Yo estaba sentada frente a la mesa de la cocina removiendo el humeante café con leche del desayuno, en bata y con los pelos alborotados de la cama. Después confeccioné la lista de la compra mientras me fumaba el primer cigarrillo del día. Me duché, me arreglé, me vestí informalmente y salí al mercado. Cuando regresé a casa con la compra serían las 13:30 horas del mediodía. Subí en el ascensor hasta la octava planta, donde se encuentra mi domicilio. Al salir de la cabina del ascensor, en el rellano de la escalera, me encontré con un chico de la edad de mi hijo, que parecía esperar a alguien. Cuando me vio introducir la llave en la cerradura de la puerta de mi piso, se dirigió a mí preguntándome si allí vivía Oscar. Yo le respondí que era mi hijo. Entonces se presentó educadamente, me dijo

