vainilla. Un aroma simple que me resultó más embriagador que el mejor whisky. —No me agradezcas todavía, Lily —le dije, mientras extendía una mano, dudando un segundo antes de acariciar la suavidad de su mejilla con el dorso de mis dedos. Ella se estremeció, un pequeño temblor que recorrió todo su cuerpo, pero no se apartó. Sus ojos verdes estaban fijos en los míos, llenos de una confianza ciega que me hizo sonreír internamente—. No tienes idea de lo que te espera aquí. “Pobre niña. Crees que has entrado en el cielo, pero acabas de firmar un contrato con el diablo”. —Yo… solo quiero estudiar. Mi padre dice que soy inteligente —balbuceó, con las mejillas ardiendo. —Oh, lo eres. Pero en Saint Jude’s, la inteligencia no es suficiente. Necesitas poder. Y yo… —me incliné hacia su oído, dejando que mi aliento rozara su piel—… tengo todo el poder que necesitas. Vas a ser mi pequeña protegida. Mi consentida. Y nadie, absolutamente nadie, te tocará mientras yo no lo permita. La chispa de mi obsesión estaba encendida, y no había vuelta atrás. Ella era mía. Desde el momento en que sus ojos verdes cruzaron la puerta, Lily Hart había dejado de ser una becada para convertirse en mi posesión más preciada. Y yo, el lobo, estaba listo para la caza.

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