— ¡Levántate! Vamos amigo, llego la alegría. No hace falta que abra los ojos para saber quién era el que me levantaba gritándome, a los golpes de juego y sobre todo que me destape de un tirón dejando el cubrecamas de lado. — ¿Qué hora es Nick? — Lo suficientemente temprano y tarde como para levantarse. Vamos debemos ir a desayunar y luego a entrenar. - — Dame solo cinco minutos. – tiro de las sabanas tapándome la cara de los rayos del sol. El maldito idiota abrió la ventana. — Vamos. – insiste. En el segundo que dice eso puedo sentir un increíble peso arriba mío. Me golpea y salta en mi cama, mejor dicho encima de mí, parece un niño de cinco años. — ¿Pero qué haces? – digo destapándome. — Tratando de sacarte tu lindo y maldito trasero de la cama. Vamos quiero ver a mi morocha

