Capítulo 18

1097 Words
Mateo la ve antes de decidir. Y esta vez… no duda demasiado. No hay cálculo fino. No hay “a ver si encaja”. Hay algo más claro, más directo, casi incómodo en su propia sencillez. Ve. La encuentra en la mesa alta, sin libro hoy, con el vaso entre las manos y esa calma suya que no necesita nada más para sostenerse. Se acerca. Sin frase preparada. —Voy a decir algo sin rodeos —dice, colocándose a su lado. Mara gira la cabeza. Lo mira. No sorprendida. Pero sí… atenta. —Eso suena nuevo. Mateo asiente, breve. —Lo es. Silencio corto. No pesa. Pero abre espacio. Mateo apoya una mano en la mesa, sin invadir, marcando presencia sin ocupar demasiado. —Quiero verte fuera de aquí —dice. Directo. Sin broma. Sin giro. Sin ironía que amortigüe. La frase se queda en el aire. Clara. Mara no responde enseguida. Lo observa un segundo más, como si midiera no la propuesta… sino desde dónde viene. —¿Por qué? —pregunta. No suena a prueba. Suena a interés contenido. Mateo no baja la mirada. —Porque aquí todo se queda a medias —responde—. Y quiero ver qué pasa cuando no. Silencio. La respuesta no es perfecta. Pero es honesta. Y eso cambia el peso. Mara ladea la cabeza apenas. —Eso suena a querer que pase algo. Mateo sostiene la frase. No la niega. —Suena a querer entender qué está pasando. Matiz. Pequeño. Pero importante. Mara lo mantiene en la mirada un segundo más. Sin incomodidad. Sin cierre. Pero tampoco con apertura inmediata. Mateo no añade nada. No empuja. No rellena. Se queda ahí. En la propuesta. Tal cual. Y eso… en él… ya es distinto. Mara no responde de inmediato. Mira la mesa, la vela apagada de otro día, el vaso entre sus manos… y vuelve a él. —Vale —dice al final. Sin énfasis. Pero sin duda. Mateo no sonríe. No de forma evidente. Pero algo en su postura se relaja un milímetro. —¿Vale… cómo? —pregunta. Mara se encoge de hombros, ligera. —Vale de ver qué pasa. Silencio. No es aceptación completa. Pero tampoco es rechazo. Y eso… es suficiente. —Mañana —dice Mateo—. Hay un sitio cerca del río. No pregunta. Propone. Mara asiente. —Me sirve. Así de fácil. Así de limpio. Y en ese intercambio… algo se coloca. No en forma de promesa. Pero sí de posibilidad real. —No es muy espectacular —añade Mateo—. Pero no tiene ruido. Mara sonríe. —Mejor. Silencio breve. Pero ahora… tiene otra textura. No es el silencio de no saber qué decir. Es el de no necesitar decir más. Mateo se apoya un poco más en la mesa. Sin invadir. Sin empujar. —¿Siempre aceptas planes así? —pregunta. Mara ladea la cabeza. —No. —Entonces hoy tengo suerte. Mara lo mira. —Hoy estás siendo claro. Ahí. Pequeño reconocimiento. Sin exagerar. Pero suficiente. Mateo asiente. —Estoy intentando no estropearlo. Mara suelta una pequeña risa. —Eso ya lo hemos hablado. —Lo sé. —Y no funciona. —También lo sé. Silencio. Y, aun así… la conversación sigue. Fluye. Sin ese ruido interno. Sin esa necesidad constante de ajustar. —¿Te incomoda? —pregunta ella. Mateo frunce el ceño. —¿El qué? —No saber qué va a pasar. Mateo piensa un segundo. De verdad. —Antes sí —responde—. Ahora… no tanto. Mara asiente. Como si encajara. —Eso cambia bastante las cosas. Mateo la mira. —¿Para bien? Mara se encoge de hombros. —Para que pasen. Silencio. Y en ese momento… todo parece alinearse. hay claridad hay intención hay respuesta hay posibilidad Mateo lo nota. Claro. Directo. Sin ruido. Y por primera vez desde que empezó todo esto… no tiene que imaginar. Está pasando. El momento se sostiene. Demasiado bien. Mateo apoya el vaso, se queda mirándola un segundo más de lo habitual. No por buscar una respuesta… sino por lo que acaba de abrirse entre los dos. —Entonces mañana —dice—. Sin ruido. Mara asiente. —Sin ruido. Silencio. Ligero. Cómodo. Peligroso. Mateo deja escapar una pequeña exhalación, casi una risa contenida. —Vale… —añade—, esto está siendo más fácil de lo que esperaba. La frase le sale sin filtro. Natural. Y ahí… ahí se cuela. Mara lo mira. Y no sonríe. No del todo. —¿Fácil cómo? —pregunta. Mateo se encoge de hombros. —No sé… —duda—. Pensé que iba a ser más complicado llegar a esto. Ahí está. llegar a esto La frase queda en el aire. Y Mara la recoge. Sin prisa. —¿A qué? —dice. Mateo sostiene la mirada. No se da cuenta de que está definiendo algo que aún no existe. —A que quedemos —responde—. A ver qué pasa fuera de aquí. Silencio. Muy breve. Pero suficiente. Mara baja la mirada un segundo al vaso. Luego vuelve a él. —Vale —dice—. Pero no es “llegar a nada”. La frase entra limpia. Sin dureza. Pero corta. Mateo parpadea. —¿Cómo? Mara no cambia el tono. —Quedar no es un paso —explica—. Es solo… quedar. Silencio. Mateo intenta encajar eso con lo que acaba de sentir. —Ya, pero… —empieza—, algo cambia, ¿no? Mara ladea la cabeza. —Cambia el sitio. Nada más. Otra vez ese límite. Claro. Sin dramatismo. Pero firme. Mateo exhala despacio. —Pensé que… —se queda ahí. No sabe cómo terminar sin decir demasiado. Mara lo observa. —Que esto iba a algún sitio —completa ella. No suena a reproche. Suena a lectura correcta. Mateo no niega. No puede. Silencio. —Puede ir —dice ella—. O no. Pausa. —Pero no por quedar. Y ahí… se recoloca todo. El plan sigue. Mañana sigue existiendo. Pero el significado… no. Mateo asiente despacio. Porque lo entiende. Aunque no le guste. —Vale —dice. Y esta vez… no hay ilusión en esa palabra. Hay ajuste. Mara recoge el vaso, se separa un poco, marcando su espacio otra vez. —Mañana —repite. —Mañana. Y cuando se va… Mateo no se mueve. No la sigue. No intenta recuperar nada. Se queda ahí. Con algo muy claro por dentro: no está avanzando solo está… estando Y eso… no es lo que esperaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD