No lo dice de inmediato.
Eso ya es una señal.
Mateo se queda en la barra un rato más de lo normal, terminando la bebida sin prisa, mirando hacia ningún sitio en concreto. Como si lo que acaba de ver necesitara asentarse antes de tener forma.
Dani no lo interrumpe.
Solo espera.
Y eso… siempre funciona.
—Estaba con alguien —dice Mateo al final, sin mirarlo.
La frase sale limpia.
Pero no es suficiente.
Dani asiente.
—Ya.
Silencio.
Mateo apoya el vaso vacío en la barra y lo gira entre los dedos, como si necesitara que algo se moviera aunque fuera mínimo.
—Nada raro —añade—. Un tío cualquiera.
Dani levanta una ceja.
—Claro.
Mateo frunce el ceño, molesto por el tono.
—No, en serio. Normal. Nada especial.
Lo repite.
Demasiado.
Como si eso cambiara algo.
Dani no responde.
Y ese silencio le obliga a seguir.
—Estaban hablando… ya está —continúa Mateo—. Como habla todo el mundo.
Se detiene.
Respira.
—Pero…
Ahí.
Ahí está lo que no quiere decir.
Dani no se mueve.
Mateo lo intenta ordenar.
—Era fácil —dice al final—. Para ellos.
Silencio.
Más pesado ahora.
—¿Fácil cómo? —pregunta Dani, sin presión.
Mateo se inclina un poco hacia delante, apoyando los antebrazos en la barra.
—Sin pensar —responde—. Sin medir. Sin… —hace un gesto vago con la mano—, sin tener que estar pendiente de nada.
Dani asiente despacio.
Mateo mira al frente.
—Y no entiendo por qué conmigo no es así.
Ahí está.
Más claro.
Más directo.
Sin excusas.
Dani lo observa un segundo más.
—¿Y eso te molesta? —pregunta.
Mateo tarda.
No responde automático.
No se defiende.
Piensa.
Y eso ya dice mucho.
—No lo sé —dice al final—. Es raro.
Siempre vuelve ahí.
Raro.
Como si la palabra pudiera contener algo que en realidad es más grande.
Mateo se pasa la mano por la nuca, incómodo.
—Es que no tiene sentido —añade—. No hago nada distinto.
Mentira.
Pero aún no la ve.
Dani no lo corrige.
Todavía no.
Mateo exhala despacio.
—O sí —murmura—. Igual hago demasiado.
Ahí.
Por primera vez…
lo roza.
Dani no responde enseguida.
Lo mira.
No como antes.
No con esa ligereza de siempre.
Ahora hay algo más preciso en su forma de observarlo.
—No es raro —dice al final.
Mateo frunce el ceño.
—¿Ah, no?
Dani niega despacio.
—Es bastante claro.
Silencio.
Mateo se recuesta un poco, cruzándose de brazos, ya a medio camino entre la defensa y la curiosidad.
—Pues ilumíname.
Dani no sonríe.
Eso ya es mala señal.
—Con él no está haciendo nada —dice—. Y contigo… sí.
Mateo lo mira, confundido.
—No tiene sentido.
—Tiene todo el sentido —responde Dani—. Porque contigo siente que tiene que hacerlo.
Ahí.
Corte limpio.
Mateo se queda quieto.
—¿Hacer qué?
Dani apoya los codos en la barra, inclinándose un poco más hacia él.
—Estar pendiente. Medir. Ajustarse.
Silencio.
Mateo niega automáticamente.
—No —dice—. Yo no le pido eso.
Dani asiente.
—No hace falta que lo pidas.
Mateo aprieta la mandíbula apenas.
—No le estoy imponiendo nada.
—No —responde Dani—. Pero lo generas igual.
Silencio.
Más pesado.
Mateo desvía la mirada un segundo.
No le gusta por dónde va esto.
—Eso es asumir demasiado —dice, intentando recuperar terreno.
Dani se encoge de hombros.
—O observar bien.
Pausa.
Luego añade, más tranquilo:
—Tú entras siempre con intención.
Mateo no responde.
Porque es verdad.
—Y eso se nota —continúa Dani—. Se nota en cómo hablas, en cómo mides, en cómo estás pendiente de lo que pasa después.
Mateo exhala por la nariz.
—Todo el mundo hace eso.
Dani niega.
—No.
Silencio.
—Todo el mundo no —repite—. Tú sí.
Ahí.
Otra vez.
Más directo.
Mateo se queda mirando el vaso vacío.
Lo gira.
Una vez.
Otra.
—Entonces… ¿qué? —dice al final—. ¿El problema soy yo?
No suena desafiante.
Suena…
incómodo.
Dani no duda.
—No es un problema —responde—. Es tu forma de hacer las cosas.
Mateo levanta la vista.
—Y con ella no funciona.
Dani sostiene su mirada.
—Con ella se ve.
Silencio.
Y esta vez…
no hay escapatoria.
Porque no está diciendo que Mateo lo haga mal.
Está diciendo algo peor:
que siempre ha sido así
y ahora simplemente no puede esconderlo
Mateo baja la mirada otra vez.
Y no responde.
Porque no sabe cómo.
Mateo no responde.
No porque no quiera.
Porque no tiene con qué.
El ruido del local vuelve a colarse entre los dos, pero esta vez no distrae. No tapa nada. Es solo fondo.
—Con ella se ve.
La frase sigue ahí.
Quieta.
Pesando más de lo que debería.
Mateo apoya los antebrazos en la barra, entrelazando las manos, como si necesitara sujetar algo que no termina de tener forma.
No discute.
No rebate.
Eso ya es nuevo.
—No estoy haciendo nada distinto —murmura, más para sí que para Dani.
Pero la frase no suena igual que antes.
Ya no es firme.
Es…
duda.
Dani no responde.
Mateo levanta la vista un segundo, mira al frente sin ver nada concreto.
Y entonces lo piensa.
De verdad.
Recuerda.
Las conversaciones.
Las pausas.
Las veces que ha intentado ajustar el tono, elegir mejor las palabras, no decir de más… o decir justo lo necesario.
Las veces que ha estado pendiente.
Demasiado pendiente.
Y, en contraste…
la escena de hace un rato.
Ella.
Con otro.
Sin pensar.
Sin medir.
Sin tener que hacer nada especial.
Solo… siendo.
Mateo exhala despacio.
Largo.
—j***r —murmura.
No es enfado.
Es reconocimiento.
Se pasa la mano por la cara, apoyándola un segundo en la barbilla.
—Es que… —empieza, y se detiene.
No sabe cómo explicarlo sin sonar ridículo.
—Es como si tuviera que hacerlo bien —dice al final—. Todo el rato.
Ahí.
Más claro.
Más honesto.
Dani lo escucha, pero no interviene.
Mateo baja la mirada.
—Y cuanto más intento hacerlo bien… peor sale.
Silencio.
La frase queda ahí.
Sin adornos.
Sin defensa.
Solo verdad.
Mateo se queda quieto un momento más.
No busca una solución.
No busca una frase mejor.
No intenta darle la vuelta.
Y eso…
eso sí es nuevo.
—Vale —dice al final, en voz baja.
No es un cierre.
No es una respuesta.
Es…
aceptación incipiente.
De algo que todavía no entiende del todo.
Pero que ya no puede ignorar.
Mateo levanta la vista.
Y por primera vez desde que empezó todo esto…
no está pensando en qué hacer con Mara.
Está pensando en él.