Cuando una voz gruesa e inicua me dice: “¡Yo no soy tu madre!” mientras me soltaba el brazo a un lado una mulata desdentada de rostro sudado y aceitoso. Corrí sin parar a rumbo incierto, aturdido por la risa y burla de todos— incluyendo al señor que agarrándose la barriga de tantas carcajadas, cayó de espaldas en la fortificación de arena—. Esa penumbra y desespero dentro del marasmo en el que estaba, me comenzó a despertar y concientizar la realidad de estar babeado con mi cara pegada al caucho de la balsa y el sol acariciando las partes expuestas a través del nylon que en el extremo que correspondía aguantar a Papa Bosa estaba en el agua, y este roncando. Esta peligrosa noche nos había quitado ya el débil y temeroso animo que teníamos. Con caras de pocos amigos, comenzamos a prepararnos
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