Capítulo 2: La estación y el golpe

1266 Words
Era un miércoles cualquiera, uno de esos días grises en Santiago donde el cielo parece pesar sobre los hombros de quienes caminan de prisa y con el alma a medias. Rafael caminaba hacia la estación Parque O’Higgins con el cuerpo cansado y la conciencia entumecida. No recordaba el nombre de la mujer que había despertado junto a él esa mañana, pero tampoco parecía importarle Pero, lo que sí tenía claro era que debía llegar a tiempo. Cori lo esperaba para ser acompañada a un control médico, ese era el trato aunque el amor, en su vida, siempre viniera con letra chica. Sacó un cigarro antes de bajar las escaleras del metro e inspiró profundo, pensando en como el humo podría exhalar algo del peso que llevaba encima. Se preguntó cuánto más podía sostener esta vida de equilibrios imposibles, de verdades a medias y de afectos repartidos entre dos mujeres que en el fondo, no le pertenecían. Al bajar... la vio. No a Cori sino, a ella...a Estefanía. Todavía no sabía su nombre, ni su historia. Solo la vio de pie, cargando su tarjeta Bip! con una mochila al hombro y el ceño levemente fruncido. Hablaba por teléfono con voz baja, apurada y con esa manera de mirar a todos sin realmente ver a nadie. Había algo en su forma de estar en el mundo que le llamó la atención, como si supiera defenderse sola, pero igual llevara las defensas siempre levantadas y en medio del ruido, el murmullo del metro, las pantallas informativas y el olor metálico de los pasillos subterráneos, fue entonces cuando ocurrió... un hombre se acercó por detrás, fue rápido y sigiloso. Rafael lo vio con la claridad de quien está acostumbrado a los atajos de la calle y al lenguaje del peligro. El ladrón extendió la mano y en un segundo le arrebató el celular a Estefanía. Ella apenas pudo reaccionar, giró confundida mientras él ya corría escaleras abajo, directo hacia la salida. Rafael actuó sin pensar, en un solo movimiento, estiró la pierna con precisión casi quirúrgica y el tipo tropezó con violencia, rodando por las escaleras como un saco de huesos mal armado. El celular voló por los aires y cayó justo a los pies de Rafael, lo tomó con naturalidad y comenzó a subir las escaleras pero no alcanzó a llegar al segundo escalón cuando sintió un golpe seco en la mandíbula. Estefanía, aún en shock creyendo que ambos venían juntos, le propinó un puñetazo con toda la fuerza que da el susto, la rabia y la impotencia. Rafael retrocedió un paso sorprendido, mientras ella lo increpaba a gritos. —¡Devuélveme mi celular, maldito! —gritaba, con los ojos encendidos, la respiración entrecortada y el acento extranjero vibrando con toda su fuerza. —¡Señorita, él se lo recuperó! —intervino una mujer que había presenciado completamente la escena—. !Él lo detuvo, yo lo vi!. Estefanía miró al suelo, luego a Rafael. El ladrón se levantaba tambaleante unos metros más allá, pero al ver a los guardias acercarse, salió corriendo sin mirar atrás. Rafael tenía la mano marcada en la cara y una sonrisa torcida en los labios. —Tiene la mano dura señorita —bromeó. Estefanía se sonrojó hasta las orejas. —¿Venezolana, cierto? —preguntó él, con una mezcla de curiosidad y ternura. —¡Sí! ¿Por qué? —Porque nunca me habían insultado tan bonito —respondió y ahí, en medio del caos cotidiano del metro, ambos rieron, con esa risa nerviosa que se suelta cuando el cuerpo está lleno de adrenalina, cuando no sabes si lo que sientes es susto o alivio, o ambas cosas a la vez. Ella se disculpó con sinceridad, con una mezcla de vergüenza y gratitud y le prometió una hamburguesa como compensación por el golpe. Le dio la dirección de su trabajo, un local pequeño ubicado en Estación Central y agregó, medio en broma, medio en serio que estaría esperando su visita. Rafael, aún con el celular en la mano y la mandíbula algo adolorida, prometió que un día iría por su premio y se despidieron. Ella con su mochila al hombro y una sonrisa tímida, se perdió entre los vagones y él tocándose la cara, sacó su teléfono y llamó a Cori. —Me retrasé un poco, cambio de planes. Te alcanzo en el consultorio —le escribio. Al llegar, ella ya estaba saliendo del control con su sonrisa fingida y sus ojos de siempre. Hablaron poco, Cori no preguntó por la marca en su rostro y Rafael en tono de broma, dijo tener "regeneración rápida". Ella rodó los ojos, lo tomó del brazo y caminaron juntos un trecho a simple vista parecían una pareja como otras, un par de adultos funcionales, con planes a medio construir y promesas hechas en susurros, Pero lo cierto, es que eran dos náufragos agarrándose al mismo pedazo de tabla, fingiendo que aún sabían nadar. —¿De verdad quieres un hijo? —preguntó ella, como quien tantea el hielo antes de caminar sobre él. —¿Uno?...Pensé que serían más— bromeó él. —Quiero que sea tuyo, Rafael pero, tienes que dejar a tu esposa. —Cuando tú dejes a tu marido, hablamos —respondió él, sin dejar de sonreír. Era una relación extraña, tan cómplice como cobarde. Dos personas que se encontraban en los bordes de sus propias vidas, como si entre las ruinas pudieran construir algo que pareciera amor, como si el cariño a destiempo pudiera valer lo mismo que el amor en su hora justa. Esa noche, Rafael no dejaba de pensar en la chica del metro, en su rostro encendido, en sus palabras llenas de orgullo, en el golpe que aún sentía como un eco dulce. Le parecía curioso cómo, en medio de la rutina y el tedio, algo tan fugaz podía removerle tanto. Cori le envió un mensaje: “Nos vemos mañana Te amo”. Tati, su esposa, también le escribió: “No olvides mañana hay reunión en el colegio”. Él respondió a ambas con un escueto “Okis”. y mientras la noche caía sobre Santiago, Rafael miraba la nota que había escrito en su celular: “Local en Estación Central, Hamburguesa pendiente de Venezolana con manos fuertes”. No sabía por qué lo había anotado, ni siquiera sabía si en realidad volvería a verla, pero algo en su interior ya había comenzado a moverse, algo que no tenía nombre, pero que le dolía con suavidad. Una clase de punzada en el pecho que no era exactamente culpa, deseo, ni nostalgia… pero que llevaba un poco de todo eso y sin saberlo, también en el de ella. Porque esa noche, Estefanía volvió a casa más tarde de lo habitual y le contó del robo entre risas a su Madre y hermana. exageró un poco sobre el golpe que dio, y omitió —sin entender por qué— el detalle de su conversación con ese desconocido. Pero mientras intentaba dormir, la imagen de aquel hombre quedó suspendida en su mente: su sonrisa torcida, su manera de mirar, su forma de no enojarse ante el malentendido. Le dolía la mano, le dolía el día pero más que nada, le dolía esa intuición muda de que algo se había abierto sin querer y aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, ese encuentro mínimo, ese cruce de miradas en una estación cualquiera, había sido el inicio de algo mucho más profundo. Porque a veces, los golpes que más marcan, no son los que duelen… sino los que despiertan.
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