Un desastre con labios rojos.
—Valió la pena acostarme con esa marrana llena de grasa. El artículo que me escribió fue brillante, Tony Kors quedó impactado.
La frase golpeó los oídos de Louisa Hall antes de que pudiera abrir la puerta metálica que conectaba la salida de incendios con las escaleras traseras del edificio de Iconic, la revista de moda de alta costura y lujo más importante de Nueva York. Se quedó estática en la penumbra del pasillo técnico, sosteniendo contra su pecho la pequeña caja de chocolates que había comprado con sus últimos ahorros para celebrar el nuevo cargo de su novio Jeff.
—No hables tan alto, Jeff —se escuchó la voz de Sasha, seguida de una risa ahogada—. Alguien nos puede escuchar.
—Por favor, esa gorda es invisible para todos en este edificio —soltó Jeffrey con un desprecio que a Louisa le heló la sangre—. Es una máquina de escribir con patas. Hoy el nuevo CEO me nombrará Director de redacción, gracias al artículo de reestructuración que ella misma me redactó anoche mientras yo dormía. Solo la uso por su cerebro, Sasha. Mañana en cuanto tenga el contrato de seis cifras firmado, la patada que le voy a dar se va a escuchar en todo Nueva York.
El sonido de un beso húmedo y el roce de la ropa contra la pared terminaron de destrozar el mundo de Louisa. Las lágrimas le quemaron los ojos de inmediato, y cayeron sobre sus mejillas a la vez que una rabia ardiente, una furia que jamás había sentido en su vida, comenzó a subirle por el pecho de forma violenta. Dejó caer la caja de chocolates al suelo y retrocedió lentamente, tragándose los sollozos que amenazaban con ahogarla. No iba a quedarse ahí a llorar. No iba a permitir que ese parásito se coronara usando su mente mientras la llamaba marrana en las sombras.
—Ese puesto es mío, yo escribí esos artículos, no se lo voy a permitir, no después de escuchar esto…
Bajó corriendo las escaleras hacia el sótano de la empresa, donde se encontraba el depósito de muestras de la revista. Tenía el cuerpo temblando por la adrenalina. Se despojó con desespero de su vestido de flores barato, esa prenda holgada que Jeffrey siempre decía que le encantaba porque ocultaba sus curvas, y rebuscó entre los percheros metálicos llenos de prendas de marcas de lujo hasta que sus manos tocaron una seda pesada. Era un vestido de satén n***o de alta costura, de corte cruzado, estructurado para abrazar cada centímetro de piel con una firmeza imponente.
Se metió en el tejido n***o. El satén se ajustó a su busto y fluyó sobre sus caderas, marcando su silueta con una fuerza salvaje que la dejó sin aliento frente al espejo del probador. Se soltó la coleta, dejando que sus ondas oscuras cayeran libres sobre sus hombros, y se pintó los labios con un labial rojo intenso que encontró en un kit de maquillaje profesional olvidado. Ya no era la asistente sumisa del departamento de archivo y documentación. Era una bomba de tiempo lista para estallar.
Subió en el ascensor directo al piso del gran salón de eventos de la editorial. Al abrirse las puertas, el brillo de las lámparas de cristal, los flashes de los fotógrafos y el murmullo de los invitados de la alta sociedad la envolvieron. En el escenario del fondo, las pantallas gigantes transmitían en vivo por streaming para millones de usuarios digitales.
Louisa dio el primer paso hacia el salón, pero el aire se le congeló en los pulmones cuando las miradas del área de redacción se clavaron en ella.
—¿Qué hace la gorda aquí? —siseó una de las redactoras de moda a su derecha, tapándose la boca con una copa de champán—. Ella ni siquiera estaba en la lista de invitados. Qué atrevimiento.
—Mírale ese vestido —murmuró otra, recorriendo con desprecio el satén n***o que abrazaba sus curvas—. ¿De verdad creyó que meterse en un vestido de alta costura iba a ocultar que es una talla grande? Qué falta de estética, es ridícula.
Los cuchicheos comenzaron a expandirse por el ala lateral del salón. Louisa sintió que las mejillas le ardían y que las piernas le pesaban el doble bajo la tela sedosa. El pánico amagó con hacerla retroceder hacia el ascensor, recordándole cada palabra humillante que Jeffrey le había dicho en el callejón. Sin embargo, apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. No iba a huir.
Clavó los ojos al frente y caminó por el pasillo central, decidida a encontrar a Tony Kors y desenmascarar a Jeffrey ante todos. Entonces lo vio en una de las mesas, y fue directo hacia él.
Sin embargo, los zapatos de tacón que no acostumbraba a usar, le jugaron una mala pasada sobre el suelo de mármol recién pulido. Su pie izquierdo resbaló hacia un costado. Louisa perdió el equilibrio por completo y alguien la arrojó hacia adelante, cayendo de rodillas con un golpe seco justo frente a la mesa VIP presidencial.
Al intentar sostenerse de la madera, sus manos manotearon con fuerza el borde y arrastraron una cubeta de plata maciza llena de hielo y champán. El recipiente voló por los aires y todo el contenido —el alcohol espumoso y los cubos de hielo macizo— se vació íntegramente sobre la entrepierna de Tony Kors, el gélido, temido y multimillonario nuevo propietario de Iconic, que estaba charlando con unos invitados.
—¡Maldita sea! —rugió Tony, poniéndose de pie de un salto con la voz ronca por el impacto violento del agua congelada que le pegó la tela del pantalón de sastre directamente a la piel de su m*****o.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —gritó Louisa, en puro shock.
Aún de rodillas en el suelo, rodeada por los flashes de los fotógrafos que se giraron de inmediato hacia el desastre, Louisa agarró el fular de seda que llevaba al cuello y comenzó a frotar desesperadamente la ropa del hombre para secarla. En su estado de pánico total y sin medir las distancias, sus dedos presionaron con fuerza sobre la tela empapada. Su mano se cerró con firmeza, de lleno, sobre el m*****o endurecido de Tony Kors.
Un silencio sepulcral cayó sobre el gran salón. Las cámaras del streaming enfocaron la escena en primer plano, proyectándola de inmediato en las pantallas gigantes del lugar.
El silencio duró apenas un segundo antes de que el salón estallara en un coro de jadeos y murmullos escandalizados.
—¡Por Dios, miren dónde lo está tocando! —exclamó una de las invitadas en la mesa contigua, tapándose la boca con horror fingido—. Qué mujer tan vulgar, ¿quién la dejó entrar?
—¡Es la asistente de archivo! —se escuchó la voz estridente de una de las redactoras desde el fondo—. Se coló en la fiesta y ahora se le tira encima al señor Kors. ¡Qué descarada, es una muerta de hambre buscando llamar la atención!
—Qué espectáculo tan grotesco —comentó un hombre de sastre elegante, mirando la pantalla gigante con desprecio—. Esa gorda acaba de arruinar el evento del año. Seguridad debería sacarla a rastras ahora mismo.
Los cuchicheos golpearon a Louisa como si le estuvieran dando bofetadas físicas. El salón entero la señalaba, la juzgaba y se burlaba de su peso y de su audacia a través de las pantallas gigantes. Quería que la tierra la tragara en ese instante; el aire le faltaba y la humillación pública la estaba asfixiando por completo. Quería desaparecer, salir corriendo y esconderse en el rincón más oscuro del edificio.
Tony se quedó completamente rígido, como una estatua de piedra. El calor brutal de la mano de Louisa contrarrestó el frío del hielo de una forma tan violenta que su cuerpo reaccionó por puro instinto masculino, ganando aún más volumen bajo el agarre de la chica. Su mirada gris y gélida bajó hacia Louisa, clavándose en sus labios rojos con una intensidad peligrosa.
—Suéltame ahora mismo —siseó Tony entre dientes, con la mandíbula tan tensa que los músculos de su cara se marcaron con fuerza.
Louisa retiró la mano como si se hubiera quemado, con el rostro encendido de vergüenza, dándose cuenta de que millones de personas la estaban mirando en las pantallas.
—Señor Kors… yo… ¡Lo lamento tanto!
—¡Seguridad! —bramó una voz masculina desde el fondo del salón. Era Harrison, el director general, que se acercaba a toda prisa con el rostro desencajándose—. Saquen a esta mujer de aquí de inmediato. ¡Llévensela antes de que siga arruinando la gala!