Miré alrededor del restaurante, lleno de gente que se veía de alto nivel. Las mesas estaban decoradas como en una recepción de boda: capas de vajilla fina, una vela rosa rodeada de flores fragantes, vasos de agua cubiertos de condensación y cubiertos tan brillantes que la cuchara reflejaba la llama de la vela.
—Nunca he estado en un lugar así de elegante —admití—. Siento que en cualquier momento alguien va a decirme que no pertenezco a un sitio tan fino y va a sacarme a patadas.
La boca de Lucio se curvó de un lado y él se apoyó en los codos; sus ojos parecían iridiscentes.
—Si alguien intentara hacerte eso, yo le suelto un par de golpes.
Se me calentaron las mejillas, y no podía creer la suerte que tenía de estar ahí sentada con él. Aunque me moría por saber qué tragedia lo perseguía, no quería incomodarlo entrando de golpe en algo tan pesado, así que, después de que el mesero tomó nuestra orden, empecé con algo más ligero.
—Bueno, tengo que preguntar —dije—. ¿Por qué estás soltero?
Lucio se aclaró la garganta.
—Salí de una relación hace como un año.
—¿Cuando dices “salí”…?
Él sonrió.
—Me terminó.
Debería mandarle flores por devolverlo al mercado.
—¿Por qué?
Lucio se veía cauteloso, como midiendo mi reacción.
—Se molestó porque no podía decir esas tres palabritas.
—Ah.
—Ajá —asintió él.
Mientras lo miraba, un pinchazo de preocupación me apretó el estómago. Obviamente estábamos lejísimos de enamorarnos, pero la idea de que Lucio quizá nunca estuviera dispuesto a abrirse a sentimientos profundos me hizo sentir insegura de golpe. ¿De qué serviría lanzarse de cabeza a una nueva relación si no había potencial de que se convirtiera en algo más grande?
—¿Por qué no podías decirlo?
Se pasó las manos por la cara y, tras una pausa larga, habló con una vulnerabilidad que me dejó quieta.
—Vengo de una familia de mierda. Mis papás eran alcohólicos, y mi viejo se largó cuando yo tenía ocho años para irse con una mujer y un hijo de ella. Familia nueva, así nomás. Era un verdadero cabrón, así que la verdad… que se fuera fue lo mejor.
Lucio tomó una rebanada de pan y la mojó en aceite servido en un platito. Me dio la impresión de que lo hacía porque no le gustaba hablar de eso, y el pan le daba algo en qué enfocarse.
—Mi mamá no era mucho mejor. Nunca decía “te quiero” ni nada de eso… pero al menos se quedó.
Le dio un mordisco al pan.
—Siento mucho que hayas pasado por eso.
—No lo sientas. Estoy bien. Pero compartir lo que siento no formó parte de cómo me criaron, así que no me salía natural decirlo.
Fue egoísta preocuparme por cómo su pasado doloroso podría afectarme —sabía que debería estar pensando en lo duro que debió ser para él—, pero no pude evitar preguntarlo.
—¿Crees que algún día podrás decírselo a alguien?
Su energía cambió. Me miró con una certeza tranquila y su boca se suavizó en una sonrisa.
—Sí —dijo con calidez—. Creo que puedes conocer a alguien que se sienta completamente distinto a cualquiera que hayas conocido.
La luz de la vela bailó sobre su rostro y sus ojos hipnóticos me dejaron muda.
Ojalá pudiera estirar la mano y tocar esa pequeña “v” en su labio superior.
—Entonces, cuéntame más de ti.
—¿Qué quieres saber? —logré decir.
—Todo —respondió—. Háblame de tus papás.
Mientras le contaba lo básico de mi vida durante los siguientes minutos, Lucio me observó con atención.
—Mi hermano cree que todavía juzgo a mis papás por haberse divorciado —admití.
—¿Y lo haces?
—No —dije—. No creo… —añadí—. Tal vez —acepté al final—. Solo creo que… sé que lo que vivieron fue horrible, y que como el cincuenta por ciento de los matrimonios termina en divorcio, y el ochenta por ciento en parejas que han perdido a un hijo. Pero ellos se amaban. Y si de verdad se aman, entonces, por grandes que sean los problemas, yo creo que…
Me quedé en silencio.
—El amor verdadero debería poder con todo —concluyó Lucio.
Exacto.
—Algo así.
Y supongo que una parte de mí estaba empeñada en demostrarlo, porque si el amor no podía conquistarlo todo, su significado se diluía hasta ser nada más que una compañía temporal. Y una vida sin la magia del amor verdadero me parecía una cáscara deprimente.
—Sus platos fuertes —interrumpió el mesero.
Mientras colocaba cada plato, explicó cómo estaba preparado, nos preguntó si necesitábamos algo más y luego nos dejó para disfrutar la comida.
—Entonces, después de que tu papá se fue —dije—, ¿mantuviste una relación con él?
Los labios de Lucio se tensaron.
—No.
Ensarté una col de Bruselas con el tenedor.
—¿Por qué?
Lucio intentó encogerse de hombros, como quitándole importancia a un dolor evidente, pero su respuesta fue devastadoramente simple.
—Porque él no quería.
Mis papás no eran perfectos, pero me querían, y tratar de imaginar lo que se sentiría que no… dolía demasiado. Quise borrar el dolor de los ojos de Lucio.
—Quizá en el futuro eso cambie.
Noté que mi optimismo le parecía tierno.
—Lamentablemente, nunca lo sabré. Mi papá está muerto.
—Ay, Dios. Lo siento muchísimo.
—No lo sientas —dijo—. Fue hace mucho. Él, eh…
Lucio jugueteó con el tenedor.
—En realidad lo asesinaron.
Parpadeé.
—¿Asesinaron?
—No lo había pensado en mucho tiempo —admitió, aclarándose la garganta—. Cuando pasó, juré que iba a encontrar al tipo que lo hizo, sobre todo porque ni siquiera arrestaron a nadie. Sé que mi papá era un idiota y lo que quieras, pero… seguía siendo mi papá.
Guardó silencio un momento; la mirada se le perdió.
—Nunca fui por ese tipo.
Otra pausa.
—Vaya hijo que soy.
Jessica había perdido la vida por una enfermedad espantosa. No podía imaginar cómo sería si alguien se la hubiera arrebatado a propósito y encima se hubiera salido con la suya.
—Dios… lo siento tanto.
Extendí la mano y puse la mía sobre la suya, y supe que esa intimidad significaba mucho para él. De hecho, fue un momento decisivo de la cita. Nos quedamos tomados de la mano, mirándonos en silencio tanto tiempo que solo cuando el mesero volvió a revisar si necesitábamos algo recordamos que ni siquiera habíamos terminado de comer.
Nos enfocamos en nuestra comida ya tibia, pero apenas alcanzamos a dar unos bocados cuando una voz urgente interrumpió la cena de todos.
—Damas y caballeros, si me pueden prestar atención, por favor —gritó desde la entrada del restaurante un tipo delgado con uniforme de chef.
Lucio miró hacia allá y se le abrieron los ojos.
—Joana, párate.
—¿Qué?
Lucio se levantó de golpe, agarró ambos abrigos y me guio por el codo hacia una puerta que decía Salida de Emergencia, mientras el chef seguía hablando:
—Por favor, evacuen el edificio de inmediato. Usen las escaleras, no el elevador, y no corran.
Aunque la mayoría de los clientes se veía confundida, Lucio me metió en una escalera de concreto y, justo cuando empezamos a bajar, sonaron las alarmas contra incendios.
—¿Cómo supiste? —pregunté.
—Vi el humo, y luego vi la cara que puso —respondió Lucio.
Con cada piso que bajábamos, más gente se incorporaba a la escalera, mientras una luz azul parpadeante y un sonido de bocina llenaban el espacio. Algunos estaban callados, otros un poco desesperados, pero yo solo podía contar cada tramo mientras descendíamos lo más rápido posible. Catorce escalones, giro a la izquierda y otros catorce para completar un piso. Tardábamos doce segundos por tramo, pero conforme se llenaban las escaleras, tardábamos más. Incluso si redondeaba a diez segundos por tramo, eran 950 segundos para bajar noventa y cinco pisos. Diez minutos son seiscientos segundos, así que nos tomaría entre quince y veinte minutos llegar abajo.
Pero no había necesidad de preocuparse tanto. Edificios así debían tener rociadores y otros métodos para apagar o, en el peor de los casos, frenar un incendio. La evacuación probablemente era solo un protocolo de más vale prevenir. Seguramente el fuego no iba a tragarse todo el edificio.
Ojalá.