Mateo no iba a entrar. O eso se dijo. Se queda unos segundos en la acera, mirando el interior a través del cristal empañado. Dentro, el murmullo de siempre: vasos, risas, conversaciones que no importan. No tienes que ir. No tienes que hacer nada. Respira. Exhala. Y, sin más argumento que la costumbre… entra. El golpe de calor lo envuelve. La luz, el ruido, la barra ocupada. Todo en su sitio. Todo igual. Menos él. No la busca. No de inmediato. Se acerca a la barra, pide algo, se queda esperando con las manos en los bolsillos, mirando un punto cualquiera. Y entonces… la ve. No por insistencia. Por cruce. Mara sale del pasillo del fondo con un vaso en la mano, hablando con alguien que se queda atrás. Avanza un par de pasos… y levanta la vista. Se encuentran. Sin preparaci

