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1723 Words
13 ONCE MESES DESPUÉS No sería lo más adecuado llamarlo "amigo". Todo se había dado de manera espontánea, recordó Santiago mientras compartía unas refrescantes cervezas con aquel muchacho de piel bronceada y ojos verdes. La tarde anterior había jugado su equipo preferido de fútbol. Era una enorme coincidencia verlos jugar contra el equipo de aquella ciudad, justo cuando él y su familia se encontraban allí. Había asistido al estadio en compañía de su papá. No era igual a cuando lo hacían en Bogotá: el estadio del Unión Magdalena era más pequeño, un calor infernal se había adueñado del lugar desde antes de su llegada a formar la fila para adquirir las boletas. La mayoría del público estaba a favor del conjunto local y su Santafé había jugado con el uniforme blanco en lugar de utilizar el acostumbrado rojo. Era la primera vez que los había visto jugar en un lugar que no fuera su ciudad. Durante el partido, Fabio, quien ahora se encontraba frente a él, le había dirigido la palabra en un par de ocasiones. Fueron comentarios acerca de los jugadores, del árbitro, de los directores técnicos, de las acciones del partido, las cosas que usualmente se solía decir en esa clase de situaciones. Parecía una persona amigable, además de dar claras muestras de no importarle que él y su padre fueran hinchas del otro equipo. El partido terminó en empate, con dos goles para cada equipo, y ni siquiera se habían preocupado en despedirse el uno del otro. Ahora llevaban más de media hora conversando en un pequeño grill, con sus miradas enfocadas en las lindas muchachas que, vistiendo sus trajes de baño, o sus pequeños shorts y camisetas, pasaban por el malecón de El Rodadero, el barrio turístico de la ciudad de Santa Marta. Se trataba de una coincidencia. Santiago había entrado a aquel lugar en busca de un refresco, pero al momento de ir en búsqueda de la salida se había encontrado con Fabio, quien, sentado en una de las mesas, no había dudado en saludarlo. " ¿Tú no estabas ayer en el estadio?", le había dicho antes de invitarlo a su mesa. –Bueno, pero ya dejemos de hablar de fútbol –dijo Fabio de un momento a otro–. ¿Estás de turista por acá? Santiago terminó de darle un sorbo a su cerveza antes de contestar. –Sí, por una larga temporada, llegamos anteayer, y creo que vamos a estar por ahí dos meses. Santiago le contó acerca de los planes de trabajo que tenían sus padres en aquella ciudad, lo que los obligaría a estar allí por un periodo de tiempo mayor al que generalmente usaban cuando estaban de vacaciones. Sus excelentes calificaciones en el colegio, además de algunos créditos logrados durante su año de intercambio en Nueva Jersey, le habían permitido graduarse de bachillerato antes de tiempo, y disfrutar ahora de aquellas paradisiacas playas. –Eso suena chévere, ¿pero de hembritas qué me cuentas?, ¿ya conoces a alguna samaria sabrosona? –A nadie, va a tocar que tú me las presentes –el tono de broma de Santiago era evidente. –¿Pero no dejaste novia por allá en Bogotá? –Nada de nada, por ahí me gustaba una cucuteña, pero cuando le eché el cuento me dijo que lo iba a pensar, y después no salió con nada. –Esas cachacas son complicadas, pero de pronto te puedo presentar a alguien por ahí –los ojos verdes de Fabio se concentraron en un par de lindas muchachas que pasaron por el malecón. –Cuando quieras… ¿Y tú andas con alguien? –No, nada de nada, la última me echó… Ya hace ratico –dijo Fabio entre pequeñas risas–. Era una francesita linda… En todo caso ya no está por aquí. –¿Te gustan las extranjeras? –Primo, me gustan todas, no importa de dónde vengan. ¿Pero por qué? ¿A ti te gustan? Santiago recordó inmediatamente lo que había sucedido el año anterior con Carrie. –Me gustan mucho, especialmente una –finalmente contestó con su mirada perdida en el horizonte. –´erda… Cuéntamelo todo. Santiago pidió una nueva ronda de cervezas antes de empezar su relato. Con pelos y señales le describió a Fabio todo lo que había sucedido con Carrie, desde el día en que la vio por primera vez en la clase de Mr. Roberts, hasta el día en que la linda niña había sido arrestada. –¿Tú me estás diciendo que tu amorcito traficaba con maracachafa? –preguntó Fabio antes de soltar una carcajada. –Se supone que no… –Mira, primo, si la cogieron con las manos en la masa, eso es por algo. Santiago trató de explicarle lo que ya le había contado: Carrie era una niña buena, la cual muy seguramente había sido culpada por sus compañeros, pero que a la hora de la verdad era totalmente inocente. –¿Pero al fin tu gringuita pagó cana? –Te cuento lo que sé… Todo esto basado en los chismes que llegaron al colegio… –Suéltala, suéltala –Fabio tomó un sorbo de su nueva cerveza. –Parece que el juez no quiso ir muy a fondo. Como que era uno de esos tipos conservadores que detestan las drogas, o que un menor de edad se tome un trago, o que por ahí una pareja baile demasiado pegado… –´erda… conmigo tendría problemas ese man –interrumpió un sonriente y divertido Fabio. –El caso es que decidió mandar a la prisión juvenil a los tres… –Santiago sintió una presión en el pecho, la misma que había sentido desde el momento en que se enteró del arresto de Carrie. –Por la cara que haces, parece que todavía te duele esa vaina… –No lo dudes… El caso es que aquel día, yo me quedé esperando a que me recogiera para ir al cine. Lógicamente nunca apareció. Cuando eran las ocho y media, yo decidí llamarla a ver qué había pasado, pero nadie me contestó el teléfono… Me imagino que todos estarían en la estación de policía. –Cosa dura, primo –Fabio meneó lentamente la cabeza. Santiago asintió antes de continuar. –Supuse que algo malo le había pasado, pero al rato se me vino a la mente que muy seguramente todo había sido una broma… –¿Una broma? –Sí. Lo que pasa es que ella era demasiado linda, tremendo cuerpo, mejor dicho, no había nada malo en ella. Y pues una pelada así de chusca y completa, no creo que se pusiera a caerle a un estudiante de intercambio que no sabía en dónde estaba parado. –Mira, te estás subvalorando. –Pero bueno, después descubrí que no era ese el caso. Al otro día, que era sábado, me dio por llamarla otra vez. Yo me dije a mi mismo: "voy a hacer el último intento, y si no, pues me olvido de ella". Marqué nuevamente su teléfono, pero otra vez no me contestó nadie, entonces llegué a la conclusión de que me había dado un número que no existía. –Eso me pasó una vez, con una morenita sabrosa de Ciénaga, pero bueno, sigue con tu carreta que está interesante. El resto del fin de semana no volví a intentar llamarla, pero el lunes apenas llegué al colegio la busqué. Ese día tenía clase con ella, pero no llegó. Ahí sí supuse que algo malo le había pasado. Total, durante el almuerzo busqué a la mejor amiga de ella, se llamaba Sharon, y ella me lo contó todo… –Santiago agarró su botella y tomó dos sorbos de cerveza. –Oye cuadro, pero ese cuento tuyo suena tronco de trágico. –Yo sé… El caso es que nunca más la volví a ver –la expresión en el rostro de Santiago solo mostró tristeza por un par de segundos. –Pero no sabes si ya salió, mira que esa vaina no es tan tesa. Eran pelados, y solo tenían una bolsita… –Lo normal, según palabras de Sharon y de mucha gente en el colegio, era que máximo les hubieran dado seis meses, pero ese maldito juez les dio dos años. –¡No jodaaa!, sipote problema, pero se la montaron a tu amorcito. –Exacto, todavía debe estar allá encerrada. Solo han pasado como once meses. –Oye, primo, ¿pero tú no tuviste chance de ir a visitarla? –No, eso era bastante lejos, y uno sin carro. Y la verdad es que todavía no teníamos nada, ya sabes, como para tener la confianza de ir por allá, a duras penas habíamos hablado dos veces. Santiago era consciente de estarse confesando con alguien a quien prácticamente no conocía, pero a pesar de haberle contado la mismo historia a todos sus buenos amigos de Bogotá, además de a sus padres y a su hermana, aún sentía la necesidad de desahogarse. Los últimos meses de su estadía en los Estados Unidos, a pesar de haber estos mejorado gracias al viaje de tres semanas que hizo a Pensilvania, en donde se reunió con un par de amigos colombianos que también estaban de intercambio, se vieron opacados por lo ocurrido con la hermosa muchacha. En las pocas ocasiones que tuvo para hablar con Sharon, esta lo convenció de la inocencia de su amiga, de su forma sana y responsable de comportarse, y del enorme interés que él había despertado en ella. "Nunca la había visto tan emocionada con alguien, en verdad que tú le gustas demasiado". Fueron algunas de las frases que le escuchó a Sharon antes del final del año escolar. Pero el día en que le preguntó si había manera de irla a visitar, Sharon le hizo saber que por reglas del sitio en que la tenían encerrada, solo sus familiares más próximos estaban autorizados para verla durante los primeros seis meses, algo que le pareció totalmente absurdo, injusto y cruel. Ahora, sentado en aquella mesa, mientras conversaba con su nuevo amigo y observaba como el sol empezaba a sumergirse en las claras aguas del Mar Caribe, supo que nunca jamás la volvería a ver, nunca jamás volvería a tener la oportunidad de mirarla a los ojos e intentar darle un beso, nunca jamás volvería a saber de ella.
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