Capítulo 9: Pablo Santos y la verdad tras aquel embarazo.

1083 Words
Sergio quería decirle la verdad, ser sincero en cuanto a su jefe, hablar sobre sus motivos, sus razones verdaderas sobre aquel futuro hijo legítimo, explicarle que se trataba de un negocio, hablarle sobre la fortuna que heredaría y sobre el interés y afán que inevitablemente Pablo Santos tenía hacia aquel futuro hijo, pero simplemente no podía, no podía ser sincero, no podía arruinar el plan, no podía fallarle a su jefe, no podía acabar con su trabajo, no podía devolver el tiempo, no podía interrumpir aquel embarazo; así que simplemente calló, calló la verdad, los motivos y las razones que su jefe tenía para hacer todo aquello, fingiendo que era algo normal y para nada inhumano, asegurando que él crecería lleno de amor, una familia que lo amaría, un lugar seguro, un futuro pleno... Aunque supiera que Pablo carecía de todo tipo de sentimientos, no sabía siquiera tratar de manera correcta a quien juraba amar, era frío, distante, déspota y muchas veces, explosivo. Observaba a Lucia con cierta pena, sintiéndose siempre culpable, soñando una vida que sabía que no le pertenecía, lamentando haberle encontrado, haberle hablado de él, haber formado parte de aquella violación, y odiando seguir allí aunque su raciocinio le dijese que se alejara por completo. Poco después de aquello, Lucia estuvo en observación con el doctor un par de horas, mientras él solo pensaba en tener que volver y decirle todo a Santos, aunque fuese exactamente lo último que quisiera realmente hacer. Cuando tuvo que dejarla en la clínica de regreso, su corazón se partió en pedazos al verla llorar incontrolablemente, lo suficiente para sentir como se acercaba llorando y hundía su rostro entre lágrimas en su pecho, Sergio intentaba mantenerse alejado, pero fallaba en todos los intentos posibles, pasando sus manos con delicadeza sobre su cabello, poco después su espalda, suspirando mientras era el lugar seguro de Lucia en aquella situación. Poco después que ella se calmaría, la observaría caminar en la distancia mientras él volvía al automóvil, lugar donde descargaría su enojo y frustración contra el volante del automóvil, recibiendo una llamada segundos más tarde que le recordaría no poder huir de aquello. —Señor. —le dijo firme a Pablo tras la llamada, quien no tardó en preguntar ansiosamente sobre el resultado de aquella prueba de embarazo y las noticias que el doctor habría dado. —Sí, la chica está embarazada. Tendrá un hijo, señor. —susurró casi con pena tras el celular. —Voy saliendo para allá, le explicaré mejor, prepararé el contrato y volveré con ella para firmar. —insistió. Ante sus palabras, Pablo Santos, quien no solía tener paciencia y siquiera un poco de tacto, finalizó aquella llamada, haciendo que Sergio, por reflejo mismo e impotencia, lanzara su celular el asiento contrario al de él. Así mismo encendió el automóvil, acelerando a todo lo que podía, pasando el resto de los automóviles en la pista y sonriendo el inevitable enojo en sus manos, llegando allí en un par de minutos, quedando en el automóvil mientras pensaba en todo lo que estaba por pasar, terminando por bajar, caminar dentro e ir hasta la oficina, lugar donde su jefe, Pablo Santos, lo esperaba sentado sobre su escritorio, sirviendo dos tragos de licor, fumando un cigarrillo y sonriendo como jamás en su vida lo había hecho. —Lo logró, Sergio Andrade, no me falló esta vez. —fue lo primero que le dijo. —Dudé sobre su funcionaría, esa mujer salió repentinamente, era demasiada casualidad. —explicó al acercarse y ofrecer su mano para ser estrechada por Sergio. —Gracias, lo hizo bien. —insistió con orgullo. Sergio tuvo que fingir una sonrisa, estrechando su mano mientras caminaba hasta tomar asiento frente a él. —Se hizo, cumplí con mi misión tal y como lo prometí. Ahora usted espera un hijo con Lucia, debemos cerrar el contrato. —explicó. Pablo rió con un poco de humor, mientras pasaba el trago de licor hasta las manos de Sergio. —Más alegría, Sergio, ¡seré millonario el resto de la vida! —soltó con alegría. —Ese niño solo asegurará la fortuna que me corresponde, exactamente lo que mi abuelo quería. —aclaró. Sergio lo observó con un poco de enojo, bebiendo aquel trago de licor hasta sentirlo quemar su garganta. Debía disimular, parecer contento y triunfador ante la idea, lo último que quería era levantar sospechas. —¿Siente realmente un poco de felicidad por su futuro hijo, señor Santos? —cuestionó con atrevimiento Sergio. Pablo Santos rió una vez más, inhalando y exhalando el humo del cigarrillo hasta caminar por la habitación, dar otro trago de licor y sentarse frente a Sergio en el escritorio, cruzando sus brazos sobre la misma. —¿Felicidad, Sergio? ¡Ese tonto niño será el seguro de mi vida! —gritó una vez más emocionado. —¿Pero futuro hijo? —cuestionó confundido. —Siquiera conoceré a su madre, jamás sería mi hijo. —soltó a medias. —Señor, llevaría su sangre, su apellido, sería su hijo, quiera o no. —aclaró Sergio ofendido. Pablo rió. —No quiero amargarme con éstos temas, Sergio, solo me queda disfrutar de la fortuna que caerá en mis bolsillos apenas ese niño lleve mi apellido, el apellido de toda mi familia. —avisó. —No le da siquiera un poco de remordimiento... —soltó Sergio en un hilo de voz al verlo. Pablo lo miró nuevamente, apagando su cigarrillo en aquel cenicero que estaba a su lado, tomando el último trago de licor y finalmente preguntando, —¿Y tú de que lado estás? —cuestionó. —Te recuerdo que trabajas para mi, tu lealtad me pertenece, todo tú me perteneces. —aclaró. —Al menos que quieras quedar sin trabajo, sin dinero, sin vida... ¿Acaso hay algo más que sepas que hacer aparte de ésto? Solo eres y serás siempre un lavaperros, Sergio. —soltó con desprecio. —Ya me pusiste de malhumor y arruinaste mi tarde, déjame celebrar la fortuna que recibiré, fuera de aquí. Hazte cargo del contrato, el dinero y esa tonta chica, no puede decir ni una palabra de mi o de todo ésto, espero lo hayas dejado claro. —insistió. Sergio se puso de pie, manteniéndose frío y conteniendo su enojo, alejando el vaso de licor mientras respiraba hondo para tragar sus palabras. —Me haré cargo de todo, señor, no se preocupe de nada. —Y solo poco después de eso, Sergio salió de la habitación.
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