Capítulo 19

1143 Words
El río suena distinto de noche. Más ancho. Más lento. Como si arrastrara todo sin pedir permiso. Mateo llega antes. No mucho. Lo justo para no tener que llegar a la vez. Se queda de pie, mirando el agua, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de frases que no terminan de encajar. No lo prepares. No lo conviertas en algo. Solo… está. Respira. Exhala. No ayuda. Escucha pasos a su espalda. No se gira enseguida. Y ese segundo de más… es suficiente para que ya esté pensando. —Hola —dice Mara. Mateo se gira. —Hola. Sonríe. Pero tarda. Un poco. —Pensé que ibas a llegar antes —añade ella, acercándose. —He llegado antes —responde—. Solo… estaba ahí. Señala el río con un gesto vago. Mara asiente. —Tiene sentido. Silencio. Breve. Pero no vacío. Mateo da un paso a un lado, dejando espacio a su lado sin invitar explícitamente. Mara lo ocupa. Natural. Se apoyan en la barandilla. Mirando al frente. No entre ellos. Y eso debería hacerlo más fácil. Pero no lo hace. Mateo traga saliva. Di algo sencillo. No lo hagas raro. —Bueno… —empieza—, esto es lo que había. La frase le suena pobre en cuanto sale. Mara no lo corrige. —Está bien —dice. Simple. Sin entusiasmo. Pero tampoco sin interés. Mateo asiente. Sigue. No te quedes ahí. Pero se queda. Mira el agua. Luego a ella. Luego otra vez al agua. —Pensé que aquí sería más… —empieza, y se detiene. No encuentra la palabra. O encuentra demasiadas. Mara lo mira. —¿Más qué? Mateo niega levemente. —Nada. Silencio. Otra vez. Pero ahora… sí pesa. No por ella. Por él. Estás dudando. Se nota. Mateo apoya los codos en la barandilla, entrelazando las manos, como si ese gesto le diera algo de estabilidad. —No suelo quedarme sin saber qué decir —admite, sin mirarla. Ahí. Pequeño. Pero real. Mara no sonríe. No lo convierte en broma. —Se nota —responde. Sin dureza. Sin suavizarlo. Mateo suelta una pequeña exhalación. —Genial. Silencio. Pero esta vez… no intenta llenarlo. No puede. Porque no sabe con qué. Y eso… eso es lo que lo deja fuera de guion. El río sigue su ritmo. Indiferente. Mateo apoya el peso en un pie, luego en el otro. Un pequeño vaivén que no sabe muy bien dónde colocar. —¿Vienes mucho por aquí? —pregunta. En cuanto lo dice… lo sabe. Demasiado fácil. Demasiado típico. Demasiado… él de antes. Mara mira al frente. —A veces. Corto. Correcto. Sin empujar nada más. Silencio. Mateo asiente. Vale, cambia. —De día es distinto —añade—. Hay más gente. Mara gira la cabeza apenas. —Tiene sentido. Otra respuesta limpia. Cerrada. Sin grietas por donde entrar. Mateo se pasa la mano por la nuca. Esto no va. —Pensé que sería más fácil —dice, más bajo. Mara no responde de inmediato. Lo mira. —¿El qué? Mateo duda. Otra vez. —Esto —dice, señalando el espacio entre los dos—. Hablar… fuera de ahí. Mara vuelve a mirar el río. —No tiene por qué serlo. Silencio. Mateo deja escapar una risa breve. —Ya… pero pensé que lo complicado era el sitio. —No —responde ella—. El sitio no cambia mucho. La frase queda flotando. Mateo la recoge. Demasiado tarde. —Entonces soy yo —dice. No suena a broma. Mara no lo contradice. Pero tampoco lo confirma. —Eres parte —responde. Parte. No todo. Pero suficiente. Silencio. Más largo. Mateo intenta sostenerlo. No lo llenes. Aguanta. Aguanta. Tres segundos. Cuatro. Cinco. —No sé muy bien qué hacer aquí —admite al final. Sale directo. Sin maquillaje. Mara ladea la cabeza, curiosa. —No tienes que hacer nada. Otra vez. La misma idea. Pero aquí… no le sirve. Mateo niega, leve. —Eso me lo dices siempre. —Porque es verdad. Silencio. Mateo mira el agua. Luego a ella. Luego otra vez al agua. —Ya… —dice—. Pero cuando no hago nada… tampoco sé si estoy haciendo algo mal. Ahí. La trampa. Mara lo observa un segundo más. —Ahí está el problema —dice. Mateo no responde. No puede. Porque lo entiende. Pero no sabe salir. El silencio vuelve. Más largo. Más pesado. Pero ahora… no es incómodo del todo. Es… torpe. Como si ambos estuvieran en un lugar nuevo sin mapa. Y Mateo… no deja de notar que está fuera de su terreno. El silencio vuelve. Pero esta vez… no cae. Se posa. Como la niebla fina sobre el río: no invade, no empuja, simplemente está. Mateo mira el agua, las luces partidas en la superficie, y deja de buscar una frase salvadora. No la encuentra. Y, por primera vez en toda la noche… no la persigue. Mara se apoya un poco más en la barandilla, el hombro rozando el metal frío. —No pasa nada —dice. Suave. Sin mirar. Mateo gira la cabeza apenas. —¿El qué? —Que no salga —responde ella—. La conversación. Silencio. Pero distinto. Mateo frunce el ceño, leve. —Sí pasa —dice—. Se nota. Mara niega despacio. —Se nota… porque tú lo estás notando. Pausa. El río sigue. —A mí no me molesta —añade. Mateo se queda quieto. La frase no es consuelo. Es… otra cosa. Más simple. Más incómoda. —¿De verdad? —pregunta. Mara se encoge de hombros. —No todo tiene que llenar el espacio. Silencio. Y esa vez… no pesa. No porque se haya ido. Porque cambia de lugar. Mateo mira al frente. Respira. Lento. —Estoy acostumbrado a… —empieza, y se detiene. Mara no lo apura. —A que si no hablas, pierdes algo —termina él. Ella asiente. —Puede ser. —Aquí no sé si estoy perdiendo o no —dice Mateo. Mara gira la cabeza, lo mira por primera vez en un rato. —No estás compitiendo. Mateo sostiene la mirada. —No lo sé hacer de otra forma. Mara no sonríe. Pero tampoco se cierra. —Entonces prueba esta. Y no explica más. No da instrucciones. No corrige. Solo… le deja el espacio. El silencio vuelve. Pero ahora… Mateo no lo llena. No porque no quiera. Porque decide no hacerlo. Se queda ahí. Con ella. Mirando el río. Sintiendo el hueco sin intentar taparlo. Y poco a poco… ese hueco deja de ser amenaza. —Vale —dice al final, en voz baja. Mara asiente. No pregunta qué significa. No hace falta. Porque por primera vez… Mateo no está intentando hacerlo bien. No está intentando avanzar. No está intentando sostener nada. Está… quieto. Presente. Y, extrañamente… eso funciona.
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