—¡Cómo no lo maté yo, con mis propias manos! —Me dijo también otra cosa. Había engendrado ya varios hijos y todos nacían deformes o locos. Había una lacra terrible en la familia de su madre. La madre de él, a la que $e dice que sedujo tu tío, murió en un manicomio. Su abuela, la madre de ella, se ahogó, estando ya loca también. Muchas otras parientas suyas habían perdido la razón. Era una lacra que él llevaba en la sangre, de modo que odiaba a los niños que engendraba y sólo deseaba destruirlos. El Marqués, de pronto, se llevó las manos al rostro. —¡Oh, mi amor!— dijo su madre con gentileza—, se lo que debes haber sentido cuando viste a la nena. Comprendí por qué te habías ido sin decirme adiós. Cuando supe que te habías reunido con tu regimiento pensé que era lo mejor que podías hacer

