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1892 Words
    - ¿Siempre que sales pasas el rato en la iglesia?     - preguntó Jesús cuando consiguió reprimir un poco la tristeza y melancolía.     -Bueno...,no siempre - contesté, lo cual, hablando con rigor, no era mentira, puesto que "no todas" también podía significar "ninguna".     -Me gustaría pasar la noche como tú sueles hacerlo - aclaró Jesús. Estupendo. Pero ¿qué hacía yo normalmente por las noches? Seguro que Jesús no quería hacer zapping conmigo, pasando por todos los canales y exasperándose con los concursos telefónicos de llama y gana. ¿cuál es la capital de Alemania? ¿Berlín o Lufthansa?     Tampoco me parecía buena idea llevarlo a mí refugio favorito.¿ Cómo le explicaría la sección de "para mayores de 18 años" del videoclub de Michi?     Así pues, tenía que ser algo poco comprometido: por ejemplo, ¡comer un helado en la mejor heladería del mundo! Estaba en plena zona peatonal de Malente. Para recrear el ambiente mediterráneo, el propietario incluso había amontonado un poco de arena fuera, lo cual provocaba constantes peleas con los amos de los perros.     -Este es el mejor invento de nuestro tiempo- dije señalando las copas de banana boat que nos habían servido, un exquisito y apetitoso helado´.     -Pues no dice mucho en favor de vuestro tiempo - comentó Jesús, al que no le habrían ido nada mal unas cuantas clases particulares de ironía.    Engullimos y callamos, en un rotundo silencio, durante un rato bastante largo. me resultaba incómodo. Por lo tanto, intenté reiniciar la conversación con naturalidad, con normalidad y saber que sentía dentro de mi corazón y  en mi estómago un cosquilleo dando brinco de felicidad, alejando los nervios de mí.      -¿Así que vives con Gabriel?     -Sí- contestó escuetamente, pero con amabilidad.     -¿Está bien tu habitación en casa de Gabriel?     -Sí.     Tenía que dejar de hacer preguntas que pudieran contestarse con un simple "no".      -¿Qué te parece Malente?     -Está bien.     ¡Arrgggg! La conversación siguió el camino de las cosas terrenales y murió. El silencio se hizo entonces más largo. Cada minuto se extendía infinitamente.Me habría gustado poner punto final a nuestro encuentro porque no sabía de qué podía hablado la primera con el Mesías.Pero entonces, probablemente habría sido la mujer que había dejado plantado a Jesús en una cita. ¿O no lo sería? No estaría mal saber si alguien se lo había hecho antes. Por ejemplo, María Magdalena.Pero ése tampoco era un tema de conversación agradable en aquellos momentos.     -De acuerdo- me ofrecí finalmente-, tú quieres saber cómo vivo. Pues pregunta. Cualquier cosa. Algo que quieras saber.     -De acuerdo- dijo Jesús -.¿Eres virgen?     Se me atragantó un trocito de helado, y si respiró a tal pregunta, me asombré.     -¿Có...cómo se te ha ocurrido precisamente eso? dije tosiendo.       -Bueno, no tienes hijos.     -Cierto.     -Y ya eres vieja.     Vaya, muchas gracias.     También le hacían falta cuantas clases particulares en cuestiones de galantería.-En Judea, las mujeres de tu edad ya eran abuelas. O estaban enfermas de lepra.     Al oír la palabra "lepra" aparte a un lado mí copa de helado banana boat. ¿Cómo podía explicarle porqué no tenía hijos? ¿Tenía que hablarle de Marc y de que quise atropellarlo después de que me fuera infiel? ¿O del método anticonceptivo que usaba y que tenía un 94 por ciento de fiabilidad, lo que, a mis ojos, era un 6 por ciento demasiado poco?     No, eso sería demasiado bochornoso y desagradable en exceso. Seguramente me juzgaría y me diría que ardería en el infierno. Lo único positivo sería que la cita muy probablemente tocaría a su fin.     Pero, antes de que pudiera replicar nada, vi acercarse a unos compañeros del equipo de fútbol de Sven. Después de la historia en la iglesia, no me dirían nada bueno. Y, sobre todo, no quería que Jesús se enterara por ellos de lo que le había hecho al pobre Sven. ¡Tenía que evitarlo a toda costa!     -Vamonos - le pedí a Jesús.     -¿Por qué?     -Anda, vamonos.     -Pero aún no me he acabado el " banna boat".     Era chocante oír decir a Jesús "banna boat".     -No es obligatorio comérselo todo- repliqué impaciente.     -Pero es que está muy bueno. -¡A la mierda el helado!- renegué.     Jesús me miró sorprendido. Pero ya era demasiado tarde: los compañeros de Sven nos rodeaban. Eran cuatro jugadores de fútbol típicos, todos treintañeros. Con las piernas arqueadas. Y un aliento a alcohol con el que se podría haber esterilizado instrumental médico.     El delantero, un tío bajito con una lengua muy afilada, me abroncó:     -Le has partido el cora...     -Largaos -lo corté.     -Tú no tienes por que decirme y reprochar nada, son problemas de Gabriel y yo.     -¿Te estropeamos la cita? - preguntó el centrocampista, al que, por lo visto, nadie, le había dicho que aquel peinado hortera no le quedaba bien ni a Don Johnson en Miami Vice.     -Eres una mala puta- remató el defensa, un tiarrón al que todos en el club llamaban "ni humano, ni animal, sólo el número cuatro"       -¡Grrrrr!- gruñó el portero asintiendo. Aquel tío había recibido demasiado pelotazos en la cabeza durante su carrera deportiva.     Miré a jesús y me pregunté atemorizada si me estaría juzgando. Los sentimientos de culpa hacia Sven, que también había sentido cuando estuve a punto de ahogarme en el lago, volvieron a aplastarme.     Jesús se levantó y proclamó, igual que en la Biblia:     -El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra.     -¿Tenemos que arrojar piedras' - preguntó el defensa gigante.     -No sería mala idea - comentó el delantero con malicia.     -Grrrr- gruñó el portero, conforme.     Sí, mi querido Jesús, los tiempos han cambiado. Los futbolistas iban tan borrachos que me habrían lapidado sin problemas.     Supuse qué, con semejante trompa, algunas piedras no me tocarían, pero me espanté igualmente.    -Tendríamos que irnos - le dije a Jesús al oído.    -Antes nos acabaremos el helado - dijo; él seguía en sus trece, pero el portero ya había cogido una piedrecita con la mano.        -Lo siento mucho, pero me parece que con tu postura de "pon la otra mejilla" no iremos muy lejos - le advertí.     -No voy a poner la otra mejilla - aclaró Jesús.     Madre mía, ¿no pretendería secarlos a todos?     Sin embargo, no hizo nada parecido, sino que, en silencio, escribió algo con los dedos en la arena. No conseguí descifrarlo, para mí eran jeroglíficos ilegibles. En cambio, los futbolistas clavaron la mirada en la arena. Durante mucho rato. Luego se marcharon corriendo, espantados, Jesús sopló y borró lo escrito.     -¿Qué... qué has escrito? - pregunté.      -Todos han podido leer en la arena sus peores  pecados.-  dijo Jesús  sonriendo.       Al parecer, les había arrancado los pensamientos.     Oh, Dios,¿También mi cara, atormentada por los sentimientos de culpa.     -No temas. Marie, no he leído tus pecados en tus recuerdos. Sólo lo he hecho con ellos. Por eso no has podido descifrarlos.     Uffff.   -¿Qué es el sadomaso? -preguntó Jesús. Y yo me pregunté en qué futbolista lo había leído. Y cómo podía contestar la pregunta sin ponerme colorada. -¿Qué significaba "fraude fiscal"? ¿Y qué quiere decir "aparcar a mamá en un silo roñoso?     No sabía qué pregunta tenía que contestar primero si podría. Entonces decidí que sería mejor explicarle lo que había ocurrido con Sven. Lo mal que me supo plantarlo no lo amaba lo suficiente y que le había roto el corazón . Y lo culpable que me sentía por ello. Seguramente no me lo perdonaría en la vida.     -¿Vas a juzgarme? - pregunté atemorizada.     -No- contestó-. ¿Y sabes qué significaba eso?     -¿Que yo tampoco tengo que juzgarme? - pregunté con la esperanza de perder los cargos de conciencia.     -Ejem...- carraspeó, buscando las palabras adecuadas.     -Te referías a otra cosa,¿verdad? - pregunté insegura.     -En realidad, quería decir que no vuelvas a hacerlo.     -Ajá- dije desilusionada, y concluí.-: No pensaba volver a plantar a nadie en el altar.     - Eso está bien- declaró Jesús y, después de reflexionar un momento; añadió-:Pero también es muy buena idea que tú misma te perdones.     -¿Sí?     Estaba sorprendida. -     -Se me tendría que haber ocurrido a mí - explicó-. me has enseñado algo.     Me sonrió agradecido. Eso estuvo bien. Su sonrisa templó mi corazón. tanto como el hecho de que por fin podía perdonarme por el asunto de Sven.  _¿Habías impedido alguna vez una lapidación? - le pregunté a Jesús cuando volvió a abalanzarse sobre su helado. Por primera vez en toda la noche, pude respirar con total libertad.     -Sí, con una prostituta - explicó.     -¿María Magdalena? - pregunté.     -¡María Magdalena no era prostituta! - exclamó Jesús enfadado.     Hay, huy,huy, sus sentimientos por su ex todavía eran muy fuertes. Si es que era su ex.     -María Magdalena era una mujer normal y corriente -explicó Jesús un poco más tranquilo.     -¿Cómo la conociste? -pregunté.     -Ella y su hermana María me acogieron en su casa y me lavó los pies.    ¿María Magdalena hacía pedicuras? Tonterías, nada de eso existía en aquella época.     -Y luego me los secó con sus cabellos.     Vaya...pues ya son ganas.     -A partir de aquel día, María Magdalena formó parte de mi séquito -dijo Jesús sonriendo.     Noté que los celos me reconcomían ante aquella sonrisa. Un sentimiento especialmente absurdo si lo tienes por Jesús. Además, aún tenía en la cabeza, a la María Magdalena danzarina de Jesucristo Superior. En sólo como había de ser su relación, se me hacía descabellada la idea pero aún mantenía vivo mis sentimientos por él.     Con todo, no conseguí sacudirme los celos de encima. Por lo visto, . Tenía que mis sentimientos no estaban tan K.O. como  me habría gustado. Tenía que saber si María Magdalena también había compartido su cama, pero ¿cómo preguntarlo de la manera más discreta posible?     -Y vosotros y el resto del séquito..., ejem...¿dormíais en cuevas...donde...teníais que daros calor mutuamente?          No muy discreta que digamos.     Jesús movió la cabeza.     -María Magdalena y yo nunca yacimos juntos.     Como siempre decía mi hermana: Plan era un perfecto idiota.     -María me había dicho...-siguió explicando Joshua, pero luego se interrumpió.     -¿Qué te había dicho? -pregunté.     No quiso contestar.     Volvía a tener los ojos muy tristes. En aras de su misión, no había renunciado sólo a su familia. También al amor. Demasiada renuncia, en mi opinión.     Jesús ya se había acabado el helado y tenía una mano sobre la mesa. De nuevo quise cogérsela para consolarlo.     Aquella vez no me corté. Me daba igual que fuera el Hijo de Dios; para mí, en aquel momento sólo era un hombre triste que me gustaba mucho. Quizás demasiado. Mi mano se acercó a la suya. Él se dio cuenta y se retiró la mano serenamente de la mesa. No quería que lo consolaran. No yo.     El tampoco era capaz de consolarse, seguía poniendo cara de pena. Puesto que no me gustaba verlo así, pensé en cómo podría distraerlo de sus recuerdos, Jesús quería ver cómo vivía la gente actualmente. Por lo tanto, teníamos que ir al sitio donde más vida había en todo Malente.     -Ya sé qué voy a enseñarte ahora- dije sonriendo.     -¿Qué? -preguntó intrigado.     -¡Salsa!          
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