—¿En qué habitación está oculto? — preguntó Arabella. —¡No te lo voy a decir ahora!— murmuró el Marqués—. ¡Ya te lo mostraré y me prometerás no decírselo a nadie más! Lo descubrí por casualidad cuando una vez me castigaron encerrándome en mi cuarto. Después del descubrimiento, esperaba con ansiedad que me dieran ese castigo, al cometer alguna diablura. —¡Así que el castigo no era castigo!— sonrió Arabella —¡Exacto!— admitió el Marqués—, con el resultado a la vista, de que, por no ser debidamente castigado nunca, al crecer me convertí en un pecador sin remedio. Estaba bromeando, pero a Arabella le hubiera gustado replicarle que estaba diciendo la verdad. Y, sin embargo, no podía despreciar a este joven alegre y sonriente como hubiera pensado hacerlo. —¿De veras me revelará ahora su sec

