Tal y como Sergio lo prometió, cumpliendo su palabra ante su jefe, Pablo Santos, se hizo cargo del contrato, el dinero y la atención médica correspondiente para Lucia y su bebé durante nueves meses de embarazo. Cada uno de ellos fue una travesía, y cada que pasaba el tiempo, contaba los días ansioso de poder volver a verle.
Para Lucia las cosas fueron diferentes, apenas firmó aquel contrato, sintió que dictó su fecha de muerte, creyendo que quizás, luego de esos nueve meses, su alma estaría perdida, muriendo en vida en el resto de sus días.
Cada mes experimentó un nuevo sentimiento, así como baches en el camino, pero cada que veía a su madre recuperarse y volver a ser la mujer que alguna vez había sido, cada lágrima hacia que valiera la pena.
Apenas firmó el contrato, Lucia recibió un cheque a su nombre, tantos ceros que siquiera fue capaz de describir la manera correcta de leer aquella cantidad de dólares, poniendo sus ojos en blanco al recibirlo y observando con asombro a Sergio, el intermediario de lo que sería aquel trato.
Inmediatamente sintió una mezcla de sentimientos, uno donde se alegraba de tener lo necesario para salvar a su madre, pero otro de lástima y pena al saber lo que había tenido que hacer para encontrarlo.
Tras cobrar aquel dinero, la vida de Lucia cambió por completo. Logró que su madre entrara en cirugía, quitando el cáncer que había atacado su cuerpo, había pagado las cuentas, ya no tenía deudas, y por lo mucho, ya no pasaba hambre.
Y aún así, luego de todo aquello, la millonada de dinero que le quedaba a Lucia era tan incalculable que había sido capaz de quedarse frente a aquel viejo ordenador viendo los ceros frente a ella reflejado en el banco de su madre.
El tiempo se hizo cargo de sanar heridas, y acortar el plazo que Lucía tenía para ocultar la procedencia de aquel dinero; fue para entonces, cuando Lucia cumplió cuatro meses de embarazo que su vientre comenzó a notarse lo suficiente para que sus pantalones de uso frecuente dejaran de servirle.
Usó suéteres y ropa deportiva, su madre no tardó en notarlo, pero lo confirmaría el día que recordara la ausencia de dolores y mestruación de Lucia durante tanto tiempo.
Todo se unió en su cabeza como hilos en una pizarra, la miró en blanco y no tardó en bajar su mirada hasta su vientre, caminando lentamente hacia a ella, cojeando un poco ante el dolor leve que aún le daban en sus huesos, levantando inmediatamente el suéter dos tallas grandes que Lucía llevaba intentando cubrir su barriga.
Lucia quedó en blanco, inmóvil ante la reacción brusca de su madre, la misma que quedó en silencio mientras sus lágrimas cayeron poco a poco.
—¿Qué hiciste? —preguntó en hilo de voz observándola indignada.
Lucia siquiera se inmutó, mirándola mientras bajaba nuevamente su suéter e intentaba salir de allí evadiendo su pregunta.
—Ni lo intentes, Lucia. Me he hecho la de vista gorda todo éste tiempo, aún no me dices como fuiste capaz de pagar la clínica, las cuentas, la comida... ¡Miranos! —dijo al levantar sus brazos y señalar su ahora mejorada cocina. —En solo cuatro meses pareciera que nos hemos sacado la lotería, pero aún así, no trabajas, ni hemos jugado a la lotería. Dime de una vez por todas... ¿Qué hiciste, mi niña, qué te obligué a hacer?
Aquel tono de su madre hizo que todo dentro de Lucia se removiera, eso sí contar aquella cantidad incalculable de hormonas que se movían dentro de ella, las náuseas que no lograba controlar, los miedos y los antojos que intentaba saciar.
—No, madre. Solo disfruta lo que tenemos, solo mírate llena de vida, llena de brillo, sin dolor, sin estar en cama... Solo hemos tenido suerte, ayuda de tus plegarias e infinitas oraciones, no lo hagas más difícil. —pidió al sentir el nudo en su garganta.
Lucia había tenido que cargar con aquel dolor y sufrimiento en silencio durante cuatro meses desde que se había acostado con Pablo Santos, aquel desconocido, pero sabía que esa no sería la peor parte de vender su alma al diablo; lo sería cuando el momento final llegara, y ella no tuviese más opciones que entregar a su único y primer hijo.
—¡Basta! ¡Siempre evadiendo mis preguntas, siempre huyendo! —reclamó frustrada, golpeando su pie con firmeza contra el sueño y mirándola fijamente. —Lucia, preguntaré una última vez y créeme que si no tengo la respuesta que espero oir, no podré verte de la misma manera. Jamás me has mentido, jamás has tenido secretos conmigo... ¿Qué sucede? —cuestionó.
Lucia sabía que finalmente el momento había llegado, ya no había como fingir que realmente estaba embarazada, solo no sabía que realidad de la historia estaba lista para contarle.
Ella solo suspiró, mientras sus lágrimas caían, subió su suéter nuevamente y soltó la presión que llevaba en su vientre, mostrando finalmente su embarazo de cuatro meses, una barriga redonda y perfectamente formada.
Su madre cubrió su rostro, acercándose una vez más con temor, dejando su mano delicadamente sobre su piel desnuda y sintiendo segundos más tarde como aquel diminuto bebé se movía dentro de su hija.
—¿Cómo? ¿En qué momento? ¿Por qué? —cuestionó repetidas veces.
Lucia tragó en seco, limpiando sus lágrimas y fingiendo sonreír de alegría.
—No quería decírtelo hasta saber que el bebé estaba bien, sano, libre de peligro... —balbuceó al mentir. —También seguías en recuperación y no quería alterarte del todo. —explicó. —Pero madre, tengo cuatro meses de embarazo, seré madre. —susurró.
Para Lucia, aquellas mismas palabras que ella diría la harían estremecer, generando un escalofríos en su piel entera al ser la primera vez que lo decía en voz alta, sintiendo realmente que así era.
Lucia sería madre, aunque no estuviese el resto de sus días viendo crecer a su hijo, sabía que de algún modo, así fuese a la distancia, sus dos corazones latían en un mismo ritmo, sintiendo y llevando la misma sangre, recordando el calor que ambos cuerpos habían tenido.
Pero la madre de Lucia recién había iniciado con las preguntas, y aquella siguiente devastaría la poca fuerza que le quedaba.
—¿Y el padre? ¿Dónde está el padre? ¿Cuando lo conoceré? No sabía que tenías novio, Lucia. ¿En qué momento ha sucedido todo ésto? —cuestionó confundida.