+*+*+*+*+*+*+*+*+ La conversación había terminado. El llanto y la confesión se habían disuelto en la urgencia. La verdad, aunque dolorosa, había actuado como un poderoso afrodisíaco. Nos pertenecíamos, no por un contrato, sino por la devastación mutua. Alejo me había depositado en la cama, y la suavidad del colchón (un lujo en este apartamento) fue el único testigo de nuestra rendición. Mi corazón latía desbocado, no de miedo, sino de la necesidad cruda de su piel, de su cuerpo, de la confirmación física de que la separación había terminado. Sus labios eran un fuego que recorría mi cuello. Mi cuello, que había sostenido mi cabeza altiva durante semanas, ahora se arqueaba en sumisión placentera. Sus besos no eran solo pasión; eran una forma de reclamación y disculpa simultáneas. Cada toq

