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3350 Words
12 –¡Cada día lo haces mejor! Creo que con un par de clases más estarás lista para presentar el examen práctico –el amable instructor se mostró sonriente y complacido con los progresos de su pupila. Carrie agradeció sus palabras, y se apeó del auto pensando en la manera de regresar a casa. Usualmente Mr. Smith la dejaba a las puertas de su morada, pero aquella tarde debía asistir a una reunión en las instalaciones de la escuela, la cual se prolongaría por más de una hora. Su padre se encontraba en el trabajo y no saldría antes de las cinco de la tarde y su madre asistía a la reunión de voluntarios del hospital del condado, motivo por el cual le había dicho que solo a las ocho de la noche podría llevarla a recoger a Santiago. Podría esperar al autobús de los deportistas de la escuela, pero este solía iniciar su recorrido veinte o treinta minutos después de las cinco de la tarde y apenas eran las cuatro y veinte minutos. Sin embargo, cuando se alejaba del extenso estacionamiento, parcialmente desocupado a esa hora, y en el que había estado practicando al volante del nuevo Ford Tempo, modelo 1983, se fijó en una pareja que venía saliendo del edificio principal de la escuela. Se trataba de Julie y Greg, quienes parecían estar riendo. Instantes después se encontró a pocos pasos de ellos, y aunque pensó que lo mejor sería saludar brevemente con un movimiento de su mano y seguir en su camino, Julie se le acercó y la saludó efusivamente. –¡Amiga! ¿Qué haces por aquí? –Acabo de terminar mi lección de conducción, pero Mr. Smith no me pudo llevar a la casa, tiene una reunión… –No te preocupes, ¿cierto que la podemos llevar? –preguntó Julie volteando a mirar a su amigo. Este se limitó a asentir con un sutil movimiento de cabeza que vino acompañado por una pequeña sonrisa. Al montarse en la vetusta camioneta Chevrolet 56, Carrie pudo notar el fuerte olor a m*******a. Era más que obvio que su propietario no tenía problema alguno cuando de fumar dentro de su vehículo se trataba. Siendo clara la poca simpatía que podía sentir por el amigo de Julie, Carrie prefirió mantener su boca cerrada durante el trayecto. Mantenía su pensamiento enfocado en Santiago, a quien había visto cuando la camioneta pasó al frente de las canchas de tennis en su búsqueda de la salida vehicular de la escuela. Los breves instantes alcanzaron para verlo correr ágilmente de un lado a otro de la cancha blandiendo la raqueta con la velocidad, la precisión y la fuerza que solo un verdadero atleta podría exhibir. No pudo frenar su emoción al recordar que en pocas horas estaría compartiendo con él. Su sonrisa lo expresaba todo, y las mariposas en su estómago no paraban de revolotear. Sin embargo siguió creyendo que sería mejor mantener la boca cerrada delante de Greg, no mostrar sus emociones, y rogar para que el recorrido a casa se realizara lo más rápido posible. –Estás muy callada esta tarde, Carrie –fueron las palabras pronunciadas por su amiga. –Solo estoy un poco cansada… –dijo ella volteando a mirar a su amiga, quien se encontraba sentada entre ella y Greg. –¿Y cómo va tu historia con Santiago? Pensó que lo último que quería era abordar el tema delante del personaje que se encontraba al volante. –Todo bien, nada especial –Carrie respondió y volteó a mirar a través de la ventanilla. La camioneta avanzaba por la estrecha carretera secundaria, la cual atravesaba campos, fincas y haciendas. En algunas partes se encontraba bordeada por pequeñas casas con amplios jardines ocupados por viejas bicicletas, coloridos enanos de yeso, autos de modelos de la década anterior, y uno que otro columpio colgando de la rama de un árbol; todo lo que usualmente se podía ver en las viviendas de la clase media rural de aquella parte del estado. –¿Pero ya le hablaste? –preguntó una insistente Julie. –Ya déjala, es que no te das cuenta que no quiere hablar –intervino con tono vehemente Greg. Carrie pensó que jamás podría salir con alguien como el amigo de Julie. Así Greg no estuviese bajo la sospecha del uso y el comercio de sustancias prohibidas, su forma de vestir, la cual generalmente constaba de botas negras, un jean desteñido con manchas de grasa y una camiseta negra, no ayudaba para nada a su ya de por sí decaída imagen. Con su cabello liso, el cual le llegaba hasta los hombros y que parecía no conocer los favores del champú, su blanca piel que muy seguramente desconocía los beneficios del sol, y un rostro sin gracia alguna y que solo hubiese podido inspirar a la más necesitada de todas, lo encontraba a miles de millas de distancia de la linda y cautivadora imagen de Santiago. En realidad no entendía la razón por la que, durante los últimos días, Julie no se apartaba de aquel personaje. Era lo suficientemente linda para lograr salir con el más atractivo de todos. Su esbelta figura solo irradiaba belleza, y hasta se podría decir que tenía la simpatía suficiente para ser aceptada en cualquier lugar. Entonces un oscuro pensamiento se le vino a la mente: ¿Sería posible que su amiga estuviese desarrollando adicción a alguna de las drogas que Greg consumía? Pero la imagen de ella no había tenido el más mínimo cambio, en ningún momento. ¿Y no se suponía que aquellas drogas producían grandes cambios físicos en los que las consumían? Su mirada era la misma de siempre, sus ojos azules lucían atentos y llamativos, no parecía haber perdido peso, su manera de hablar, además de su forma de ser, seguían siendo las mismas, su comportamiento no distaba en nada del que siempre había tenido. Faltaba sumar a todo el hecho de que una niña adinerada, o de padres adinerados como lo era Julie, no pasaría el tiempo con alguien como Greg, quien claramente venía de las zonas menos favorecidas del condado. –Oh, oh, tenemos un cerdo detrás –los pensamientos de Carrie fueron interrumpidos por las palabras de Greg. Julie se movió en la silla incómodamente mientras volteaba a mirar a través de la ventanilla posterior. Para Carrie fue evidente, al mirar por el espejo lateral, la presencia de un vehículo de la policía siguiéndolos a escasos metros. Pero su preocupación llegó unos segundos después, faltando solo dos cortas calles para llegar a su casa, cuando las luces rojas y azules de la patrulla se encendieron. Era la inequívoca señal de que debían detenerse a un costado de la carretera. Solo se le ocurrió pensar que lo más conveniente sería que Greg tuviera todos los documentos en regla y de esa manera evitar que el aburrido contratiempo se pudiese prolongar. El casi que obeso policía de bigotes y cabello oscuro iba acompañado de un agente de cabello rubio que hubiese podido estar protagonizando una película de Hollywood. Se acercaron lentamente a la camioneta, la mirada del gordo puesta en el joven conductor mientras su compañero se concentraba en los detalles del vetusto vehículo. –Licencia y registro –dijo el gordo sin preocuparse ni siquiera por saludar. –¿Cuál es el problema, oficial? –Greg no parecía estar nervioso. –¿No escuchaste lo que dije? –Preguntó el policía gordo mostrando una expresión amenazante. Greg bajó la cabeza y no demoró en sacar su billetera del bolsillo trasero del pantalón antes de extraer los dos documentos y pasárselos al policía. Este los tomó y los leyó lentamente. Carrie, mientras tanto, se fijó en los movimientos del policía rubio: este no paraba de mirar con recelo las oxidadas latas del vehículo y las mal gastadas llantas. Pero cuando estaba a pocos pasos de la ventanilla por la que ella miraba, fijó sus ojos claros en los de ella a través del espejo lateral. Le ofreció una breve sonrisa y continuó inspeccionando el vehículo. Instantes después pasó frente a ella dirigiéndose hacia la parte delantera y volvió a sonreírle. "Es bien lindo, pero muy mayor para mí, además esta noche voy a salir con Santiago". –Por favor bajen todos del vehículo, necesitamos revisarlo –las palabras del gordo de bigotes interrumpieron los pensamientos de Carrie. –Vamos, oficial, ¿Por qué no gasta su tiempo persiguiendo verdaderos delincuentes? –Julie parecía estar muy segura de sus palabras. Sin embargo el policía gordo no le prestó atención y se echó hacia atrás al mismo tiempo que abría la puerta del conductor esperando a que este y sus acompañantes descendieran. –¿Debo bajarme, oficial? –le preguntó Carrie al policía de cabello rubio, quien había dejado de inspeccionar los costados del vehículo y ahora se encontraba parado a pocos pasos de la puerta de ella. –Así es, es solo una inspección de rutina, no tardará mucho –le respondió el policía sin perder su linda sonrisa. Carrie se bajó de la camioneta utilizando su puerta, le sonrió al agente y dio la vuelta para encontrarse con sus compañeros. El policía gordo, antes de meter las narices en el vehículo, se dirigió a Greg: –No me gusta como huele tu camioneta, parece que aquí han estado fumando hierba –palabras que lograron poner nerviosa a Carrie. Jamás había probado ninguna clase de alucinógeno a pesar de que se lo habían ofrecido en varias ocasiones. En medio de un nerviosismo que se iba incrementando con el paso de los segundos, observó la manera cómo el gordo inspeccionaba la guantera de la camioneta mientras el rubio se fijaba en el par de baldes y las herramientas que Greg mantenía en el platón. –Todo en orden por acá –dijo el policía rubio pocos segundos después. El gordo, revelando la expresión que se podría ver en cualquier espía de una película sobre la guerra fría, enfocó su mirada de sabueso en el hueco que se encontraba debajo de la banca. Sacó su linterna, aunque faltaban varias horas para oscurecer, e iluminó aquel, hasta ese momento, oscuro espacio. Sacó con cuidado una caja metálica de color rojo, la colocó sobre la banca de color n***o y la abrió para no encontrar más que un par de llaves, un destornillador y un martillo. La volvió a cerrar, pero antes de seguir buscando se dirigió a su compañero. –Mark, por favor requísalos, estoy seguro que uno de estos debe llevar droga. –Alguacil, no puedo requisar a las muchachas… –Ya lo sé, ya lo sé –el gordo levantó la mirada y fijó sus oscuros ojos en su compañero–. Solo has que vacíen sus bolsillos y sus morrales, aunque al conductor sí lo puedes requisar. No tardaron Carrie y Julie en desocupar sus morrales ante los ojos del joven policía de cabellos rubios. Libros, cuadernos, esferos, lápices, hojas sueltas, hebillas para el cabello, bolsas para maquillaje, pequeños espejos y loncheras desocupadas fue lo único que Mark encontró. –¿Estamos en problemas? –la voz de Carrie, dirigida al policía rubio sonó como algo más que un susurro. –No te preocupes, es solo una inspección de rutina –respondió él sin perder la sonrisa, pero el momento fue interrumpido por las palabras del gordo. –Bueno, bueno, ¿pero qué tenemos aquí? –de sus gordos dedos colgaba una bolsa plástica con lo que a Carrie le pareció una buena cantidad de m*******a. –Eso no es mío –se apresuró a decir Greg–, debe ser de ella –su dedo índice señaló claramente a Carrie. La muchacha de los ojos claros y el cabello oscuro sintió cómo su corazón empezaba a latir fuertemente y todo le daba vueltas, y sin embargo sacó fuerzas para dirigirse al policía en sobrepeso. –¡Él está loco!, a mí solo me estaban llevando a casa, eso no es mío. El policía, sin poner mucha atención a lo que Carrie decía, levantó la bolsa a la altura de sus ojos, la miró detalladamente por un par de segundos antes de decir: –Aquí hay suficiente para una fiesta de una semana… Es evidente que el que sea dueño de esto es más que un simple consumidor, es alguien que la está vendiendo. El agente de cabello rubio avanzó hasta quedar al lado de su compañero, se quedó mirando a los tres muchachos y arrugando los labios meneó lentamente la cabeza. –Ya les dije que eso no es mío… –pero las palabras de Greg fueron interrumpidas por el gordo. –Es mejor que guardes silencio, creo que los tres van a tener que acompañarnos a la estación. –Oficial, le aseguro que eso no es mío, por favor créame –dijo Carrie mientras las lágrimas empezaban a brotar–, se lo juro. –Muchacho, ¿estás seguro que esa bolsa no es de tu pertenencia? –le preguntó el oficial rubio a Greg. –Nunca la había visto –contestó el dueño de la camioneta. –No tienes por qué implicar a tus compañeras, si estás mintiendo va a ser peor para ti –Mark se acercó un par de pasos a Greg. –Julie me conoce muy bien –Greg dirigió su mirada a la linda rubia, quien no paraba de mirar a un lado y a otro exhibiendo una nerviosa expresión en su rostro–, ella sabe que eso no es mío. –¿Qué tienes que decir? –la pregunta de Mark iba dirigida a la rubia, quien antes de contestar miró por un breve instante a su amiga. –Yo vi cuando ella traía esa bolsa y la puso debajo de la silla, Greg no tiene nada que ver, solo estábamos llevándola a su casa. Carrie no podía creerlo, la muchacha que consideraba una de sus mejores amigas la estaba implicando en algo en lo que ella no tenía absolutamente nada que ver y que podría mandarla a un centro de detención juvenil por mucho tiempo. –¡Julie! ¿Qué estás diciendo? Tú sabes que eso no es mío, yo no tengo nada que ver –sus ojos, repletos de lágrimas, se dirigieron a su amiga para después voltear a mirar al policía rubio–. Señor agente, se lo juro, yo no tengo nada que ver, le repito que solo les pedí que me acercaran a mi casa. Ante el silencio y la mirada desconcertada de Mark, el policía gordo fue quien habló. –Nos va a tener que acompañar, señorita –el policía gordo dirigió su oscura mirada hacia Carrie. –Soy inocente, oficial… –las palabras de la linda niña fueron interrumpidas por la manera como cayó al piso de rodillas. Puso su rostro entre sus manos y sus lágrimas fueron acompañadas por un fuerte llanto. –Arréstala –el gordo dirigió sus palabras a su compañero para luego hablarle a los otros dos–: y ustedes van a tener que declarar por escrito lo que me acaban de decir. Carrie sintió como el oficial del cabello rubio halaba suavemente de su brazo derecho para obligarla a ponerse de pie. En seguida sintió lo que jamás hubiese querido sentir: la presión y el frio de las esposas contra sus muñecas. No lo podía creer, y menos a sus escasos diez y seis años. Nunca había sido una muchacha descarriada, jamás había probado alucinógeno alguno, solo había probado la cerveza en un par de ocasiones, obedecía a sus padres, se esforzaba por sacar buenas calificaciones en la escuela y ni siquiera había tenido su primer novio. Pero ahora se veía esposada con las manos en su espalda, como la peor de las criminales. Sus lágrimas no dejaban de brotar mientras rogaba a sus agentes para que no la detuvieran. Pero las amables sonrisas de Mark se habían convertido en la dura expresión del agente del orden que cumple con su deber. –¿Por qué haces esto, Julie? Yo soy tu amiga, ¿acaso no valgo más para ti que ese vendedor de drogas? –dijo Carrie mirando a los ojos a su compañera. Pero antes de que Julie, quien miraba la escena con los mismos ojos con que hubiera mirado la llegada de los extraterrestres a su patio trasero, pudiera volver a pronunciarse, el policía gordo increpó a la muchacha que estaba siendo detenida. –¿A qué te refieres cuando dices que este muchacho es un vendedor de drogas? –Oficial –respondió Carrie entre sollozos–, toda la escuela lo sabe, yo le juro que nunca he probado nada de eso, pero se rumora que todos los que necesitan droga se la compran a él. –¿Estarías dispuesta a declarar lo que acabas de decir en una corte? –preguntó el gordo sin quitarle la mirada de encima. –Claro que lo haría… –Eso es mentira, oficial. Son solo chismes que la gente adinerada de la escuela se ha inventado, yo nunca he negociado con drogas –interrumpió un exaltado Greg. –¿Es verdad lo que dice alguno de ellos? –ahora el oficial en sobrepeso dirigía su mirada a Julie. La joven rubia, mordiéndose el labio y sin ser capaz de mirar a ninguno de sus compañeros, contestó con algo más que un susurro. –Greg dice la verdad, él no tiene nada que ver con drogas, son solo los ricos de la escuela, son algo prejuiciados por la ropa y el auto que él conduce. –¡Julie! –gritó Carrie sintiendo cómo la desesperación invadía todo su ser–, ¿por qué me haces esto?, ¿qué te cuesta decir la verdad? Pero Julie no quiso hablar más, su mirada estaba clavada en el piso. –¿A qué se debe el intenso olor a m*******a en la camioneta? –preguntó el oficial de cabello rubio. Su pregunta, a juzgar pos su mirada, iba dirigida a los tres muchachos. –Cuando ella se subió ya estaba fumando esa hierba –se apresuró a responder Greg señalando con su dedo a Carrie. –¡Ya deja de mentir! ¿Es que no te da pena mandar a una persona inocente a prisión? –las palabras de Carrie sonaban desesperadas. –Si lo que dices es verdad, los ojos de tu compañera tendrían que estar rojos antes de que empezara a llorar, y creo que ese no era el caso –dijo Mark para luego dirigirse a su compañero –: ¿No le parece, alguacil? –Supongo que sí, pero ahora con ese llanto es casi imposible darnos cuenta, pero lo que es evidente –dijo el gordo fijando su mirada en los rostros de Greg y Julie– es que estos dos no los tienen rojos. –Yo no he probado nada de eso –la voz de Julie sonó un poco más fuerte. –Alguacil, todo esto es muy confuso, no creo que sea nuestro deber ponernos a juzgar. –Tienes razón, creo que lo mejor será que un juez decida lo que aquí sucedió –dijo el policía gordo. Sin importar las quejas, protestas y gritos, los policías decidieron arrestar a los tres muchachos. Minutos después, esposados y compartiendo la banca trasera del auto de la policía, fueron conducidos a la estación de Clinton. Carrie, a pesar de encontrarse envuelta en lo que consideraba como la peor situación vivida en sus diez y seis años, no se olvidó de la cita que muy seguramente no podría cumplirle a Santiago. Sabía que lo que se avecinaba no sería nada fácil de resolver: sus padres iban a estar furiosos y seguramente tendrían que gastar mucho dinero para sacarla de aquel problema, y sin embargo en su mente hubo espacio para acordarse de aquel lindo muchacho que tanto la había deslumbrado. Ahora solo rogaba por salir rápido de esta situación y tener la oportunidad de volverlo a ver antes de que él regresara a su país.
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