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    Cuando Kata se durmió, me fui a mi habitación. Saber que mi hermana volvía a estar enferma, me dejó planchada, pero no había que llorar; yo tenía enchufe y confiaba en que Jesús podría curarla. Aunque antes tendría que convencerlo de que la humanidad- también Kata, claro- merecía otra oportunidad. Así pues, cada vez había más cosas en juego.     Saqué la Biblia del bolso, me tumbé en la cama y, mientras buscaba el sermón de la montaña - a aquella Biblia le faltaba un buen índice-,me detuve en otros pasajes y me enteré, por ejemplo, de que Saba era largo más que una marca y del pecado que había cometido exactamente Onán (en esa Biblia había más sexo y crímenes que en la tele). Cuando por fin encontré el sermón en el Evangelio de Mateo estaba tan agitada que me puse a hacer zapping  un

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