capitulo 07

1451 Words
Lorenzo Volpe El aire en el sótano de la casa de seguridad era pesado, rancio, impregnado de un olor a humedad y hierro que siempre me resultaba extrañamente reconfortante. Era el olor de la verdad desnuda. Aquí arriba, en el penthouse, yo podía ser el amante posesivo o el padre preocupado, pero aquí abajo, bajo las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico, yo era simplemente lo que el destino me había obligado a ser: un monstruo necesario. Me quité la chaqueta del traje, la doblé con una precisión quirúrgica y la coloqué sobre una silla de metal. Me desabroché los gemelos y me remangué la camisa blanca, exponiendo los tatuajes que subían por mis antebrazos como serpientes de tinta. Mauro me esperaba junto a la mesa de herramientas, con la expresión de quien va a presenciar un trámite administrativo. En el centro de la habitación, atada a una silla de madera reforzada, estaba Claudia. Ya no era la mujer impecable y altiva que dirigía una agencia de niñeras. Ahora era un amasijo de nervios, con el rímel corrido por toda la cara y el cabello pegado a las sienes por el sudor. En cuanto me vio acercarme, sus ojos se abrieron tanto que creí que se le saldrían de las órbitas. — por favor... —Empezó a sollozar, su voz era un hilo roto que arañaba el silencio—. Te lo he dicho todo... te juro que no sé nada más. Grecia... Grecia es mi amiga... yo... Caminé hacia ella lentamente, rodeando la silla. Mis pasos resonaban en el suelo de concreto como latidos de un corazón agonizante. Me detuve detrás de ella y puse mis manos sobre sus hombros. Sintió mi contacto y se tensó tanto que empezó a hiperventilar. — No menciones su nombre —Susurré cerca de su oído, con una suavidad que la hizo temblar más que cualquier grito— Tú perdiste el derecho a decir su nombre en el momento en que decidiste ponerle un precio a su cabeza para llegar a mis hijos. Lloró ella, sacudiendo la cabeza — Me amenazaron... dijeron que si no lo hacía... — Mientes —Dije con una frialdad absoluta. Me alejé y me puse frente a ella, mirándola desde mi altura— No te amenazaron. Te ofrecieron una cifra que tus ambiciones no pudieron rechazar. Te sentiste poderosa jugando a ser el peón de alguien grande. Pero olvidaste una regla fundamental en mi mundo, Claudia si vas a golpear al rey, mejor asegúrate de que no se levante. Me acerqué a la mesa y tomé un par de guantes de látex. El chasquido del material contra mi piel fue la única advertencia. Claudia empezó a gritar, un sonido agudo y desesperado que rebotaba en las paredes desnudas. — ¡No! ¡Por favor! ¡No sé quién es! ¡Solo fueron llamadas! —Gritaba, retorciéndose en las ataduras. Tomé una de las herramientas, un alicate de punta fina, y lo sopesé en mi mano. No sentía nada. Ni odio, ni placer. Solo una necesidad gélida de obtener lo que era mío: el nombre de quien se atrevió a tocar mi hogar. — Vamos a empezar con algo sencillo —Dije, agarrando su mano derecha con una fuerza que le inmovilizó la muñeca— Cada vez que me digas "no sé", perderás algo que no volverá a crecer. ¿Quién te contrató? — ¡No lo sé! ¡Te lo juro por Dios! —Chilló ella. No dudé. El sonido del hueso crujiendo y el grito desgarrador que siguió llenaron la estancia. Claudia arqueó la espalda, su rostro se puso rojo y las venas de su cuello se hincharon. Sus sollozos se convirtieron en gemidos ahogados mientras su mano sangraba. Mauro se mantuvo impasible, cronometrando el dolor. — Eso fue por mis hijos —Dije con calma, limpiando la herramienta con un trapo blanco que rápidamente se tiñó de carmesí— ¿Quién es el contacto, Claudia? No me hagas perder el tiempo con llantos. Sé que tienes un nombre. Sé que tienes un rostro en tu memoria. — Solo era un hombre... —Jadeó ella, con la saliva colgando de su barbilla— Nunca lo vi. Usaba un distorsionador de voz. Las criptomonedas llegaban desde cuentas fantasma. Lorenzo, ten piedad... por favor... Me acerqué de nuevo. Esta vez no usé herramientas. La tomé por el cabello, obligándola a mirarme a los ojos. Quería que viera el abismo que ella misma había cavado. — La piedad murió ayer en la mansión, junto con mis hombres —Le espeté, hundiendo mis dedos en su cuero cabelludo— Si no me das un nombre en los próximos diez segundos, dejaré de ser paciente. Y créeme, Claudia, no quieres ver mi falta de paciencia. Ella cerró los ojos, con lágrimas mezclándose con la sangre que salpicaba su ropa. El tiempo parecía detenerse. El zumbido de la luz era lo único que se escuchaba en el sótano. Yo podía sentir su miedo, ese hedor agrio que desprenden los traidores cuando saben que el final está cerca. — Se... se hacía llamar "El Arquitecto" —Susurró finalmente, con la voz casi inaudible— Nunca lo vi. Solo fueron llamadas a través de una línea segura. Dijo que quería limpiar el tablero. Que los niños eran el primer paso para desmoronarte. Solté su cabello y retrocedí un paso, procesando la información. "El Arquitecto". No era un nombre que conociera, al menos no directamente. Podía ser un alias, un mercenario de alto nivel o alguien de mi propio círculo intentando ser poético. Miré a Mauro él ya estaba anotando el nombre para empezar el rastreo en la dark web. — ¿Qué más? —Presioné, mi voz volviéndose más oscura— No te detengas ahí. Dame una ubicación, un acento, un error que haya cometido. — No hay nada más... —Lloró ella, su cuerpo rindiéndose finalmente, colgando de las ataduras como una muñeca rota— Lo juro... me envió la aplicación para el teléfono de Grecia... me dijo que me asegurara de que ella fuera la elegida para tu servicio. Dijo que Grecia era perfecta porque no tenía a nadie... nadie que hiciera preguntas si desaparecía con los niños. La rabia, esa bestia que había estado intentando domesticar desde que encontré a Grecia en el bosque, rugió en mi interior. Habían usado la soledad de esa mujer, su vulnerabilidad, para intentar destruir mi vida. Habían planeado cada detalle para que ella fuera el chivo expiatorio ideal. — ¿Sabes lo que más me molesta, Claudia? —Dije, acercándome a la mesa para dejar la herramienta. Me di la vuelta y la miré con un desprecio absoluto— No puedo perdonar es que hayas usado a Grecia. Ella confiaba en ti mientras tú le ponías una diana en la espalda. — Por favor... —Intentó decir ella, pero su voz se apagó en un gorgoteo. Me acerqué a Mauro y tomé una toalla limpia para lavarme las manos. El agua en el recipiente de metal se volvió rosada. — Termina con esto —Le ordené a Mauro sin mirar atrás— No quiero que sufra más de lo necesario, pero asegúrate de que no quede ni rastro de ella. Su agencia, sus registros, su existencia... bórralo todo. — ¿Y la chica, señor? ¿Grecia? —Preguntó Mauro mientras preparaba el sedante final. Me detuve en la puerta del sótano. La imagen de Grecia, con su pijama de seda blanca y sus ojos llenos de una inocencia que yo estaba empezando a corromper, cruzó mi mente. — Grecia ya no tiene a nadie más que a mí —Dije, y por primera vez en toda la sesión, sentí una pizca de satisfacción— Claudia tenía razón en algo Grecia es perfecta. Pero no para desaparecer, sino para quedarse. Ella es mía ahora. Salí del sótano y subí las escaleras hacia la superficie. A medida que el aire frío de la noche golpeaba mi rostro, sentí cómo la máscara de crueldad empezaba a fundirse de nuevo en la de protector. Me ajusté los puños de la camisa y me puse la chaqueta. Tenía que volver al penthouse Ella estaría asustada, confundida, quizás odiándome por lo que sabía que le estaba pasando a su amiga. Pero eso no importaba. El odio era una emoción fuerte, una que podía moldear con el tiempo. Lo que importaba era que estaba viva, que estaba bajo mi techo y que, a partir de hoy, yo sería su único mundo. "El Arquitecto" había intentado destruir mi legado, pero lo que realmente había hecho era encender un fuego que no se apagaría hasta que yo viera su cabeza rodar a mis pies.
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