PRÓLOGO

508 Words
La lluvia caía como si quisiera borrar la ciudad. Santiago estaba cubierto por una bruma espesa que suavizaba las formas, los bordes, los contornos de las cosas. Las luces del atardecer se deshacían contra el pavimento mojado, reflejadas en charcos que temblaban con el paso de los autos, las prisas ajenas y el viento arrastraba las hojas secas y murmullos lejanos. Catalina Ibáñez caminaba por la vereda de calle Lastarria como quien atraviesa un sueño húmedo, aferrándose al abrigo n***o que se le pegaba al cuerpo con cada ráfaga. Tenía frío, pero por dentro ella ardía. Venía del cierre de una exposición de arquitectura en el centro cultural GAM. El evento había sido exactamente como todos los anteriores: "vino mediocre, elogios de compromiso y hombres que la miraban con esa mezcla de fascinación y temor que tanto la agotaba, algunos la deseaban por su elegancia distante; otros se sentían amenazados por su éxito". Nadie, absolutamente nadie, parecía realmente ver quién era ella. Catalina había construido su vida como quien traza planos con precisión milimétrica: sin errores, sin excesos, sin fisuras. Una carrera impecable, una agenda repleta, un apartamento en Bellas Artes decorado con muy buen gusto, pero algo crujía por dentro, una grieta que ni siquiera ella. Arquitecta de muros y proporciones, sabía cómo reparar. Se detuvo frente a un café pequeño, con los ventanales empañados por el vapor cálido de la tarde al principio dudó si entrar. Estaba harta de la rutina, pero también del vacío que sentía cada vez que intentaba romperla y fue en ese momento, cuando giró apenas la cabeza, que lo vio a través del cristal, en una mesa junto a la ventana, un hombre de barba desordenada la observaba desde el otro lado del ventanal. Llevaba una camiseta blanca ligeramente mojada, jeans oscuros empapados hasta las rodillas y una cámara colgando del cuello como una extensión de su cuerpo. La miraba con una intensidad que no tenía nada de lasciva. No era deseo exactamente lo que reflejaban sus ojos. Era curiosidad, interés, una especie de reconocimiento primitivo, casi salvaje y sin embargo, tranquilo. Catalina no sonrió Pero tampoco, se dio la vuelta y minutos después, empujó la puerta del café y entró. El calor le golpeó el rostro, junto con el aroma a café tostado y madera húmeda. León —aunque aún no sabía su nombre— alzó la vista, sus miradas se encontraron por unos segundos y en ese breve cruce de tiempo, algo se quebró dentro de ella. No de una forma violenta, sino como si una antigua cerradura cediera, silenciosamente. No dijeron palabra, no hacía falta. Había en él una promesa no dicha, algo misterioso, quizás hasta peligroso, algo que podía arrasar con su orden, incluso con su vida de hasta ese momento perfecta, aún así, Catalina no se detuvo. No quería detenerse. Supo, en ese mismo instante, que él sería tal vez su perdición o quizás, su única salvación, su espejo más oscuro o tal vez su deseo más claro. No lo sabía, pero pronto quizás lo descubriria
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