Dicen que los cuentos de amor comienzan con fuegos artificiales, mariposas en el estómago y miradas que quitan el aliento, al menos eso cuentan las películas, los libros y las canciones, pero, la historia de Estefanía estaba hecha de silencios, de despedidas abruptas y de cicatrices invisibles.
Nunca hubo fuegos artificiales, solo explosiones de miedo.
No hubo mariposas, sino punzadas de hambre y su primera mirada de amor, si acaso alguna vez existió, se la robó el tiempo y el terror.
Estefanía no era de las que creían en el amor a primera vista o tal vez sí, pero había aprendido a negarlo, desde muy joven comprendió que amar podía costar caro, en su casa no hubo príncipes ni hadas, solo un ogro que olía a licor barato y golpeaba con palabras más duras que sus puños.
Su padre, un hombre que nunca mereció ese título, dilapidaba los pocos dólares que ganaba en su vicio, sin importar si había pan en la mesa o fiebre en la frente de su hija menor.
Su madre Rosario, era el reflejo de una mujer rota, pero no vencida, callada, ojerosa, con las manos marcadas por el trabajo y el corazón astillado por los años, aun así, se negaba a rendirse.
Estefanía la veía tejer, incluso cuando el cansancio la doblaba.
Tejía para olvidar, para alimentar, para sobrevivir y aunque no siempre lo decía, ella sabía que cada puntada era una promesa a sus hijas: "un no todo siempre será oscuridad" y su enfermedad llegó como una traición más.
El cáncer no espera a que las cosas estén mejor.
Rosario, enferma y aún luchando, tomó una decisión desesperada: escapar, pero no lo hizo por la crisis que azotaba su amada Venezuela, lo hizo para salvar a sus hijas de un infierno cotidiano que ya era insoportable
Una noche cualquiera simplemente huyeron: una mochila, unos documentos y un par de lágrimas contenidas fue todo lo que cargaron.
Se unieron a una de las tantas caravanas humanas que cruzaban fronteras en busca de dignidad y Perú fue su primer destino, el cuál parecía una verdadera oportunidad.
Había esperanza, sí. pero también monstruos disfrazados de migrantes.
Emiliana la pequeña de la familia, la luz de los ojos de Estefanía, fue atacada una noche por uno de aquellos hombres que también huían.
No hubo justicia, no hubo ley que las protegiera. solo dolor y rabia.
Rosario, deshecha pero furiosa, tomó a sus hijas y huyó otra vez, en está ocasión el destino sería Chile.
El norte chileno las recibió con viento seco y tierra roja, Allí conocieron a Mercedes, una mujer generosa que tras escuchar su historia, las ayudó sin pedir nada a cambio.
Rosario tejía con arte, con alma y pronto sus manos se convirtieron en sustento. Mercedes las llevó a Antofagasta, donde vivieron por un tiempo y fue ella quien les habló de Santiago, de sus oportunidades y les ofreció el contacto de su hermana que vivía sola.
Decidieron intentarlo y buscar un nuevo futuro
Estefanía consiguió un trabajo como garzona en un pequeño local, sin contrato ni horario fijo, pero con buenas propinas.
Rosario continuó vendiendo sus tejidos y Emiliana ingresó a un colegio público y comenzó a sonreír nuevamente, con mucho esfuerzo,ese esfuerzo que conoce bien quien emigra y debe comenzar desde cero, lograron establecerse.
El pasado parecía haberse quedado atrás, como una sombra que ya no podía alcanzarlas.
Pero las sombras a veces se cuelan por las rendijas
Estefanía no era feliz, pero estaba en paz y eso, para ella, ya era demasiado.
No soñaba con lujos, ni con vestidos caros ni con un departamento propio, Su mayor ambición era que su hermana pudiera dormir sin sobresaltos, que su madre pudiera reír sin toser y que el miedo no llamara nunca más a su puerta.
Las calles de Santiago eran frías, los cielos grises y el acento le recordaba a diario que era extranjera, aún así, había aprendido a moverse con soltura.
Había conocido la dignidad de los días simples, sabía cuándo tomar el metro, a qué hora no caminar sola, cómo negociar una jornada extra sin parecer necesitada.
Se volvió una experta en sobrevivir.
Hasta que la vida, caprichosa, le presentó otra forma de vivir: "la posibilidad de confiar".
Fue en un día cualquiera, cuando ni siquiera pensaba en nada más que llegar a casa y descansar que Rafael entró en su historia como entran los imprevistos: sin aviso.
No llevaba capa ni armadura, pero sí un gesto noble y un humor que desarmaba, Aquel encuentro, en medio de la violencia urbana de una estación de metro, marcó el inicio de algo que ni ella ni él entendieron al principio "Un ladrón, un celular, un golpe... y un héroe con cara de problemas".
Estefanía no sabía que él era un hombre casado, con un hijo y dos vidas paralelas.
No imaginaba que tras ese gesto de valentía se escondía una historia llena de mentiras, contradicciones y culpas.
Ella Solo vio a un hombre distinto, uno que por primera vez en mucho tiempo, no pedía nada...Solo quería estar y a veces, eso basta para encender una chispa en medio del invierno.
Ella le ofreció una hamburguesa como compensación por el golpe que, sin querer, le había propinado.
Él prometió pasar a cobrar su recompensa y aunque todo pareció un juego, en el fondo, ambos sabían que algo se había movido muy dentro, muy en serio.
Así comenzó esta historia. No con fuegos artificiales, ni con promesas de amor eterno Sino, con una mujer agotada de huir y un hombre cansado de mentirse y aunque el camino sería largo, accidentado y lleno de decisiones difíciles, ese primer cruce de miradas en la estación Parque O'Higgins se quedó grabado en el corazón de ambos
Porque a veces, el verdadero comienzo no es cuando se conoce a alguien sino, cuando uno empieza por fin, a sentir que merece algo mejor.
y esa fue la primera vez en muchos largos y crueles años que Estefanía se lo permitió.