capitulo 08

1636 Words
Grecia El silencio que quedó en el penthouse tras la partida de Lorenzo y el violento secuestro de Claudia era un vacío ensordecedor que parecía succionar el aire de mis pulmones. Me quedé de pie en medio de la sala, con la vista fija en el lugar donde mi amiga había estado sentada segundos antes. Todavía podía escuchar el eco de sus gritos, una frecuencia aguda que se había instalado en mi cerebro y se negaba a marchar. Mis manos temblaban tanto que tuve que entrelazarlas con fuerza para no perder el control por completo. — Grecia, ya nos vamos a arreglar. ¿Nos ayudas después? —La voz de Matteo me sacó de golpe de mis pensamientos. Me giré sobresaltada. Ambos niños estaban de pie en el pasillo, todavía en sus pijamas, mirándome con esa mezcla de inocencia y cansancio que solo los niños pueden conservar después de una tragedia. Matteo me miraba con una madurez impropia de su edad, como si supiera que algo en la atmósfera del apartamento se había roto para siempre. — Sí, mi amor... —Logré articular, aunque mi voz sonó como un graznido seco— Vayan a lavarse los dientes, yo... yo iré en un momento. Ellos asintieron, demasiado obedientes, y regresaron a sus habitaciones. En cuanto se perdieron de vista, sentí que el pánico, que hasta entonces había sido una marea baja, se convertía en un tsunami. La habitación empezó a dar vueltas. Lorenzo Volpe no era solo un hombre peligroso era la muerte caminando en trajes de miles de dólares. Esa mirada fría y dura que me había dedicado antes de irse a sentenciar a Claudia me había aterrado más que los disparos en la mansión. ¿Qué iba a ser de mí? La pregunta me quemaba por dentro. Si Lorenzo descubría que yo ya no le era útil, si decidía que el riesgo de tenerme aquí era mayor que el beneficio... ¿me mataría también? Recordé las palabras de Claudia "No tienes familia, no tienes amigos, nadie que te busque". Ella tenía razón. Si yo desaparecía mañana, solo sería un expediente archivado en una oficina de personas desaparecidas que nadie abriría jamás. Para Lorenzo, yo era desechable. Un cabo suelto que podía ser cortado en cualquier momento. Miré hacia el pasillo por donde se habían ido los niños. El cariño que sentía por ellos era real, un lazo que se había forjado en el terror del bosque, pero ese amor no era suficiente para mantenerme aquí si mi vida pendía de un hilo. Tenía que irme. Tenía que encontrar una salida antes de que Lorenzo regresara con las manos manchadas de la sangre de mi única amiga. Empecé a caminar por el penthouse de forma errática, buscando cualquier puerta que no fuera el ascensor privado, el cual sabía que estaba bloqueado por códigos que no poseía. Mi respiración era corta, superficial. El corazón me golpeaba las costillas con una violencia que me hacía doler el pecho. Entré en la habitación principal, el santuario de Lorenzo, buscando una ventana o una escalera de incendios. El lujo del lugar me pareció de repente una burla; el mármol, las sábanas de seda, los cuadros caros... todo era parte de una prisión diseñada para que no pudieras ver las rejas. Entonces, vi las puertas corredizas de cristal que daban al balcón. Corrí hacia ellas y las abrí con manos desesperadas. El aire frío de la ciudad me golpeó el rostro, pero no me trajo alivio, solo más miedo. Me asomé por la barandilla de hierro y cristal. Estábamos a una altura vertiginosa. Las luces de la ciudad abajo parecían estrellas distantes en el fondo de un pozo n***o. Miré la estructura del edificio. El diseño era moderno, con salientes decorativos y columnas que conectaban los niveles. Si lograba aferrarme a las vigas laterales, quizás podría bajar al balcón del piso de abajo. Mis manos sudaban. Un solo resbalón y mi cuerpo se estrellaría contra el pavimento, terminando con todo de una forma definitiva. — Si me quedo, moriré —Susurré para mí misma, tratando de convencerme de que el riesgo valía la pena— Si Lorenzo decide que soy un estorbo, terminaré como Claudia. Si salto... al menos es mi decisión. Me subí a un pequeño escalón decorativo, dispuesta a pasar una pierna sobre la barandilla. El viento silbaba en mis oídos, pareciendo una advertencia. Miré hacia abajo de nuevo y el vértigo me hizo cerrar los ojos. Mi mente era un caos de imágenes: el rostro de Lorenzo, los gritos de Claudia, la calidez de Matteo. Estaba en el borde de un abismo, tanto físico como emocional. Justo cuando reunía el valor para impulsarme, el sonido de la puerta de la habitación abriéndose de golpe me hizo dar un salto de terror. Me giré rápidamente, perdiendo el equilibrio por un segundo antes de sujetarme con fuerza a la barandilla. Lorenzo estaba allí. Ya no tenía la chaqueta puesta. Sus mangas estaban remangadas y sus ojos... sus ojos eran dos pozos de oscuridad absoluta. Se detuvo en seco al verme al borde del balcón. Su presencia llenó la habitación, haciendo que el espacio se sintiera minúsculo. — ¿Qué crees que estás haciendo, Grecia? —Su voz no fue un grito, fue un rugido contenido, una vibración baja que me hizo temblar hasta los huesos. No hizo falta que respondiera. Mis ojos, llenos de lágrimas, y mi posición al borde del vacío hablaban por mí. Lorenzo sacó sus propias conclusiones de inmediato. Vi cómo la molestia cruzaba su rostro, transformándose en una furia fría que le tensaba cada músculo. — ¡Tengo miedo! —Exclame y mi voz se quebró en un sollozo—. ¡Tengo miedo de ser desechable! Ella lo dijo... Claudia lo dijo antes de que te la llevaras. Nadie va a reclamar por mí. Soy un cabo suelto en tu mundo, Lorenzo. ¿Cuánto tiempo va a pasar antes de que decidas que yo también soy una amenaza? ¿Cuánto tiempo antes de que me saques de aquí como a ella? Lorenzo caminó hacia mí con pasos lentos, como un depredador que no quiere asustar a su presa antes de saltar. No se detuvo hasta estar a un metro de distancia. El olor a tabaco y a ese frío metálico que siempre lo acompañaba me envolvió. — Escúchame bien —Dijo, señalando con un dedo hacia el interior de la habitación— Conmigo estás a salvo. Te lo dije ayer y te lo repito hoy. Nadie te va a tocar mientras estés bajo mi protección. — ¿Tu protección o tu custodia? —Le espeté, aunque las lágrimas no dejaban de caer— Me hiciste ver esos cuerpos... me hiciste ver cómo tratas a la gente. ¿Cómo esperas que confíe en ti? — Puedes irte si quieres —Dijo de pronto, y sus palabras me sorprendieron tanto que dejé de sollozar por un momento. Él se cruzó de brazos, mirándome con una intensidad que me desnudaba el alma— Cruza esa puerta, baja al vestíbulo y sal a la calle. Pero te aseguro algo, Grecia en el momento en que pongas un pie fuera de este edificio, estarás muerta. "El Arquitecto" sabe quién eres. Sus hombres te están buscando para terminar lo que empezaron en la mansión. Aquí eres mi invitada, mi protegida. Allá afuera... eres solo un objetivo. Me quedé en silencio, mirándolo. Mi mente trabajaba a mil por hora, intentando encontrar la mentira en sus ojos, pero solo encontré una verdad brutal y pragmática. Lorenzo no intentaba ser mi héroe estaba exponiendo la realidad de mi existencia. Recordé lo que había sucedido ayer. Recordé cómo los sicarios nos habían seguido al bosque, cómo habían gritado que nos habían visto. La idea de volver a mi departamento, de estar sola en la oscuridad esperando a que alguien tirara la puerta abajo, me aterró más que la idea de quedarme aquí con este monstruo. Al menos Lorenzo tenía un motivo para mantenerme viva sus hijos. Bajé lentamente del escalón decorativo, alejándome del borde del balcón. Mis piernas se sentían como gelatina. Lorenzo no se movió, no intentó tocarme, pero sentí su alivio, un cambio sutil en su postura. — No tengo a dónde ir —Susurré, cubriéndome la cara con las manos— No tengo a nadie. — Me tienes a mí —Respondió él, y esta vez su voz fue un poco más suave, aunque no menos autoritaria— Y tienes a los niños. Ellos te necesitan. Y yo... yo no permito que lo que es mío sea dañado. Esa frase, "lo que es mío", debería haberme dado miedo, pero en medio de mi desesperación, se sintió como un anclaje. Acepté quedarme porque no había otra salida. En este tablero de ajedrez donde yo era un simple peón, Lorenzo era el único jugador capaz de defenderme, incluso si su protección se sentía como una jaula de seda. Me quedé allí, en medio de su habitación, con el viento del balcón todavía revolviendo mi cabello, aceptando mi destino. No sabía si Lorenzo me mataría algún día, pero sabía que hoy era el único hombre en el mundo que se interponía entre mí y una tumba anónima. La confusión seguía ahí, el miedo era mi sombra, pero la voluntad de sobrevivir fue más fuerte. Lorenzo se acercó finalmente y cerró las puertas corredizas, aislándonos del mundo exterior. Me miró una última vez, una mirada que contenía una posesividad que me hizo estremecer, y luego me indicó con la cabeza que saliera.— Ve con los niños, Grecia. Haz tu trabajo. Del resto, me encargo yo. Salí de la habitación sin mirar atrás, sintiendo que acababa de firmar un contrato con el diablo, uno donde mi vida era el precio y su protección era la recompensa.
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