Mi mejilla palpitaba, advirtiéndome que, bajo el corrector, la lesión quizá se estaba oscureciendo. Peor aún, la sangre descendía por el interior de mi nariz, amenazando con delatarlo todo con su evidencia carmesí.
Justin volvió a clavar los ojos en mí. Me recordaba a papá: alto y en forma, con el cabello rubio arena y ojos azules. Pero, a diferencia del aspecto relajado de papá, Justin construía su imagen con sumo cuidado. Su corte de cabello parecía sacado de un catálogo de salón, y sus pantalones negros, perfectamente planchados, tenían el dobladillo exacto para no caer sobre sus zapatos impecablemente lustrados. Corbata azul, camisa azul marino bien almidonada, ni una arruga.
Yo, en cambio, parecía una versión de veintitrés años de mamá, con ojos verdes y el cabello castaño largo y ondulado.
—Tienes los ojos hinchados —dijo, incrédulo.
Genial. Evidentemente, sus preguntas iban a tener prioridad sobre aquello de lo que había venido a hablar.
—Bueno, estoy agotada y no me siento bien, ¿de acuerdo?
—No te ves enferma, te ves alterada.
—Ah, perdón, ¿se suponía que tomara “te ves fatal” como un cumplido?
—¿Qué pasa? —insistió, con más firmeza esta vez.
—Nada.
Tomé mis llaves y el teléfono y me colgué el bolso al hombro.
—Me llamaste anoche y me dijiste que había algo tan importante que ni siquiera podías decírmelo por teléfono. Resultado: me pasé media noche despierta pensando qué podía ser, hoy me siento fatal y, encima, me dicen que me veo como el demonio. Supongo que no estoy de muy buen humor esta mañana.
Me abrí paso hacia el pasillo y cerré con llave.
—Eso es demasiada actitud por perder un poco de sueño —dijo Justin.
Mientras bajábamos en el elevador, buscó respuestas en mi rostro, y durante todo ese tiempo la sangre de mi nariz se negó a ceder pese a mis aspiraciones. En cualquier segundo iba a derramarse sobre mi labio. ¿Cómo demonios iba a ocultar esto durante toda la caminata de quince minutos hasta el trabajo?
Una parte de mí no quería ocultarlo. Una parte de mí anhelaba que sus brazos reconfortantes me envolvieran, como cuando éramos niños y tratábamos de escapar del eco de la tristeza de mamá.
El elevador se abrió con un timbrazo.
No había policías en el vestíbulo, ni vehículos patrulla afuera, y las sirenas se habían detenido. Eso significaba que no venían por mí. Gracias a Dios.
Justin miró su reloj.
—Mira, tenemos que apurarnos. Tengo una reunión crítica a primera hora y no puedo llegar tarde.
Si Justin tenía una reunión tan importante, ¿por qué insistía en acompañarme caminando al trabajo? Le quedaba totalmente fuera de camino. Justin trabajaba en CME Group, Inc., que se formó cuando la Bolsa Mercantil de Chicago compró la Junta de Comercio de Chicago. Mi oficina quedaba cerca de Millennium Park, ocho cuadras en la dirección equivocada.
—¿Qué tipo de reunión?
Salimos al exterior, donde el sol de agosto me atacó los ojos y dejó a Chicago al descubierto.
La ciudad se sentía distinta hoy. Los rascacielos de setenta pisos que antes me emocionaban con sus posibilidades infinitas ahora me encerraban en su túnel de acero, haciéndome sentir como una hormiga pequeña e insignificante. La actividad que antes me inspiraba ahora se sentía caótica. Un río de autos atascaba las calles, los conductores impacientes tocaban la bocina y, cuando el tren elevado de Chicago, el “L”, pasó rugiendo sobre las calles, el estruendo metal contra metal fue tan fuerte que opacó todas las conversaciones. Abajo, la gente abarrotaba las aceras como una infestación de insectos.
Me sentía una impostora caminando entre ellos. Había dejado que ocho meses de golpes de suerte se me subieran a la cabeza, ansiosa por contarle a cualquiera que preguntara lo bien que me iba, como si mereciera estar en un pedestal. Y entonces, hoy, un mazo demolió ese pedestal y caí en cámara lenta, estrellándome contra el suelo en desgracia.
¿Qué hizo que Lucio explotara de esa manera? ¿Miedo por otro hombre? ¿Cómo podía siquiera pensar, por una fracción de segundo, que tenía algo de qué preocuparse con Stephen o con cualquier otro? ¡Me conocía mejor que eso! Y aun si, en alguna realidad alterna, me hubiera sorprendido engañándolo, no había absolutamente ninguna excusa para ponerme una mano encima. ¡Cómo se atrevió!
Ni siquiera lo reconocí; era como si estuviera poseído, y en ese instante todos nuestros momentos sin aliento, cayendo perdidamente enamorados, se reescribieron. Cada vez que me había declarado su amor, ¿había siempre un monstruo acechando bajo la superficie?
Nada de esto tenía sentido. En un océano de confusión, lo único que sabía con certeza era que Lucio me amaba con todo su corazón. Pero si me amaba, ¿cómo pudo haberme lastimado? No se puede amar a alguien y herirlo físicamente. Esas dos cosas no pueden coexistir.
Bajo el peso aplastante de la devastación, no fue solo mi corazón el que empezó a hacerse pedazos; fue mi alma. Podía sentir cómo toda mi felicidad, mis risas, mis sonrisas, morían en la desesperanza. Necesitaba entender por qué había pasado más de lo que necesitaba el oxígeno para respirar, porque era lo único que tenía el poder de quitar este dolor implacable e insoportable.
Y solo había un ser humano que podía explicarlo: Lucio.
¿Qué tan enferma estaba para pensar que la única persona con el poder de coser mi corazón de nuevo era justamente quien lo había destrozado?
Yo no era así de débil. No iba a escuchar nada de lo que Lucio tuviera que decir porque no iba a volver a hablar con él jamás.
Una bocina rugió.
Algo apretó mi brazo.
Mi cuerpo fue jalado hacia atrás.
—¡Joana! —gruñó Justin.
Había pisado el cruce peatonal mientras el tráfico aún fluía. Justin me había agarrado y tirado de vuelta justo a tiempo.
—¿Qué demonios te pasa? —dijo.
Tragué saliva, dócil.
—No estaba viendo por dónde iba…
—Sí. Se nota —dijo Justin, soltándome el brazo.
Mi hermano me estudió, con la sospecha creciendo en sus ojos. Ojalá tuviera un espejo para ver si el moretón estaba empeorando.
—¿Qué te sucede hoy?
Me estoy rompiendo. Tengo miedo. No sé qué hacer.
—Ya te dije, no me siento bien.
El semáforo peatonal se encendió y la gente nos rodeó como agua que rodea un desagüe tapado.
—Vamos —dijo, apurándome a cruzar.
Si tenía alguna esperanza de detener su interrogatorio sobre mi comportamiento extraño, necesitaba actuar menos extraña. Ya. Y cambiar de tema.
—¿Vas a decirme eso de lo que querías hablar?
—¿Así que vamos a fingir que no estabas llorando? —dijo Justin.
Se me encogió el estómago.
Solo se sentía como si la vida nunca fuera a volver a estar bien, pero lógicamente no era cierto, y tenía mucho por lo que estar agradecida. Mira todas las oportunidades que había tenido: las becas universitarias, los trabajos que conseguí para cubrir los huecos de la matrícula, la posibilidad de mudarme a la ciudad más magnífica del mundo. Además, aunque no estaba lista para hablar de lo que pasó con Lucio —quizá nunca lo estaría—, la presencia de Justin me reconfortaba de una forma que nadie más podía. Tenerlo allí significaba más para mí que nunca.
—Estoy bien —repetí—. Y se nos acaba el tiempo.
Mi oficina estaba a menos de media cuadra.
Me observó, evaluando si de verdad estaba bien. Llorar y tener mala actitud no eran propias de mí, pero no estaba histérica, así que después de unos segundos suspiró.
—Se abrió una vacante en una firma de Nueva York —dijo Justin—. Francis Holdings. Es la sexta firma de inversión más grande de Nueva York y sigue creciendo. Se supone que estará entre las tres primeras en los próximos cinco años. Tienen una vacante para un banquero de inversiones con proyección de ascenso. Revisé mi correo ayer: me confirmaron una entrevista telefónica para esta tarde. Si sale bien, me van a llevar para una ronda de entrevistas presenciales.
El vacío me tragó por completo y sentí el estómago caerme a los pies. Debería estar feliz por él. Emocionada, incluso, de que Justin pudiera conseguir lo que siempre había querido: su carrera soñada en Nueva York. Sobre todo porque su carrera lo era todo para él.
Pero, evidentemente, yo era egoísta y débil. Mi hermano era uno de mis mejores amigos, y un puesto así significaba que se mudaría a mil trescientos kilómetros de distancia, probablemente para siempre. Y no podía estar pasando en peor momento. Era como caer en una grieta profunda y, justo cuando golpeas el fondo, el lodo te traga. Al estirar desesperada la mano hacia arriba, lo único que hace es despedirse.
—¡Eso es increíble!
Llegamos frente al edificio de mi oficina, en West Wacker. Era un hermoso edificio de treinta pisos, de concreto color arena y columnas arquitectónicas, frente al río Chicago.
Justin miró su reloj, claramente molesto por tener que cortar su interrogatorio.
—¿Qué tal si almorzamos?
—No puedo. Michael programó otra de sus actividades obligatorias de integración de equipo.
Me observó y me dio una última oportunidad.
—¿Segura de que todo está bien?
No. Ni siquiera sabía cómo iba a atravesar el día.
—Sí. ¡Felicidades por la entrevista! Cuéntame cómo te va, ¿sí?
Me giré y caminé hacia las puertas.
—Mándale saludos a Zoey de mi parte.
Maldición.
Mi única esperanza de evitar un colapso en el trabajo era arrinconar el incidente de esta mañana en el rincón más lejano de mi mente, pero mi mejor amiga iba a notar que algo no estaba bien. Y Zoey era mucho más terca que Justin cuando se trataba de conseguir respuestas.
Respuestas que quizá exigiría durante las próximas nueve horas.
Ya que, además, era mi compañera de trabajo.