Toda mi narrativa se desmoronó. Mi rabia, mi sarcasmo, mi independencia recién descubierta; todo estaba basado en la mentira de que él me había abandonado por codicia y desinterés. Si la verdad era el encarcelamiento y la incomunicación, entonces yo había estado luchando contra un fantasma. —Lo siento mucho, Luna. Siento haberte hecho sentir tan mal. Siento haberte hecho creer que no te quiero. Amor, lo lamento. Te amo demasiado. Se levantó del sofá, sus ojos llenos de súplica. Se arrodilló frente a mí. Me tomó las manos, sus dedos fríos y ásperos de la reciente tensión. Me miró, pidiendo perdón con cada fibra de su ser. —No tenías por qué hacerlo, amor. Nunca debiste pasar por esto. La verdad me golpeó como un tsunami. No era solo la confesión del encarcelamiento, sino la mención de

