A eso de las once entramos en el único local que aún estaba abierto a esas horas en Malente, un club de salsa que se llamaba Tropicana, haciendo honor a la típica falta de originalidad de Malente. El club estaba en un sótano, el prohibido fumar era un término desconocido allí y el ambiente era fenomenal: un montón de gente joven bailando al ritmo fantástico de la música latinoamericana. Jesús y yo superábamos de largo el promedio de edad, y no sólo porque él tuviera más de dos mil años. Saltaba a la vista que encontraba chocante aquel baile alegre, los vestidos ceñidos y las camisas de los hombres, que dejaban al descubierto de manera desagradable parte del pelo en pecho.
-Está prohibido bailar? - pregunté para mayor seguridad, aunque de repente tuve miedo de haber cometido un error llevándolo al club.
-No, el rey David bailó despojado de sus vestiduras para vencer a Dios.
¿Despojado de sus vestiduras? Grrr...
Nos metimos entre el gentío a apretujones, era evidente quede algunas mujeres le parecían demasiado despojadas de vestiduras a Jesús, se le notaba en las miradas de desaprobación.
-¿Quieres que nos vayamos? - le pregunté.
-No, estoy acostumbrado a moverme entre pecadores - contestó.
-Pero...no te pondrás a escribir sus pecados en el suelo, ¿verdad? - pregunté.
-No.
-Bien.
-Los convertiré.
Y se dirigió hacia una chica que llevaba un top con el que anunciaba a los hombres: lo llevo por pura formalidad.
Fui tras él, le di alcance y me le planté delante:
-No vas a convertir a nadie- le advertí. Supuse que la mayoría de las personas que había en el club no eran verdaderos pecadores, al menos según mi definición.
-Pero...- empezó a protestar Jesús.
-¡Esta noche, ni hablar!
Enarcó una ceja, desconcertado.
-Tú quieres que te enseñe cómo vive la gente de hoy en día. Pero no puedo hacerlo si eres el HIjo de Dios.
-Pero soy el HIjo de Dios - replicó Jesús.
Era la primera vez que lo veía confundido.
Le sentaba bien. parecía tan tierno y frágil.
-Pero también eres una persona - le aclaré. Lo había notado perfectamente cuando me habló de sus padres y de María Magdalena.
Entonces enarcó también la otra ceja.
-Esta noche, sé simplemente Joshua.
Lo meditó y luego se mostró conforme:
-De acuerdo.
Inmediatamente establecí unas cuantas normas de "sé una persona normal" para una noche de salsa.
1. Nada de cantar salmos.
2. Nada de compartir el pan.
3. Nada de enfrentarse a los pecados.
4. Nada de bailar despojados de vestiduras.
Al oír la última norma, Jesús se echó a reír; por lo visto, le gustaba reírse con mis bromas.
-No temas - dijo.
Por lo demás, se aceptó las reglas divertido. Sin embargo, Joshua no era el único que debía arrinconar el hecho de que era el Hijo de Dios, yo también tenía que hacerlo. Claro que, tratándose de hombres, yo era capaz de pasar por alto algunas cosas: ante los continuos flirteos de Marc con otras mujeres o con la desagradable costumbre de Sven de cortarse las uñas de los pies en la sala de estar, siempre había hecho la vista gorda. Como sólo sabemos hacer las mujeres cuando estamos fieramente decididas a quedarnos con un tío. Y aquella noche pensaba sacar partido de esa capacidad femenina para el autoengaño.
-¿Quieres tomar algo? - pregunté.
-¿Te apetece volver a tomar unos vinos conmigo?
-Más bien pensaba en unos mojitos.
Pedí dos copas en la barra y dudé de si eso no se interpretaría como un intento de seducir al Mesías. Aunque, con la cantidad de vino que podía tolerar su sangre semidivina, un mojito seguramente no lo tumbaría. Después de descubrir como se sorbía con la pajita, lo paladeó con auténtico placer:
-Es una alternativa riquísima al vino- afirmó.
Joshua (sí, funcionó, conseguí volver a llamarlo Joshua) sonrió ampliamente. Su buen humor mejoraba minuto a minuto. Observé a aquel montón de gente, que se divertía cantidad bailando ritmos calientes.¿Sacaba a Joshua a bailar? ¿Y por qué no? ¡Sólo era una persona!
Hice acopio de valor y le pregunté con el corazón latiéndome con fuerza:
-¿Bailamos?
Dudó.
-Vamos.
-Yo...no he bailado en la vida.
-Pues el rey David te lleva ventaja en algo - dije sonriendo y un poco desafiante.
-Pero lo que suena no son canciones de Dios - señaló.
-Tampoco del demonio.
Joshua sopesó mi argumento y, mientras aún lo sopesaba, lo arrastré hacia la pista.
Se le veía agobiado. Estar agobiado también le sentaba bien. Lo cogí por las caderas y se dejó hacer, firmemente decidido al fin a implicarse. Luego empecé a deslizarme con él por la vista. Vale, al principio iba un poco tieso. Un hombre corriente. Tropezamos y empujamos a una pareja que también bailaba y que se quejó a grito pelado.
-¿No podrías tener más cuidado? - refunfuñó el hombre, que se vestía como Antonio Banderas, pero parecía un presentador de las noticias al estilo de Tom Buhrow.
-Cuida tu lengua o haré que te seques - dije sonriendo burlona, y seguí llevando a Joshua por la pista.
-Yo nunca haría eso...- protestó.
-Algún día te enseñaré en qué consiste la ironía - lo interrumpí.
Y continué llevándolo. Entonces me pisó un pie.
-¡Au!- exclamé.
-Perdona - se avergonzó.
-No pasa nada- repliqué, y lo decía realmente e serio. Incluso el pisotón me pareció bien. Gracias a él, olvidé definitivamente que no estaba con una persona normal.
De manera lenta pero segura, cogimos el ritmo juntos. Joshua me pisaba cada vez menos y acabamos moviéndonos como una unidad. Como una unidad que no bailaba demasiado bien. Pero como una unidad.
Nunca había bailado tan armoniosamente con un hombre en medio de una pista. Para mí, volvía a ser Joshua, el carpintero de voz maravillosa, ojos fantásticos y...Sí, hasta me atreví a pensarlo otra vez..., un trasero formidable.
Bailamos salsa. Y merengue. Incluso un tango. Y, aunque no dominábamos los pasos y cosechamos alguna que otra mirada de extrañeza, tipo"¿Qué hacen esos dos viejos disléxicos moviendo el esqueleto por aquí?", me los pasé bien. Increíblemente bien. Y Joshua también. ¡Ya lo creo!
-No sabía que el esfuerzo físico que no está asociado al trabajo podía ser tan divertido- dijo radiante entre dos bailes. Luego, mucho más serio, concluyó-:Ni que fuera tan divertido ser simplemente Joshua.
Cuando el club de salsa cerró las puertas, fuimos al lago a ver la salida del sol. Había sido una noche fantástica, ¡y yo quería el programa completo! Para ser más exactos: había sido la noche más fantástica que había pasado en años.
No sentamos en la pasarela. Sí, ya teníamos algo así como un sitio habitual. Un rincón romántico, perfecto como sitio habitual y apara contemplar la salida del sol... y para un primer beso...,un beso tierno, hermoso...¡Dios mío! ¡No podía pensar en eso! ¡Ni entonces ni nunca! Yo misma me di un cachete de castigo en la cabeza.
-¿Qué te pasa? - preguntó Joshua, desconcertado ante mi penitencia.
-Nada, nada..., sólo era un mosquito...,- contesté, disconforme a la verdad.
Joshua quería refrescarse los pies en el lago y se descalzó. Entonces le vi las cicatrices.
Tragué saliva: ahí le habían clavado los clavos.
-Eso tuvo que doler mucho- se me escapó.
Joshua me miró severamente. Yo me apresuré a desviar la mirada.¿Me había extralimitado?
-Tenía que ser simplemente Joshua- me advirtió.
-La...la noche casi ha acabado- contesté.
Después de ver aquello, me costó horrores quitarme de la cabeza las imágenes de la crucificaxión de la película de Mel Gibson, que, para colmo de males, se mezclaban en mi mente con la banda sonora de Jesucristo Suprestar.
No pude engañarme más pensando que el hombre que estaba a mi lado no era Jesús.eso me entristeció grandemente. Habría continuado engañándome con mucho gusto.
Joshua vio que amanecía y asintió.
-Sí, la noche ha acabado.
Me pareció notar un deje de pena en su voz.
Balanceada los pies en el agua.
-¿Cómo... cómo soportaste el dolor? - pregunté. Me preocupaba demasiado contemplando para callármelo.
Joshua siguió contemplando el cielo, no quería abordar el tema. Por lo visto, yo, tonta de mí realmente me había extralimitado con esa pregunta. Estaba a punto de volver a atizarme en la cabeza, cuando Joshua contestó:
-Mi fe en Dios me ayudó a soportarlo todo.
La repuesta sonó demasiado declamatoria y valerosa para ser toda la verdad.
-¿No perdiste la fe en Dios en ningún momento, a pesar del suplicio? -insistí.
Joshua guardó silencio, Rumiaba. Finalmente, contestó en tono melancólico:
-Eli,Eli, lema sabachtani.
-¿Qué? ¿Cómo?
-Un salmo de David- contestó.
Ya...- balbuceé. Naturalmente, no entendí ni una palabra. Pero seguro que ese salmo no tenía nada que ver con David bailando despojado de sus vestiduras.
-Significaba: Dios mío, Dios mío,¿por qué me has abandonado? - dijo Joshua quedamente,
-Eso..eso...suena triste- dije.
-Lo grité en la cruz, antes de morir- Sus ojos se llenaron de dolor.
En ese momento, volvió a darme pena. Una pena infinita. Tanta que volví a tender mi mano hacia la suya. Esta vez, no la retiró de inmediato. Le toqué la mano con cautela. Siguió sin retirarla. Entonces se la cogí. Con firmeza.
Estuvimos así sentados. Joshua y yo, callados mano sobre mano en la pasarela, y contemplamos la salida del sol sobre el lago de Malente.
Marie! ¡Estremecida y recordando en aquel momento que tuvo Jesús; en medio de una gran tristeza sus pensamientos y sentimientos habrían sido la inspiración y el reflejo de esa mañana sentados en el lago... contemplando un hermoso amanecer sobre las agua un brillo recogido del sol. Mi alma sentía un gran dolor, mis ojos de veer tanto aflicción.
Joshua...no dejaba llevar su mirada frente al lago de Malente.