Ese mismo día, Riley decidió que era momento de contarle a Knox sobre su embarazo. Habían pasado un par de días, y Riley sentía que no podía ocultarlo más tiempo. Los embarazos eran esas cosas que no se podían ocultar. Tarde o temprano le vería la panza, o le preguntaría por sus vómitos. Riley aun no sentía náuseas ni vómitos matutinos, pero no dudaría en que llegarían, y era mejor estar preparados para los peores momentos, después de disfrutar de los buenos. Ella estaba segura de que él lo aceptaría con alegría en el corazón. Sus otros hijos fueron una especie de bendición, y los de ella lo serían más porque eran suyos. Lo hablaron, lo querían, solo que llegaron anticipados. Riley le dijo a Knox que se vistiera hermoso porque saldrían a cenar a un lugar elegante que ella reservó. Riley l

