Estuve mucho rato sollozando sobre mi cama, entre media eternidad y tres cuartos. Cuando no lloraba por Joshua, lloraba por Kata, cuando no lloraba por Kata, lloraba por Joshua. Aquello era como dar vueltas en un tiovivo lacrimógeno del horror.Por mí, el puñetero mundo podía acabar ya mismo, y me daba igual si entraba en el reino de los cielos o me quemaba eternamente en el estanque de fuego. El caso era que aquello terminara. -¿Marie? - dijo una voz profunda. En la puerta estaba el pastor Gabriel, que me hacía tanta falta un segundo iceberg al Titanic. -Tu padre me ha dejado pasar-dijo, y luego preguntó-:¿Estás llorando? -No, estoy regando las plantas de interior-contesté. Sin embargo, noté que la presencia de Gabriel tenía algo bueno. No quería llorar delante

