Justo cuando estaba echando el café a la cafetera, sentí unas manos firmes en mi cintura. Un escalofrío me recorrió la espalda. Una voz ronca y profunda, cargada con el sueño y el deseo de la mañana, susurró a mi oído: —Buenos días. Sonreí automáticamente. Sabía quién era. Me di media vuelta, sintiendo que la toalla era ahora mi única armadura. Mis ojos se abrieron, no de sorpresa, sino de admiración. Ahí estaba él: completamente desnudo, cubierto solo por una toalla blanca enrollada precariamente a su cintura, mojado de la ducha. Gotas de agua se deslizaban por su pecho, que era duro y esculpido. Olía a jabón caro y a él. —Estaba preparando el desayuno y... —empecé a decir, pero mi voz se desvaneció. Mis manos, por reflejo, fueron directo a su pecho duro. El contacto fue eléctrico, u

